Por: Michael Andrés Corrales Buitrago – Trabajador social.
Esta frase la he escuchado varias veces a lo largo de mi vida, contada por personas que ponen como ejemplo a alguien que luchó mucho por salir de la pobreza y osadamente lo logró. Pero, si fuese esto cierto, ¿por qué todas las personas que madrugan inclusive a las 4 de la mañana a trabajar y regresan a las 7 de la noche a sus casas siguen siendo pobres? Estoy seguro de que todos quisieran ser millonarios o, por lo menos, no estar en rangos de pobreza.
Si la pobreza fuera únicamente una decisión personal, bastaría con trabajar para salir de ella. Sin embargo, en Colombia millones de personas trabajan todos los días y continúan siendo pobres o vulnerables. El problema, entonces, no puede reducirse a la voluntad individual.
Es por ello que esta columna analizará todas las implicaciones de esta peligrosa afirmación. El credo capitalista reza que hay que alimentar la torta del capital más y más hasta que todos los humanos tengamos por lo menos un trozo de este ansiado postre, que obviamente no todos pueden tener del mismo tamaño, pero que entre más grande sea más habrá para repartir.
Sugiriendo lo anterior, analizo otra premisa, y es que es claro que los capitalistas producen y producen productos, y tienen claro que ellos deben reinvertir las ganancias de la venta de estos productos para acrecentar su capital. Pero, si esto es cierto y los ricos han de guardar sus fortunas y reinvertirlas, entonces ¿quién compra todos estos productos? Exactamente, la clase obrera en su consumo familiar y muchas personas que están en rangos de pobreza, donde incluso se endeudan para suplir las necesidades impuestas por el consumismo.
Revisemos con números para entender que nadie quiere ser pobre. Según el DANE, en marzo de este año había 10,8 millones de trabajadores formales y 13,5 millones de trabajadores informales, para un total de 24,3 millones de personas que se levantan todos los días a trabajar y ganarse su vida honradamente. Sin embargo, en Colombia hay 60 o 70 mil personas cuyo patrimonio supera el millón de dólares, lo que representa el 0,12 % de la población colombiana. Si analizamos los números, no cuadran: la gente trabaja y trabaja, pero no logra volverse millonaria; algo falla. Si bastara con trabajar, en Colombia tendríamos 24 millones de ricos y no unos cuantos.
Eventualmente existe el caso de una persona que emergió desde la profundidad de la pobreza hasta volverse un exitoso futbolista, cantante o empresario, pero eso es lo que denominaríamos la excepción a la norma, pues lo único que hace es fortalecer la teoría. Casos eventuales no pueden ser asimilados a las estadísticas de la realidad.
Diversos estudios muestran que una parte significativa de las grandes fortunas tiene su origen en herencias o en ventajas familiares, ya sea mediante capital económico, redes de contacto o acceso privilegiado a oportunidades que les permite subir la pirámide social. Elon Musk, un símbolo de crecimiento económico abrumador, es hijo de quien fuese dueño de minas de esmeraldas en África, de lo que se puede deducir que arrancó de un punto de partida mucho mayor a cualquiera de nosotros. Y es exactamente el centro de este debate. Hablamos de la meritocracia como si fuese la guía para superarnos, pero se les olvida a quienes endiosan este término que no existe meritocracia en una sociedad asimétricamente desigual.
Es difícil encontrar presidentes, ministros o altos funcionarios cuya formación escolar haya transcurrido en un colegio público. La concentración del poder también tiene un origen educativo, al igual que en cargos diplomáticos y altos cargos, pues la desigualdad empieza incluso en la etapa escolar. No es lo mismo ser graduado en Manizales de cualquier colegio público a ser
graduado de uno como el Granadino; allí se forman los hijos de la élite, que seguramente seguirá acaparando el capital mientras, con una doble moral, invitan al pueblo a superarse a sí mismo, desconociendo los problemas estructurales que seguirán reproduciendo pobreza en el país.
Aunque duela escucharlo, la “clase media” (quienes en realidad son clase trabajadora con capacidad de endeudamiento) está más cerca de ser habitantes de calle que de ser como Elon Musk, el primer trillonario del planeta, pues sus ingresos están muy por debajo de lo que diariamente produce este magnate, pero muy cerca de perder sus empleos e ir a buscar refugio debajo de un puente. Es allí donde invito a la reflexión acerca de la empatía. Ninguna persona en su sano juicio quiere sumergirse en la pobreza; todos nos levantamos a diario con la gallardía para tratar de ganarnos honradamente la vida, pero siempre hay personas con menos oportunidades que otras. Por ello, nuestra brújula ética debería ir siempre en dirección de obtener la justicia social, pues, como decía en el comienzo, el capitalismo trata de agrandar la torta constantemente, pero se evidencia que quienes más concentran riquezas, más trozos de la torta seguirán acaparando y quizá muchos se queden sin su porción.
Agosto 2 de 2026.













