Por: Michael Andrés Corrales Buitrago – Trabajador social.
Se dice con frecuencia que quienes asumimos una posición progresista llamamos fascista a cualquiera que piense distinto o pertenezca a una corriente conservadora. Pero ¿es realmente así? ¿Se trata de una exageración del debate político o existen bases académicas para identificar rasgos fascistas en algunos liderazgos contemporáneos?
Para responder esta pregunta conviene empezar por una definición seria del concepto. El historiador Stanley G. Payne, en A History of Fascism, 1914–1945, identifica tres grandes componentes que caracterizan al fascismo:
– Una ideología basada en el nacionalismo extremo y el rechazo al liberalismo y al marxismo.
– Una forma de organización sustentada en un liderazgo carismático, un movimiento de masas y la movilización permanente de sus seguidores.
– Un estilo político que privilegia la propaganda, la exaltación de la fuerza y la violencia como instrumento de acción.
Payne advierte que el fascismo no se define por un solo rasgo aislado, sino por la combinación de varios de ellos. Es precisamente esa combinación la que permite analizar si determinados liderazgos contemporáneos presentan similitudes con este fenómeno histórico.
Tomemos como ejemplo al presidente estadounidense Donald Trump. Su lema Make America Great Again apela a la idea de recuperar una grandeza nacional supuestamente perdida, un discurso que guarda semejanzas con el ultranacionalismo que Payne identifica como uno de los pilares del fascismo. A esto se suma un discurso permanente contra el comunismo y una visión según la cual Estados Unidos debe mantener su predominio sobre el continente.
Tras perder las elecciones de 2020, impulsó un discurso que culminó con el asalto al Capitolio por parte de algunos de sus seguidores. Paralelamente, ha construido durante años una narrativa en la que los inmigrantes aparecen como responsables de buena parte de los problemas del país. La búsqueda de un enemigo interno sobre el cual descargar las frustraciones sociales fue una constante en diversos movimientos fascistas europeos del siglo XX.
A ello se suma un liderazgo profundamente personalista. Trump se presenta como el único capaz de «salvar» a Estados Unidos, domina la agenda mediática con declaraciones provocadoras y moviliza a sus seguidores más desde la emoción que desde el debate programático. Vistos en conjunto, estos elementos explican por qué el debate sobre la naturaleza de su movimiento ha ocupado a historiadores y politólogos durante los últimos años.
La discusión no termina en el ámbito internacional. En Colombia también hemos visto aparecer liderazgos que reproducen varios de estos patrones. Un ejemplo es Abelardo De la Espriella. Durante su campaña construyó un discurso profundamente polarizador, señalando a la izquierda como el enemigo principal del país. En repetidas ocasiones utilizó expresiones agresivas contra sus opositores, proyectó una imagen de fuerza, recurrió a símbolos de autoridad y apeló constantemente a la indignación y al miedo como mecanismos de movilización política.
Varios de los rasgos descritos por Payne aparecen reflejados en este tipo de discursos y estrategias políticas. Ignorarlos únicamente porque el término «fascismo» incomoda sería tan irresponsable como llamar fascista a cualquier persona con la que se discrepa.
Precisamente ahí está la diferencia. No todo desacuerdo político constituye fascismo. Pero cuando un liderazgo concentra su estrategia en construir enemigos internos, desacreditar a quienes piensan distinto, alimentar el resentimiento social, exaltar la figura del líder y presentar la fuerza como respuesta a los conflictos políticos, la historia ofrece suficientes antecedentes para invitar a la reflexión.
Muchos historiadores coinciden en que el fascismo prosperó como una reacción frente al avance de movimientos obreros y de izquierda durante el siglo XX. Hoy, aunque el contexto es diferente, asistimos al crecimiento de una nueva extrema derecha que ha comprendido algo fundamental: en política no siempre gana quien presenta los mejores datos, sino quien logra conectar con las emociones de la ciudadanía y dominar la conversación pública.
Tal vez esa sea la principal lección de nuestro tiempo. Mejorar indicadores económicos o ampliar derechos sociales puede no ser suficiente si quienes defienden esos avances renuncian a disputar el relato político y la capacidad de emocionar a la sociedad.
La pregunta, entonces, ya no es si hoy llamamos fascista a cualquiera. La verdadera pregunta es si estamos siendo capaces de reconocer, antes de que sea demasiado tarde, cuándo algunos de sus rasgos comienzan a reaparecer bajo nuevas formas. Y, si esa respuesta es afirmativa, ¿Cuándo reaccionará el progresismo?
Julio 4 de 2026.













