Por: Michael Andrés Corrales Buitrago – Trabajador social.
Nos acercamos al día definitivo. Elegiremos el rumbo de Colombia durante los próximos cuatro años. Esta vez no puedo ser imparcial, porque nuestros derechos están en juego. En buena medida, esto ocurre por el sistema presidencialista que tenemos en Colombia, que cada cuatro años sobrevalora a una única persona como si fuera un salvador. Sobre ese tema profundizaré en una próxima columna de opinión.
Para estas elecciones tenemos dos opciones claras. Por un lado, un magíster en Derecho Internacional Humanitario que ha apoyado históricamente los procesos de paz en Colombia. Por el otro, un abogado penalista que ha defendido a paramilitares y criminales.
No debería juzgarse a alguien por ejercer su profesión en el ámbito penal. Sin embargo, resulta legítimo preguntarse por las relaciones que se construyen más allá de lo estrictamente profesional. Incluso él mismo ha manifestado haber sido gran amigo de Alex Saab, hoy condenado por lavado de activos en Estados Unidos.
También existe un contraste evidente de narrativas. Uno, Iván Cepeda, ha dedicado su vida a la defensa de las víctimas del conflicto armado y se ha mostrado siempre tal cual es, al punto de que su propia campaña refleja su estilo personal. El otro candidato parece reinventarse según la coyuntura: hace un año era ateo, hoy es un ferviente cristiano; ayer despreciaba las comidas típicas de nuestra tierra y hoy se presenta como un patriota inquebrantable.
Hoy sale con la camiseta de la Selección Colombia, pero posee ciudadanía estadounidense, para obtener la cual debió prestar el siguiente juramento:
«Declaro bajo juramento que renuncio absoluta y totalmente a toda lealtad y fidelidad a cualquier príncipe, potencia, Estado o soberanía extranjera de la cual haya sido súbdito o ciudadano; que apoyaré y defenderé la Constitución y las leyes de los Estados Unidos de América…»
Quien jura lealtad a otra nación, ¿realmente merece dirigir la nuestra?
Los colombianos debemos amar esta tierra. Somos los hijos de Bolívar, el Libertador. Claramente hay algunos descendientes políticos de Santander que consolidaron las élites criollas en el poder. Hoy nos enfrentamos a un nuevo desafío histórico que vuelve a poner esas dos visiones de país cara a cara.
Estamos frente a una campaña que viene a vender el país a intereses extranjeros, al mejor estilo de Milei, que tiene a los argentinos comiendo carne de burro y a las fuerzas militares haciendo Rappi para poder llegar a fin de mes. Frente a ello, tenemos la posibilidad de continuar con un proyecto político que ha mostrado resultados en distintos indicadores: una inflación reducida al 5,2 %, un desempleo cercano al 8 %, una pobreza multidimensional del 9,9 %, la más baja desde que se mide este indicador, y un incremento del poder adquisitivo de millones de trabajadores colombianos. Estos avances han fortalecido el consumo interno y dinamizado la economía nacional.
Para la muestra, un botón. Según la CEPAL, los países latinoamericanos que más inversión extranjera recibieron fueron Brasil, México, Colombia y Chile. Resulta llamativo que varios de estos países sean gobernados por fuerzas progresistas, mientras Argentina quedó rezagada en este indicador. Esto demuestra que el desarrollo económico y la inversión no son incompatibles con gobiernos de izquierda.
Por eso debemos elegir entre dos visiones de país.
Una que ha impulsado avances sociales importantes, aunque naturalmente tenga errores y asuntos por corregir. Ningún gobierno es perfecto y la crítica siempre será necesaria para mejorar.
Y otra que representa el trumpismo caribeño: una propuesta basada en la confrontación permanente, el fracking, la persecución política contra sus contradictores y una visión del país subordinada a los intereses del mercado.
Quienes han seguido las últimas entrevistas habrán notado además las dificultades del candidato para explicar técnicamente sus propias propuestas. Con frecuencia debe refugiarse en su fórmula vicepresidencial, José Manuel Restrepo. Y aunque algunos sobredimensionan la importancia del vicepresidente, vale recordar que el artículo 202 de la Constitución establece que sus funciones son:
1. Reemplazar al Presidente de la República en sus faltas temporales o absolutas.
2. Recibir las misiones o encargos especiales que le asigne el presidente.
3. Ser designado para otros cargos dentro de la rama ejecutiva.
En otras palabras, el protagonismo real del vicepresidente depende de lo que el propio presidente quiera delegarle.
Por eso desconfíen de quien se vende como el salvador de la patria. No vivimos en una novela de ciencia ficción y no existe ningún mesías político. Podemos confiar, en cambio, en quien ha mantenido coherencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace a lo largo de su vida.
La juventud se está movilizando. Lo veo en las redes sociales, en las calles y en las conversaciones familiares. No queremos retroceder en derechos conquistados. No queremos trabajar por horas. No queremos que el salario mínimo vuelva a no alcanzar para nada. No queremos censura. No queremos la privatización de la educación. No queremos que nos destripen por pensar en la mayoría de la población.
Por eso, más allá de cualquier diferencia, invito a todos a participar masivamente en las urnas.
Todos a votar por la vida.












