Por: Germán Alberto Restrepo Pineda.
Próximamente, en nuestra Pensilvania, se vivirá como siempre la crónica de esa muerte anunciada llamada «Ferias Equinas». La casa se alista para entregar a los mejores postores libertad absoluta: mujeres, licores, drogas, desorden, maltrato animal, venta de licor a menores, borrachos al volante y un sinfín de actividades sin restricciones. Porque la cultura traqueta todo lo puede y todo lo compra.
Esa cultura traqueta que le insinúa a los niños y jóvenes de Pensilvania, desde muy corta edad, que el éxito es tener caballos, camionetas, mujeres de silicona y andar montado en un equino sosteniendo una botella de aguardiente mientras medio pueblo lo observa.
Las calles estarán atiborradas de forasteros a quienes les importará un reverendo bledo nuestra tierra; quizás ni se acordarán del nombre de nuestro pueblo una vez regresen a sus lugares. Lo que sí les importará es que, desde su llegada, tengan ese boleto firmado para hacer lo que se les dé la gana.
Las jovencitas buscarán sombreros coposos, blusas blancas que resalten su silueta y botas vaqueras. Sonreirán, mirarán de reojo y hablarán del mejor partido: del poseedor de la Toyota más moderna, del caballo más caro, del hombre más adinerado.
**Cuando se crearon las Fiestas Equinas en Pensilvania, se hizo con el objeto de enarbolar esa tradición caballar y mular en el contexto del diario vivir de los pobladores. Las mulas y los caballos servían de ambulancia, transportaban trasteos, traían mercancías, medicinas y materias primas desde otros departamentos y municipios. Los arrieros, en una sincronía de berraquera y gallardía con los equinos, eran personas admiradas y respetadas.
¿Dónde quedó este reconocimiento?**
Ahora en Pensilvania las ferias equinas no tienen sustento cultural. No tienen ese objetivo de trascendencia social e histórica. No existe compromiso alguno con la idiosincrasia pensilvaneña. En las ferias equinas no se practica la verdadera pensilvanidad. Todo lo contrario: nos invita a la extravagancia producto de esa cultura traqueta, esa que tanto nos ha hecho daño.
Entonces dirán: «Es que la inyección económica es importante porque las fiestas dejan platica en el pueblo, se dinamiza la economía». ¿Y esa platica para quién? ¿Quiénes se benefician de esas utilidades? ¿Acaso no son en su mayoría comerciantes forasteros? ¿Acaso el campesinado se beneficia directamente de esos ingresos productos de las fiestas?
¡Qué va! Acá lo único que hacen los de siempre es alquilar el pueblo y pasar por encima de muchos pensilvaneños que deben soportar ese caos absoluto, debido a que unos «patrones» necesitan un lugar para mostrar y ejecutar sus extravagancias.
Ojalá algún día esa cultura traqueta desaparezca de una vez por todas de nuestra amada Perla.
Marzo de 2026.














