Por: Michael Andrés Corrales Buitrago – Trabajador social.
Manizales está envejeciendo, y no estamos hablando lo suficiente de ello. Hoy, más del 20% de su población tiene más de 60 años, una cifra muy por encima del promedio nacional, que ronda entre el 14% y el 15%. Esta realidad, sustentada en proyecciones del DANE, debería estar en el centro de la planeación de la ciudad, pero aún parece un tema secundario.
El dato no es menor. En los últimos años, la ciudad ha visto una reducción sostenida en su población joven. La caída en la natalidad —que en Manizales se ubica alrededor de 6 a 7 nacimientos por cada mil habitantes, frente a un promedio nacional cercano a 12 o 14— evidencia un cambio profundo en la estructura demográfica. A esto se suma el cierre de al menos 31 sedes educativas en los últimos 15 años, un síntoma claro de que cada vez hay menos niños y más adultos mayores.
Estamos, entonces, ante una transición demográfica avanzada. Y frente a ella, surge una pregunta inevitable: ¿Cómo nos estamos pensando cómo ciudad?
Aquí es donde el concepto de cuidado cobra una relevancia central. Según la Organización Internacional del Trabajo, el trabajo de cuidado no remunerado representa cerca del 9% del PIB mundial, y más del 75% de este es realizado por mujeres. Se trata de una economía invisible que sostiene la vida cotidiana: cuidar niños, acompañar adultos mayores, atender personas enfermas y mantener los hogares en funcionamiento.
Manizales ha dado algunos pasos importantes. Existe un Sistema Municipal del Cuidado que articula programas como los Centros Vida, la formación a cuidadores y el acompañamiento psicosocial. Además, se proyecta la construcción de dos Manzanas del Cuidado, un modelo inspirado en el desarrollado en Bogotá, donde se concentran servicios para facilitar la vida de quienes cuidan y de quienes requieren cuidado.
Sin embargo, el desafío va más allá de crear infraestructura puntual. También implica preguntarnos por su alcance. Si estas manzanas se ubican únicamente en sectores específicos, ¿Cómo garantizamos el acceso de quienes viven en otras comunas? ¿Está la ciudad pensando en una cobertura realmente incluyente o en soluciones focalizadas?
Más aún, el envejecimiento de la población debería llevarnos a replantear el uso del territorio. ¿No es acaso una oportunidad reconvertir sedes educativas que hoy están cerradas en centros de atención para adultos mayores? Esto no solo respondería a una necesidad creciente, sino que abriría nuevas oportunidades de empleo en áreas como enfermería, psicología, trabajo social y actividad física.
El reto del cuidado también es un reto de infraestructura. Manizales, construida sobre la montaña, presenta dificultades evidentes de movilidad. Para una persona mayor, desplazarse desde sectores como Chipre o Fátima hasta el centro puede convertirse en una barrera diaria. Pensar en escaleras eléctricas, transporte adaptado y servicios descentralizados no es un lujo: es una necesidad si queremos una ciudad verdaderamente incluyente.
En 2025, Manizales fue reconocida por ONU-Hábitat como una de las mejores ciudades para la vida en América Latina. Ese reconocimiento representa una oportunidad, pero también una responsabilidad. Si queremos sostener ese nivel de calidad de vida, debemos empezar a planear para una población que envejece rápidamente.
El cuidado no es un asunto del futuro, es una urgencia del presente. No podemos seguir tratándolo como un tema secundario mientras la ciudad cambia frente a nosotros. Se requiere una política pública robusta, con enfoque territorial, que reconozca el valor del cuidado, apoye a quienes lo ejercen y garantice condiciones dignas para quienes lo necesitan.
Manizales tiene todo para convertirse en un referente en este tema. Pero para lograrlo, necesita dar un paso más: pasar del diagnóstico a la acción.
Manizales, marzo de 2026.














