Por: Antonio Corrales Giraldo.
El cambio climático dejó de ser una advertencia para convertirse en una realidad que golpea cada día con mayor intensidad a la humanidad. El aumento de las temperaturas, las sequías prolongadas, las inundaciones, los incendios forestales, la desaparición de los glaciares y la creciente escasez de agua y alimentos son señales inequívocas de que el planeta está cambiando y de que sus efectos serán cada vez más severos.
El campo colombiano ya está sintiendo esas consecuencias. Las variaciones extremas del clima alteran el desarrollo de los cultivos, generan estrés fisiológico en las plantas, favorecen la aparición de nuevas plagas y enfermedades y reducen tanto la productividad como la calidad de las cosechas. En otras palabras, está en riesgo la seguridad alimentaria y el sustento de miles de familias rurales.
Frente a esta realidad, no podemos seguir haciendo agricultura como si nada estuviera ocurriendo. El país necesita dar el paso hacia una agricultura climáticamente inteligente, basada en la ciencia, la innovación y las buenas prácticas agrícolas, que permita producir más con un menor impacto ambiental y con mayor capacidad para enfrentar los eventos climáticos extremos.
Las universidades, los centros de investigación, los gremios y las entidades del sector agropecuario tienen la responsabilidad de liderar este proceso. El conocimiento debe salir de los laboratorios y llegar a las fincas, convirtiéndose en soluciones prácticas para los productores. La transferencia de tecnología y la asistencia técnica de calidad ya no son un lujo, sino una necesidad.
Pero el esfuerzo técnico debe estar acompañado de decisiones políticas. Es indispensable que los gobernantes comprendan que el desarrollo agropecuario y la conservación ambiental no son objetivos opuestos. Por el contrario, solo será posible garantizar una producción sostenible si protegemos el agua, los suelos, los bosques y la biodiversidad.
En este contexto cobra especial importancia el PLAN DE ORDENAMIENTO AGROPECUARIO, una herramienta fundamental para organizar el uso del suelo rural de acuerdo con su verdadera vocación. No todas las tierras son aptas para cualquier cultivo, ni todas deben destinarse a la producción. Existen áreas estratégicas para la conservación del agua, la biodiversidad y los ecosistemas que deben ser protegidas para garantizar el bienestar de las futuras generaciones.
Un adecuado ordenamiento agropecuario permitirá orientar las inversiones, disminuir los conflictos por el uso del suelo, fortalecer la competitividad del sector y promover una agricultura en armonía con la oferta ambiental, la infraestructura disponible y las necesidades de los mercados.
El cambio climático no espera, y cada año que pasa sin una adecuada planificación aumenta la vulnerabilidad del campo colombiano. Por eso, el momento de actuar es ahora. Necesitamos menos improvisación y más planificación; menos discursos y más decisiones; menos explotación irracional de los recursos y más compromiso con su conservación.
El futuro de la agricultura dependerá de nuestra capacidad para entender que producir alimentos y proteger el medio ambiente no son caminos diferentes, sino dos objetivos inseparables. EL PLAN DE ORDENAMIENTO AGROPECUARIO debe convertirse en la hoja de ruta que permita construir un campo más productivo, resiliente, competitivo y sostenible. Ese es el desafío de nuestra generación y, al mismo tiempo, la mejor herencia que podemos dejar a quienes vendrán después.
Anserma, julio de 2026.













