Opinion

GUERRAS DE LA PAZ

Por: Hernando Arango Monedero, Ingeniero y abogado, empresario, exrepresentante a la cámara, exalcalde de Manizales y Director General del SENA.

03 mayo 2019

Definitivamente los colombianos no somos capaces de vivir en paz. Esto es evidente en cada momento de nuestra existencia como país desde los primeros días de vida republicana. En los inicios, vivimos lo que se denominó “Patria Boba”, calificativo que podemos aplicar desde el entonces hasta nuestros días. Y a fe que es así. No habiendo pasado el Congreso de Angostura y posteriormente el de Cúcuta, las rencillas de mayor o menor cuantía entre nuestros dirigentes fueron el común denominador y hasta la muerte del libertador la política se centró en las diferencias que con él había en lo tocante a la dirección del gobierno, agregado a los distanciamientos con Santander. Por el entonces los atentados y las amenazas contra la vida de Bolívar y contra Santander caldeaban el diario vivir. Muerto Bolívar, viene la disolución de la Gran Colombia que no fue cosa diferente al triunfo de los caudillismos y derivada del desorden generalizado orquestado por las pequeñeces de quienes carecían de grandeza en sus almas, y que me perdonen la rudeza del concepto, pero no a otra cosa puede atribuírsele la pérdida de oportunidad que nos fue dada de ser una gran nación; una nación que pudiera competir con los mismos Estados Unidos, con Brasil y muchos países europeos, tal y como era el pensamiento de Bolívar en lo que no estaba equivocado.

Disuelta la Gran Colombia, no tuvimos muchos días en paz, y acabamos rematando este período con la Constitución de Rionegro y el sin número de revoluciones que de esta se generaron. Así llegamos a 1886 y fue para nada. Una nueva constitución que desemboca en la “Guerra de los Mil Días”, Constitución que no fue cosa diferente a establecer una paz que carecía de sustento. Posiblemente la separación de Panamá logró que los colombianos pensáramos más como país, pero no faltó que, por una causa, u otra, llegara la denominada “Hegemonía Conservadora”, la que nos trae hasta 1930, cuando se instala otra hegemonía, ésta, buscando equilibrar la anterior, pero ya con el carácter de liberal. Así nos toma el medio siglo con los cambios de orientación política y la llegada de una dictadura que nos obliga a crear un sistema de alternación, sistema que ahoga las expectativas de otros que se levantan en armas. 50 o más años en las mismas nos traen al hoy, cuando después de tratar de llegar a un acuerdo con los alzados en armas, y luego de desconocerse un plebiscito que las negó, nos damos unas reglas de juego para que, los que ahora quieren integrarse a la sociedad, puedan hacerlo sobre las bases de Verdad, Justicia, Reparación y No repetición.

¡Pero no! El llamado estatuto para la JEP, el Estatuto para la paz, es ahora razón para armar otra guerra, de tal manera que no perdamos la costumbre de matarnos entre nosotros. Analizado el estatuto por la Corte Constitucional, es enviado al Presidente para su examen y firma. El Presidente, en su fuero, efectúa observaciones de inconveniencia a algunos artículos y de allí nacen las nuevas razones para la guerra. El Congreso, aun sin darle el primer debate a las objeciones de inconveniencia realizadas por el Presidente, ya tomó partido. Diría yo que desde antes de saberse si habría o no objeciones, ya estábamos parapetados, mejor, atrincherados y listos para el ataque.

Para todos es claro que, con o sin objeciones, la JEP podrá funcionar, razón de más para que el análisis de las divergencias pueda hacerse calmada y civilizadamente y por sobre todo mirando la realidad de la conveniencia o inconveniencia de las observaciones hechas por el Ejecutivo y en procura de mejorar y hasta de precisar conceptos y términos. Así, cada grupúsculo que se autodenomina partido político: ¿Será capaz de reconocer que hay un ordenamiento legal vigente como corresponde a un Estado de Derecho? ¿Acaso, la capacidad intelectual de estos grupos les permite razonar, y dejar que sean la Instituciones las que resuelvan las diferencias dejando de lado las elucubraciones constitucionalistas de conveniencia? ¿No es esta una guerra que se arma desde las trincheras de la paz?

Entonces sólo cabe preguntarnos: ¿ESTAMOS LIBRANDO UNA GUERRA POR LA PAZ?

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