Opinion

De la Fiesta del Niño del ayer al auge del Halloween de hoy

Antonio Corrales Giraldo

¿A qué horas pasamos de la Fiesta del Niño al «triqui triqui»?

Por: Antonio Corrales Giraldo.

Hay recuerdos que no envejecen. Permanecen guardados en la memoria como fotografías que el tiempo se niega a borrar. Uno de ellos es la antigua Fiesta del Niño, aquella celebración que durante buena parte del siglo pasado llenó de risas las escuelas y las calles de los pueblos del Viejo Caldas.

Mucho antes de que aparecieran los vampiros, los zombis, las princesas de película y los superhéroes de moda, nuestros niños ya se disfrazaban. Pero lo hacían para celebrar el Día del Niño, una fiesta sencilla, nacida en las escuelas y construida con la imaginación de las familias.

El origen de esta celebración se remonta a comienzos del siglo XX, cuando, después de la Primera Guerra Mundial, surgieron iniciativas internacionales para proteger los derechos de la infancia. Colombia acogió esa conmemoración y durante muchos años las escuelas organizaron desfiles, actos culturales, juegos y actividades recreativas para homenajear a los niños.

En las décadas de los cincuenta y sesenta aquellos desfiles eran una verdadera expresión de nuestra identidad campesina. Los disfraces no se compraban; se inventaban. Bastaba un poncho prestado por el papá, el carriel del abuelo, el sombrero de un tío y un bigote pintado con carbón para que apareciera un auténtico arriero. Otros preferían representar agricultores, abuelos, brujas, locos o personajes tradicionales del pueblo.

Las mamás, las abuelas y las tías trabajaban durante varios días entre cartones, retazos de tela, engrudo, tijeras e hilos. Cada disfraz era una obra artesanal hecha con cariño. No existían concursos para ganar premios ni importaba quién llevaba el mejor atuendo. El premio era la sonrisa de los niños.

Entre los recuerdos más pintorescos de aquella época está la marrana que la alcaldía regalaba para preparar el almuerzo de los niños. A nosotros nos correspondió conducirla durante el desfile. Como se llamaba Ramona, decidimos ponerle una bata y un gorro de papel para que también participara de la fiesta.

Pero Ramona nunca entendió de desfiles. A las pocas cuadras ya había destrozado su disfraz. Mientras tanto, el sudor iba borrando los bigotes pintados con carbón, los sombreros de cartón se doblaban y quienes llevábamos la marrana terminamos completamente sudados, despeinados y desgualetados. Nadie se avergonzaba por eso. En aquellos tiempos la felicidad no dependía de la perfección.

Después venían los juegos en el patio de la escuela: carreras de encostalados, canicas, trompo, varas de premio y partidos de fútbol con pelota de trapo. Eran jornadas donde se aprendía a compartir, a respetar y a convivir. La escuela educaba con pocos recursos materiales, pero con abundancia de valores.

Así transcurrieron muchos años… hasta que un día llegó el famoso «triqui triqui».

Primero apareció tímidamente, hacia finales de los años setenta, impulsado por el cine y la televisión. Más tarde, en los años ochenta, comenzó a escucharse en algunos pueblos de Caldas aquello de: «¡Triqui triqui Halloween, quiero dulces para mí!». Muchos no entendían de dónde había salido esa costumbre. Sin embargo, poco a poco fue ganando espacio.

En los años noventa el comercio descubrió un enorme negocio. Llegaron los disfraces comprados, la publicidad, los centros comerciales y las campañas de mercadeo. Los medios de comunicación y, más recientemente, las redes sociales hicieron el resto.

Hoy el 31 de octubre reúne multitudes. Las calles se llenan de niños y adultos disfrazados, el comercio vive una de sus mejores temporadas y el Halloween se ha convertido en una de las celebraciones más esperadas del año.

No se trata de rechazar una fiesta que hace felices a tantos niños. Las culturas cambian y las tradiciones evolucionan. Pero sí vale la pena preguntarnos en qué momento dejamos que una celebración extranjera ocupara el lugar de una fiesta profundamente nuestra.

Quizás el verdadero desafío no sea escoger entre el Día del Niño y el Halloween. El desafío consiste en no olvidar nuestras raíces, porque un pueblo que pierde sus costumbres también empieza a perder su memoria.

Ojalá las nuevas generaciones conozcan que antes del «triqui triqui» hubo otra fiesta. Una donde la imaginación valía más que el dinero; donde un poncho viejo, un sombrero prestado y un bigote pintado con carbón bastaban para hacer feliz a un niño. Una época en la que la alegría no se compraba: se construía en familia.

Porque las tradiciones no mueren cuando llega una nueva celebración; mueren cuando dejamos de contarlas.

Julio de 2026.

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