Daniel Moreno Verhagen – Abogado, especialista en Gobernanza y Desarrollo Territorial.
Qué extraño país: para una cirugía buscamos al mejor médico, para defendernos buscamos al abogado más preparado… pero para dirigir el Estado elegimos al más popular en redes. Convertimos al Congreso —Senado y Cámara— en una competencia de visibilidad, no de capacidad. Y luego nos sorprendemos cuando los problemas no se resuelven.
Las corporaciones públicas están entrando en una era particular: la era en la que la popularidad digital pesa más que un programa político serio y responsable. Cada vez es más común que los partidos busquen candidatos que funcionen como influencers, que generen vistas, tendencias y conversación. Y esto, en principio, no es necesariamente negativo.
La política ha sido históricamente distante, hermética y desconectada de la gente. Que existan congresistas capaces de comunicar, de visibilizar debates y de enfrentar la corrupción con audiencias masivas es un avance. Algunos han convertido sus redes en una herramienta de control político real, logrando que abusos que antes pasaban inadvertidos hoy tengan millones de ojos encima. Pero el problema aparece cuando la herramienta se convierte en el propósito. Cuando la curul se transforma en estudio de grabación y el legislador en creador de contenido. Cuando el principal indicador de gestión deja de ser la calidad del debate y pasa a ser el número de likes.
Colombia ya conoce esa deriva: un Congreso más pendiente del algoritmo que de las regiones; más atento al ángulo de la cámara que al análisis serio de los proyectos; más dedicado a las polémicas de 30 segundos que a construir soluciones duraderas para un país que las necesita urgentemente. Esta tendencia es peligrosa porque confunde representación con espectáculo. Y mientras la política se vuelve entretenimiento, los problemas estructurales siguen avanzando sin resistencia real: seguridad deteriorada, economías locales estancadas, crisis en salud y educación, corrupción territorial, desigualdad creciente. Los ciudadanos no eligieron narradores de su indignación, sino solucionadores de sus problemas.
A esto se suma una contradicción difícil de ignorar: cuando un ciudadano vota por un influencer, muchas veces no busca que le solucionen los problemas, sino que se los narren. Lo que espera es visibilidad, no gestión; ruido, no resultados. Pero la responsabilidad empieza por el voto. Un país que elige espectáculo no puede esperar luego transformaciones profundas, porque vota por quienes priorizan la forma sobre el fondo. Esto no significa que la visibilidad sea mala. Al contrario: comunicar bien es indispensable. Las redes sociales pueden acercar la política a la ciudadanía, movilizar causas, denunciar irregularidades y generar presión social para que las instituciones funcionen. Los congresistas que equilibran comunicación y trabajo serio son un ejemplo de lo que debería ser la política en tiempos digitales.
Pero hay una línea fina entre comunicar y caer en el espectáculo. Entre usar la cámara para servir y usarla para figurar. Entre informar y distraer. Un Congreso que pierde ese equilibrio termina traicionando su deber más básico: legislar, controlar y resolver. La hora de los influencers puede ser una oportunidad para modernizar la política y acercarla a la gente. Pero solo si quienes llegan con visibilidad entienden que la cámara es un medio, no un fin. Que la viralidad no reemplaza el estudio, la rigurosidad ni la responsabilidad. Que la curul no es un escenario para el show, sino una herramienta para transformar la vida de millones.
Colombia necesita líderes que comuniquen, sí, pero sobre todo que trabajen. Que tengan alcance, sí, pero también profundidad. Que no pierdan el norte. Porque un país que elige espectáculo termina viviendo en él. Y ya sabemos cómo terminan las naciones que confunden la política con entretenimiento.
Manizales, 27 de noviembre de 2025.











