Opinion

El mito del gran salvador estadounidense

Michael Andrés Corrales Buitrago

Por: Michael Andrés Corrales Buitrago – Trabajador social.

Existen múltiples personajes que ven a los Estados Unidos con lo que Bauman denominaría un “amor romántico”: una idealización que asigna al otro cualidades casi perfectas y desinteresadas. Bajo esta mirada, EE. UU. aparece como una nación filantrópica encargada de “defender la democracia” en países donde, curiosamente, los gobiernos se oponen a los valores que Washington considera correctos. Sin embargo, resulta significativo que muchos de los países “salvados” por el gigante del norte sean naciones ricas en recursos naturales, y que tras las invasiones gran parte de dichos recursos terminen bajo influencia o control de corporaciones estadounidenses.

En Colombia existe una clase política que suele inclinar la cabeza ante las exigencias del norte. Por eso no es extraño que algunos pidan abiertamente una intervención militar en Venezuela, aun sabiendo que una acción de este tipo no solucionaría nada y, por el contrario, prolongaría el sufrimiento del pueblo venezolano. La historia reciente lo demuestra: Irak en 2003, Afganistán en 2001, Guatemala en 1954 o Irán en 1953. En todos estos escenarios la intervención o apoyo militar estadounidense generó más muertes, más destrucción y mayor poder para las grandes corporaciones, pero nunca una verdadera democratización. Los únicos beneficiados fueron siempre los mismos.

Hollywood lleva décadas vendiendo la imagen del héroe estadounidense, pero la realidad es muy distinta. En una hipotética intervención en Venezuela, uno de los países más afectados sería Colombia: habría una ola migratoria aún mayor y la presencia de operaciones militares cerca de la frontera vulneraría nuestra soberanía. Como humanidad tenemos un extraño deseo que siempre venga alguien más a salvarnos, cuando la experiencia histórica demuestra que “solo el pueblo salva al pueblo”. Mi posición es clara: Maduro es un dictador, pero quienes deben resolver esa situación son los mismos venezolanos. Los problemas internos de un país deben solucionarlos sus ciudadanos.

Muchos preguntan por qué defender a Palestina, pero no intervenir en Venezuela. La respuesta es sencilla: Palestina vive un genocidio perpetrado por un ejército poderoso contra una población que no tiene cómo defenderse. Es una relación entre un Estado ocupante y un pueblo sometido. En Venezuela, en cambio, se trata de un conflicto político interno con un gobierno autoritario, pero cuyo desenlace no corresponde ser definido por potencias extranjeras.

Nunca debemos perder la empatía, pero esta debe acompañarse de un principio de realidad. Cualquier intervención o sanción fuerte de Estados Unidos rara vez afecta a las élites; quienes sufren son los ciudadanos comunes. Por eso, como mínimo, los países vecinos deberían facilitar el comercio y permitir que la economía venezolana respire, porque las sanciones no castigan a los dictadores: castigan a su pueblo.

Somos pueblos hermanos. Y debemos distinguir entre empatía y terquedad. Estados Unidos no vendrá a salvar a nadie; sus intereses en Venezuela son principalmente energéticos y estratégicos. La mejor forma de apoyar al pueblo venezolano no es cerrarles las puertas, sino promover el comercio legal y evitar que tengan que recurrir a mercados ilegales que solo aumentan la violencia en la frontera.

Manizales, diciembre 13 de 2025.

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