Por: Michael Andrés Corrales Buitrago – Trabajador social.
Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella competirán por llegar a la Casa de Nariño. Más allá de las simpatías políticas, vale la pena analizar qué hizo cada campaña para llegar hasta aquí.
Por un lado, está Iván Cepeda, quien apostó en primera vuelta por una campaña seria, programática y basada en el debate político tradicional. Quizá allí estuvo uno de sus principales errores: confiar en que los logros del gobierno y la fuerza de sus ideas serían suficientes para convencer a quienes aún no estaban convencidos.
Por el otro lado está Abelardo de la Espriella, un candidato que logró condensar su plan de gobierno en apenas tres páginas, pero que entendió algo fundamental de la política actual: muchas veces no importa tanto lo que dices sino cómo lo vendes. Mientras unos hablaban de propuestas, otros construían símbolos. Un saludo militar, un tigre como marca de campaña y un discurso fuerte y desafiante fueron suficientes para transmitir un mensaje simple, fácil de recordar y de replicar en redes sociales.
No estamos en la época de los grandes discursos en plazas públicas. Eso sirve para entusiasmar a las bases, y el progresismo hoy representa cerca del 40% del electorado. El problema es que las elecciones no se ganan únicamente hablando con quienes ya están convencidos. Hay millones de ciudadanos que no votan pensando en la dicotomía entre izquierda y derecha, sino en aquello que ven, escuchan y sienten.
La campaña de De la Espriella entendió perfectamente esa lógica. Logró instalar mensajes sencillos, polémicos o incluso contradictorios, pero efectivos en términos comunicacionales. Mientras unos discutían datos, otros apelaban a emociones. Mientras unos explicaban, otros conectaban.
Por eso la segunda vuelta también será una disputa por la comunicación. El progresismo tiene que abandonar la idea de que las buenas propuestas se venden solas. No basta con tener razón; hay que saber comunicarla. No basta con defender logros; hay que lograr que la gente los sienta cercanos.
Por eso me parece acertado que la campaña de Cepeda haya comenzado a mover el mensaje #MeLaJuegoPorLaVida. Es una consigna sencilla, positiva y emocional. El símbolo del corazón hecho con los dedos conecta con nuevas generaciones y transmite un mensaje que cualquier persona puede apropiar.
Ahora la tarea es clara: hablarle al corazón de los colombianos. Si otros venden miedo, hay que vender esperanza. Si otros apelan a la rabia, hay que apelar a la vida. Y eso no se hace únicamente desde los comandos de campaña; se hace desde cada conversación, cada red social y cada círculo cercano.
La política también se disputa en los sentimientos. Y quien entienda eso primero tendrá una ventaja enorme en esta segunda vuelta.
Junio de 2026.













