Opinion

Tierra de arrieros

Michael Andrés Corrales Buitrago

Por: Michael Andrés Corrales Buitrago – Trabajador social.

El pasado 10 de agosto, a las siete y treinta de la mañana, nadie se imaginaba lo que pasaría cuatro minutos después. Un terremoto de 7,4 azotó el Eje Cafetero y el Valle del Cauca, con epicentro en el Chocó. Cinco días después, aún observamos con ansias todo lo que sucedió: casas destruidas, edificios caídos y fallecidos. Cruelmente, otros departamentos sufrieron mucho más que nuestra tierra, y para ellos, un abrazo fraterno. Colombia está con ustedes también.

Hoy no puedo escribir sobre nada más, pues es un desastre el que acaba de ocurrir en nuestro territorio. Claramente, es un movimiento natural de la tierra, pero que en la superficie hace sufrir demasiado a quienes aquí nos encontramos. No hay dolor más grande para un manizaleño que ver las pérdidas humanas y la ciudad entre escombros. Solo ver la Catedral en las condiciones en las que está es un golpe certero, pues es nuestro orgullo y estandarte; incluso, muchos la llevan tatuada en la piel.

Hay algo que se debe subrayar en mayúscula, y es todos esos jóvenes y trabajadores voluntarios que se volcaron a la calle a ayudar. Justo en estos momentos es cuando la humanidad se evidencia en su esplendor, en los momentos más difíciles. Y, como están diciendo por ahí, más que nunca nos acordamos de la frase: “Donde comen dos, también comen tres”. Y es que, desde chiquitos, hemos sabido lo que es que la falencia nos acompañe; por ello, sale lo mejor de nosotros en estos casos.

Déjenme imaginar que esta solidaridad se extendiera mucho más allá de estos días. Es quizá esta la muestra de que, como humanidad, debemos unirnos para afrontar las crisis de nuestro tiempo; reflexionar acerca de que no solo la coyuntura debe unirnos como hermanos, sino que la solidaridad se normalice en cada momento en que alguien de nuestro territorio lo necesite.

Seis grandes terremotos han marcado la historia reciente de nuestra Manizales —siete con el recién sucedido— y de todos hemos salido fortalecidos. Esta no será la excepción. Pues venimos de descendientes de arrieros que construyeron esta ciudad sobre una montaña que muchos creían imposible. Que esa necedad nos sirva para ayudar a reconstruir nuestra tierra y volver a ser la ciudad de las puertas abiertas.

Me acuerdo de niño de que mi abuela contaba que el terremoto del 79 fue “una cosa terrible”, y quizá todos veamos estos acontecimientos tan lejanos que creeríamos que nunca nos sucedería. Pero, como es la vida, nos recuerda lo vulnerables que somos y que, en cualquier momento, la tierra puede reclamar lo que le pertenece. Por ello, vivamos la vida hoy, no mañana ni la otra semana, pues es un instante.

La unión hace la fuerza, y eso está demostrando esta tierra de arrieros. Gracias a quienes han ayudado y a quienes aún no han podido. El camino es largo y aún se necesitan muchísimas cosas por hacer. Cuando tengan el momento, pueden contribuir ayudando a levantar nuestra tierra.

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