Por: Michael Andrés Corrales Buitrago – Trabajador social.
A lo largo de nuestra historia han surgido grandes figuras que marcaron el rumbo del país. Simón Bolívar, el Libertador; Jorge Eliécer Gaitán, el gran tribuno popular; Luis Carlos Galán, símbolo de la lucha contra la corrupción; Carlos Pizarro Leongómez, el rebelde que transitó de las armas a la política con vocación de poder; y Gustavo Rojas Pinilla, recordado por impulsar la televisión en Colombia, aprobar el voto femenino en 1954, aumentar salarios y promover grandes obras de infraestructura.
¿Y qué tuvieron en común muchos de ellos? Que representaron, en distintos momentos históricos, proyectos que incomodaron a sectores tradicionales del poder. Sus ideas no estaban diseñadas para proteger privilegios, sino para ampliar derechos, redistribuir oportunidades y cuestionar estructuras de desigualdad profundamente arraigadas. Algunos incluso pagaron con su vida el precio de esas convicciones.
Hace poco un compañero me dijo una frase que se quedó conmigo: “la izquierda en Colombia empezó a crecer cuando la dejaron de matar”.
Es una afirmación fuerte, pero invita a reflexionar. Durante décadas, cualquier proyecto político alternativo fue marginado, perseguido o exterminado. Tuvieron que pasar muchos años para que una propuesta abiertamente progresista lograra consolidarse electoralmente hasta llegar a la Presidencia.
Es debatible si Gustavo Petro es el primer presidente de izquierda en la historia del país. Antes hubo liberales con tendencias socialdemócratas como Alfonso López Pumarejo en los años treinta y cuarenta, o Carlos Lleras Restrepo y Alberto Lleras Camargo, quienes impulsaron reformas importantes desde una visión liberal avanzada para su época.
Sin embargo, lo que hoy vivimos parece distinto: no es solo un gobierno, es el surgimiento de una identidad política más definida. El llamado “Petrismo” —más allá de las críticas legítimas que despiertan los personalismos— empieza a perfilarse como una nueva fuerza dentro de la historia política colombiana.
Para ponerlo en perspectiva, puede hacerse un paralelo con Juan Domingo Perón en Argentina. Gobernó en los años cuarenta impulsando tres banderas claras: justicia social, independencia económica y soberanía política. Ocho décadas después, el peronismo sigue siendo una de las principales fuerzas de ese país.
Su fórmula no fue mágica: promovió cambios estructurales que dignificaron a la clase trabajadora, ampliaron derechos sociales, fortalecieron la educación pública y consolidaron un Estado con mayor capacidad de intervención. De ahí nació un movimiento que trascendió al líder.
Hoy Argentina atraviesa un momento distinto bajo el gobierno de Javier Milei, cuya visión económica libertaria ha significado un giro profundo en el modelo social. Pero ese mismo contraste demuestra que los movimientos políticos no son lineales: dependen de quién los encarne y cómo se administren sus principios.
Volviendo a Colombia, el proyecto que encabeza Petro ha impulsado medidas que buscan ampliar protección social y redistribuir oportunidades: la ampliación del programa Colombia Mayor, la entrega de tierras incautadas al narcotráfico para campesinos, aumentos del salario mínimo, y el fortalecimiento de sectores históricamente rezagados de la economía.
Si estos cambios logran consolidarse institucionalmente y trascender al gobierno actual, podríamos estar presenciando el nacimiento de un movimiento político con vocación histórica.
Aquí dejo una reflexión final: quienes gobiernan deben escuchar a su pueblo. La clase empresarial es fundamental para generar empleo, pero la fuerza productiva la ponen millones de trabajadores que madrugan todos los días para sostener este país. El crecimiento económico es necesario, pero no puede darse a costa de la dignidad humana.
Si un proyecto político logra equilibrar desarrollo con justicia social, entonces no será solo un gobierno más. Será el inicio de una nueva etapa en la historia de Colombia.













