Opinion

DE VUELTA

EDITORIAL

Se define el colonialismo como el establecimiento de un control político formal sobre un territorio, que incluye la creación de protectorados y colonias, a menudo motivados por factores económicos y estratégicos.

Aunque Colombia estuvo bajo dominio colonial español desde finales del siglo XV o principios del XVI hasta 1819, cuando se logró la independencia de la Nueva Granada, el período colonial abarca aproximadamente desde 1550, después de la fase de conquista inicial, hasta 1810, cuando inició el proceso de independencia; sin embargo, Estados Unidos siempre ha ejercido una influencia muy marcada en la economía y la política de nuestro país. Tanto es así, que gracias a los gringos, Panamá fue segregada de Colombia el 3 de noviembre de 1903.

Cuando creíamos que ese complejo de subordinación y dependencia colonialista estaba superado, llega el segundo gobierno de Donald Trump en Estados Unidos, intervencionista por excelencia. Nos chantajea con aumento de aranceles, la descertificación en lucha contra las drogas, cancelación, limitación y aumento de requisitos y costos para la expedición de visas. Es inconcebible y humillante que una cita en la Embajada de Estados Unidos en Bogotá para un colombiano se demore más de dos años.

También funcionarios de su gobierno y congresistas de su partido se inmiscuyen en asuntos internos colombianos como lo hizo el secretario de Estado, Marco Rubio, criticando y descalificando la sentencia que condenó al expresidente Uribe, y luego visitándolo en su lugar de reclusión.

Muchos se sienten felices con este intervencionismo estadounidense y algunos, no satisfechos con ello, y dejados llevar por el odio hacia el gobierno Petro, visitan funcionarios de ese país para colocar quejas y solicitar su intervención en nuestra patria.

Ese servilismo y genuflexión son factores determinantes de nuestro subdesarrollo. Los estadounidenses nos miran como el patio de atrás. Expulsan a nuestros coterráneos de su territorio sin ninguna contemplación, los tratan como delincuentes y convirtieron a ciudades nuestras como Cartagena y Medellín en prostíbulos donde dan rienda suelta a su turismo sexual y a su afición por las drogas.

Nos responsabilizan de ser los principales productores de drogas en el mundo ignorando que ellos representan el mayor mercado de consumidores. Sin compradores no hay producción.

La mayoría de la clase dirigente y política se acostumbró a mirar hacia el norte antes de dar cada paso. Dependemos de Estados Unidos en materia comercial, en la lucha contra las drogas, en cooperación militar, en inversión extranjera y hasta en la validación política. Nos comportamos como si nuestro destino no pudiera definirse sin el visto bueno de Washington.

La pregunta de fondo es: ¿hasta qué punto esa dependencia fortalece al país o, por el contrario, perpetúa nuestro atraso? Porque si bien EE. UU. es un socio indispensable, también ha ejercido un intervencionismo que muchas veces ha respondido más a sus intereses que a los nuestros. Desde la pérdida de Panamá hasta la presión reciente, la historia se repite.

En ese escenario, cuando el presidente Petro se opone a las pretensiones del gobierno de Trump, cabe preguntarse si no tiene razón al hacerlo. Porque la soberanía no consiste en romper relaciones, sino en saber decir “no” cuando lo que está en juego contradice el interés nacional. Defender la dignidad del país frente a cualquier potencia no es un gesto de rebeldía caprichosa: es un deber elemental de cualquier Estado que se respete.

La reflexión es clara: Colombia necesita relaciones sólidas y respetuosas con Estados Unidos, pero no puede seguir atada a una dependencia ciega ni a un servilismo que nos convierte en borregos, ni de ellos ni de nadie. El verdadero desafío es aprender a negociar, con cabeza propia, para que nuestra política exterior deje de ser una extensión de intereses ajenos y se convierta en una herramienta real de desarrollo y soberanía.

Hemos pasado de colonia española a colonia gringa. El colonianismo está de vuelta.

Manizales, agosto 24 de 2025.

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