Por: Michael Andrés Corrales Buitrago – Trabajador social.
Como lo he mencionado en columnas anteriores, este es un año cargado de acontecimientos políticos y culturales. Esta semana, más exactamente el martes 2 de febrero, alrededor de las 11 de la mañana, en el Salón Oval de la Casa Blanca, el expresidente Donald Trump recibió al presidente de la República de Colombia, Gustavo Petro.
Muchos sectores de la derecha colombiana esperaban ver a un Petro sometido o humillado en Washington. Sin embargo, lo que se vio fue una reunión cordial, con gestos simbólicos como la entrega de un libro con la dedicatoria “Gustavo, un gran honor” y un reconocimiento en medios estadounidenses. La escena mostró a un mandatario colombiano dialogando de tú a tú, sin arrodillarse ni adoptar una postura sumisa frente al poder estadounidense.
Se pueden hacer varios análisis de ese encuentro. Uno de los más evidentes es que Trump suele relacionarse con mayor respeto con los líderes que lo enfrentan o le hablan con firmeza. Cuando el interlocutor no se subordina, la conversación se mueve hacia términos más pragmáticos. Esto se ha visto en sus interacciones con líderes como Xi Jinping, Lula o Putin, con quienes ha mantenido negociaciones duras, pero de reconocimiento mutuo. En contraste, con otros mandatarios más alineados a su discurso, las relaciones han estado marcadas por presiones públicas y episodios incómodos.
En cuanto a los temas tratados, es claro que para Estados Unidos existen dos preocupaciones centrales. La primera es la lucha contra el narcotráfico. En ese punto, el gobierno colombiano puede mostrar resultados importantes: en 2024 se incautaron cerca de 848 toneladas de cocaína, se destruyeron más de 4.500 laboratorios y en 2025 se reportan más de 6.000 hectáreas sustituidas dentro de programas de transición productiva. Estos datos muestran una presión operativa significativa contra las economías ilegales.
El segundo tema es el energético. Petro ha insistido en la necesidad de una transición ordenada, que incluya acuerdos regionales y la posibilidad de reactivar mercados energéticos, entre ellos el venezolano. Estos puntos de coincidencia permitieron reducir tensiones y abrir espacios de negociación en un momento geopolítico complejo.
Pero mientras en el plano internacional se abren escenarios de diálogo, en el plano nacional se presentan decisiones que generan preocupación. Esta semana el Consejo Nacional Electoral, a través de una decisión política, dejó por fuera a Iván Cepeda de la consulta interpartidista del 8 de marzo, donde se proyectaba como uno de los candidatos con mayor crecimiento. Al mismo tiempo, se han caído listas del Pacto Histórico en regiones consideradas bastiones de la izquierda, como Valle del Cauca, Bogotá y Atlántico.
Esto reabre una discusión necesaria: la composición política del CNE. La mayoría de sus magistrados provienen de partidos tradicionales y de derecha, pues son elegidos por el Congreso, lo que convierte al organismo en un reflejo de las correlaciones de poder del sistema político. Por eso, para muchos sectores no puede hablarse de un órgano plenamente independiente, sino de una institución atravesada por intereses partidistas. De ahí que propuestas como la eliminación o reforma profunda del CNE vuelvan a ponerse sobre la mesa.
Finalmente, los fríos y lluvias intensas que han afectado a distintas regiones del país evidencian la poca preparación de varias ciudades en materia de gestión del riesgo. Medellín es un ejemplo preocupante. Mientras se presentan emergencias climáticas, el alcalde ha puesto sobre la mesa propuestas como la construcción de un “mar” artificial, una idea que parece más salida del discurso de un personero de colegio que de la agenda seria de un mandatario de una de las principales ciudades del país.
La crisis climática no es un tema de espectáculo ni de proyectos simbólicos. Es una realidad que exige planificación, prevención y responsabilidad pública. Sin embargo, pareciera que en algunos gobiernos locales se prioriza el impacto mediático sobre las soluciones estructurales.
Por ahora, una recomendación sencilla: no salgan sin abrigo, revisen los desagües de la casa y tomen café caliente. Se acerca el 8 de marzo y, con él, un nuevo capítulo en la disputa política del país, que podría consolidar uno de los proyectos de izquierda más grandes de la historia reciente de Colombia.
Manizales, febrero de 2026.












