Por: Michael Andrés Corrales Buitrago – Trabajador social.
En mis últimas columnas he reflexionado sobre la crisis existencial del centro político y los desafíos que enfrenta la izquierda progresista en el siglo XXI. Quiero cerrar esta serie abordando otro fenómeno que está transformando el panorama político mundial: la mutación de la derecha tradicional.
Durante décadas, la derecha conservadora se construyó alrededor de instituciones, discursos de orden, defensa del libre mercado y valores tradicionales. Sin embargo, en los últimos años ese modelo comenzó a ser desplazado por una nueva derecha mucho más emocional, radical y populista, representada por figuras como Donald Trump, Javier Milei, Nayib Bukele o José Antonio Kast.
La diferencia entre esta nueva derecha y el conservadurismo tradicional no radica únicamente en sus propuestas económicas o sociales, sino en la forma en que construyen poder político. Mientras la derecha clásica apelaba a instituciones y discursos relativamente moderados, estas nuevas corrientes entienden la política como una batalla emocional permanente. Su fuerza no nace de la complejidad ideológica, sino de la capacidad de simplificar la realidad en consignas fáciles de repetir, viralizar y consumir.
Hablan de seguridad mediante el uso excesivo de la fuerza del Estado, construyen enemigos internos, convierten la inmigración en amenaza y utilizan un lenguaje directo que conecta fácilmente con el cansancio y la frustración de muchas personas. En tiempos de incertidumbre económica y desconfianza institucional, estos discursos encuentran terreno fértil porque ofrecen respuestas simples a problemas profundamente complejos.
En Colombia ese fenómeno también empieza a reflejarse. Durante más de dos décadas la derecha estuvo representada principalmente por la figura de Álvaro Uribe Vélez y el uribismo. Sin embargo, el auge de discursos más agresivos y emocionalmente polarizantes ha abierto espacio para personajes que buscan parecerse más a los referentes internacionales de la nueva extrema derecha que al conservadurismo tradicional colombiano.
En el caso de Abelardo de la Espriella, por ejemplo, resulta evidente la construcción de una narrativa basada en la confrontación permanente, la exaltación de la fuerza y la idea de superioridad moral sobre quienes piensan distinto. Ese tipo de liderazgos entienden perfectamente que, en tiempos de frustración social, el miedo y la rabia movilizan más que cualquier propuesta técnica o programa de gobierno.
Los ejemplos internacionales muestran patrones similares. Donald Trump llegó a afirmar que “podría dispararle a alguien en la Quinta Avenida y no perder votantes”, una frase que retrata una lógica política donde lo importante no es la ética pública sino la fidelidad emocional del electorado.
Por su parte, Jair Bolsonaro llegó a decir durante un debate en el Congreso brasileño que no violaría a una diputada “porque no se lo merecía”. Más allá del escándalo inmediato, esa declaración evidenció algo mucho más profundo: la normalización de discursos agresivos, degradantes y profundamente violentos desde sectores políticos que entienden la confrontación permanente como una herramienta de popularidad.
Y en Chile, José Antonio Kast ha reivindicado políticamente la figura de Augusto Pinochet, mostrando cómo ciertos sectores de esta nueva derecha han perdido el pudor frente a los autoritarismos del pasado.
El problema de fondo no es únicamente ideológico. Lo verdaderamente preocupante es la degradación de la discusión pública. La política deja de girar alrededor de ideas complejas y empieza a construirse desde enemigos imaginarios, discursos de odio, teorías simplistas y soluciones inmediatas para problemas profundamente estructurales.
En lo económico, muchas de estas nuevas derechas se presentan como “anarcolibertarias” o enemigas del Estado. Defienden la reducción extrema de lo público y venden la idea de que el mercado puede regular absolutamente todo. Sin embargo, esa visión desconoce algo fundamental: el mercado no es una fuerza neutral, sino un espacio dominado por relaciones de poder, intereses privados y enormes desigualdades económicas.
Paradójicamente, mientras hablan de libertad absoluta, terminan fortaleciendo modelos donde quienes concentran más riqueza también concentran más capacidad de controlar la vida social y política. La ausencia del Estado no elimina el poder; simplemente cambia quién lo ejerce.
Por otro lado, también resulta evidente la importancia que ha tomado el relato religioso dentro de estas nuevas derechas. Aunque el conservadurismo tradicional siempre tuvo cercanía con sectores religiosos, hoy muchos liderazgos llevan ese discurso al extremo y lo convierten en una herramienta política y electoral.
El caso de Abelardo de la Espriella resulta particularmente llamativo. Durante años se definió públicamente como ateo, pero en plena campaña política apareció abrazando discursos religiosos y presentándose como un hombre transformado espiritualmente. Y lo más curioso es que incluso sectores cristianos decidieron otorgarle respaldo político, demostrando cómo algunos liderazgos religiosos terminan priorizando cuotas de poder antes que coherencia ideológica o ética.
Y aunque he centrado esta columna en la extrema derecha, vale la pena mencionar otro fenómeno: el intento de algunos sectores conservadores tradicionales por mostrarse más moderados para sobrevivir políticamente. Ahí aparece el caso de Paloma Valencia y la manera en que ciertos sectores del uribismo intentan suavizar su imagen pública.
En ese escenario también resulta interesante el papel de Juan Daniel Oviedo, quien ha logrado posicionarse como una figura atractiva para sectores urbanos y clases medias que buscan una derecha aparentemente más técnica y menos confrontativa. Sin embargo, él mismo ha reconocido que sería “una llanta de repuesto”, dejando claro que detrás de ese discurso moderado sigue existiendo cercanía con el proyecto político uribista.
El problema para esas derechas tradicionales es que la nueva extrema derecha parece moverse mucho mejor en la política contemporánea. Mientras algunos intentan moderar el discurso para parecer más institucionales, los liderazgos radicales logran conectar emocionalmente con una ciudadanía cansada, frustrada y desconfiada. Hoy las redes sociales premian más la confrontación que la moderación, más el espectáculo que la argumentación y más la emocionalidad que la profundidad.
El mundo está cambiando rápidamente. Las viejas categorías políticas comienzan a transformarse y quizá la discusión futura ya no sea simplemente entre izquierda y derecha. Tal vez el verdadero debate del siglo XXI será entre quienes defienden políticas para preservar la dignidad humana y quienes convierten el miedo, el odio y la frustración en herramientas de poder.
Como decía Buda: “Nada es permanente, excepto el cambio”. Y quizá eso también aplica para la política. La izquierda, el centro y la derecha ya no representan exactamente lo que representaban hace veinte años. Las sociedades cambian, los discursos evolucionan y los liderazgos se transforman.
La pregunta que debemos hacernos no es únicamente quién gana elecciones, sino qué tipo de humanidad estamos construyendo detrás de esos relatos políticos. Porque la historia ha demostrado que los grandes retrocesos de la humanidad no comienzan solamente con guerras o dictaduras; muchas veces comienzan cuando se normaliza la degradación del otro como herramienta de poder.
Mayo de 2026.













