LA DEGRADACIÓN SILENCIOSA DE UN PATRIMONIO NATURAL QUE CLAMA POR ACCIONES URGENTES.
Por: Antonio Corrales Giraldo.
El río Risaralda es un patrimonio de los departamentos de Caldas y Risaralda. A su alrededor viven 263.500 personas asentadas en 13 municipios: siete en Risaralda (Apía, Belén de Umbría, Guática, Mistrató, Balboa, Santuario y La Virginia) y seis en Caldas (Riosucio, Anserma, Belalcázar, Viterbo, San José y Risaralda). Recorre 126 kilómetros y su cuenca tiene un total de 125.600 hectáreas.
Toda su majestuosidad hoy está en desarmonía y su sostenibilidad se encuentra seriamente comprometida. Basta con recorrerlo para observar su deterioro: sus orillas han sido deforestadas o convertidas en potreros y cultivos que llegan hasta el borde del río; hay extracción de material (arena, grava y piedra) en zonas sensibles, vertimiento de aguas residuales sin tratamiento, residuos sólidos, plásticos y basuras, además de aguas turbias, sedimentadas y contaminadas.
En el recorrido observamos que existen kilómetros completamente desprotegidos, sin bosque en sus orillas, donde el suelo se está desmoronando. Cada metro de ribera desnuda es una invitación a la erosión, a la expulsión de la fauna y a la muerte silenciosa del ecosistema.
Pero también observamos con horror cómo al río lo están saqueando mediante la extracción de arena, grava y piedra. Lo están vaciando como si fuera una cantera infinita; presumiblemente le están sacando más de lo que puede dar y de lo que el propio río puede reponer. Por eso su transformación es visible: cambios en el cauce, profundización de su lecho y debilitamiento de sus orillas, lo que ha provocado la pérdida de su estabilidad.
Y lo más grave, además de su deterioro, es la costumbre y la indolencia de las instituciones y de la sociedad civil para convivir complacientemente con esta tragedia ambiental. El problema se está volviendo parte del paisaje y nos hemos acostumbrado tanto a esta grave situación que a muchos les parece normal. Esta tragedia se invisibiliza y nos lleva a una ceguera colectiva que nos hace perder la atención y el valor que realmente tiene el río.
Por eso la gran pregunta hoy es: si el río está hablando, ¿Quién lo está escuchando?
Por lo anterior, nosotros, como sociedad civil, tenemos el derecho, el deber y la obligación de defender el río Risaralda, el cual, por décadas, con su bello valle, ha sido orgullo regional y hoy empieza a mostrar una transformación silenciosa: su deterioro, una realidad que avanza con rapidez y lo está llevando, paso a paso, no solo a su agotamiento, sino también a la degradación de su ecosistema.
El río, a la hora de la verdad, no necesita que le den voz; necesita que alguien con autoridad tenga el valor de obedecerla.
Quedan en el ojo del huracán la CARDER y CORPOCALDAS, que son por ley las entidades llamadas a cuidar los recursos naturales, puesto que la realidad del río cuenta otra historia.
Indudablemente, las dos corporaciones han realizado diagnósticos y estudios con inversiones multimillonarias. Sin embargo, a estas alturas y con el pasar de los años, resulta inaceptable que no se haya cumplido con lo que está escrito. Mientras tanto, toda esa normatividad, para lo que se ve, es letra muerta y se ha convertido en un simulacro ambiental, no por lo que se dice, sino por lo que no se hace y siendo así, no estamos ante un vacío legal sino ante un vacío de acción, porque todo lo que hoy destruye el rio Risaralda esta prohibido o regulado en su POMCA (plan de ordenación y manejo de la cuenca hidrográfica) que es la Ley ambiental de la cuenca.
Finalmente, quienes tienen la responsabilidad de cuidar el río deberían dejar de administrar tantos papeles y empezar, realmente, a defenderlo.
Anserma, junio de 2026.












