Por: Daniel Moreno Verhagen – Abogado, especialista en Gobernanza y Desarrollo Territorial.
La tasa de desempleo en Colombia ha bajado. En octubre fue del 8,2 %, la más baja para ese mes en más de una década. Y aunque es justo reconocer que a pesar de los “nuevos puestos de trabajo generados” en el último año, es necesario mirar más allá del dato y preguntarnos: ¿qué tipo de empleo se está generando?, ¿qué tan sostenible es esta mejora?, ¿quiénes están accediendo al trabajo y en qué condiciones?
En una conversación de esta semana, un amigo me decía con algo de ironía: “Menos desempleo, sí… pero vaya y consiga trabajo sin contactos.”
Quizás tenía razón. Lo que esa frase refleja es una realidad incómoda: en Colombia, conseguir empleo sin privilegios —tanto en el Estado como en el sector privado— sigue siendo un reto que ni la meritocracia ni millones de personas logran superar. No es que no haya trabajo; es que muchas veces está reservado para quienes tienen relaciones, redes o respaldo. Ese es un obstáculo estructural que ni las mejores cifras pueden ocultar.
Más del 55 % de los ocupados siguen en la informalidad. Trabajan, sí. Pero sin estabilidad, sin seguridad social, sin derechos ni ingresos suficientes. El país no vive una revolución del empleo formal, sino una expansión del rebusque regulado por la necesidad. Eso no es una victoria: es una advertencia.
Buena parte de la baja en el desempleo se explica por el crecimiento del autoempleo informal y el emprendimiento de subsistencia. En muchas regiones donde la economía formal no despega, el rebusque es el único camino. En Bogotá o Medellín el desempleo cae por recuperación de servicios. Pero en Guainía, Chocó o La Guajira, la informalidad sigue siendo la regla. La cifra nacional oculta geografías de abandono.
La informalidad ha sido por décadas la válvula de escape estructural. Pero convertirla en paisaje naturalizado no puede ser opción: es el síntoma de un Estado que aún no logra construir un modelo productivo inclusivo. No se trata solo de legislar empleo, sino de generarlo con inversión, estrategia y transformación económica real.
No se puede formalizar lo que no existe. Si no hay seguridad jurídica y mayores incentivos para la inversión privada, lo que tendremos seguirá siendo informalidad con otro nombre. Y mientras eso no cambie, el país celebrará estadísticas que no transforman la vida de la gente.
Por eso se requieren, a manera de propuesta, decisiones estructurales:
1. Políticas de formalización diferenciadas según territorio, sector y población.
2. Incentivos reales a la contratación formal, especialmente para jóvenes y microempresas.
3. Una red de protección social ampliada, que cubra también a quienes están por fuera del sistema tradicional.
4. Indicadores que midan la calidad del empleo, no solo el número de ocupados.
Y, ante todo, sincerar la conversación. El empleo no puede seguir siendo una estadística de gobierno. Tiene que convertirse en una causa nacional: la de dignificar el trabajo como vía de movilidad social, bienestar colectivo y estabilidad democrática.
Colombia no necesita solo menos desempleo. Necesita más dignidad.












