EDITORIAL
En tiempos donde los liderazgos ya no se limitan al ámbito institucional, sino que se extienden a las redes sociales, los medios y los mercados, cada vez más empresarios y figuras públicas enfrentan una decisión incómoda: ¿deben meterse de lleno en política, marginarse por completo, o asumir un rol desde el margen, estratégico pero prudente?.
El caso reciente de Elon Musk vuelve a poner esta pregunta sobre la mesa. Lo que comenzó como una historia de éxito empresarial global—con avances en movilidad, tecnología espacial e inteligencia artificial—hoy se ve opacado por su exposición ideológica constante, su tono confrontativo en plataformas digitales y una postura política cada vez más visible. El resultado: erosión de confianza, pérdida de valor, y una marca que ya no se percibe como innovadora, sino como polarizante.
Musk no es el único. Lo que está en juego va más allá de su figura: es el modelo de líder que elegimos seguir y construir en una sociedad donde la política lo impregna todo.
Colombia no es ajena a este dilema. En nuestro entorno, muchos empresarios, académicos, creadores de contenido y ejecutivos enfrentan presiones similares. Algunos se comprometen abiertamente con causas, partidos o figuras políticas. Otros se alejan por completo, con la excusa de “no meterse en problemas”. Y hay quienes intentan mantenerse en una delgada línea entre la opinión y la neutralidad.
Pero esa línea es cada vez más difícil de sostener. En un país fragmentado por el discurso político, donde todo se interpreta como adhesión o rechazo, el silencio también comunica.
Por eso, la pregunta no es solo si se debe hacer política o no. Es cómo hacerlo sin perder legitimidad, sin comprometer la reputación y sin poner en riesgo la relación con los públicos a los que se debe.
Hacer política de frente puede ser honesto, pero también peligroso. En contextos de alta polarización, todo se amplifica, se distorsiona y se convierte en munición. Las palabras pesan, los silencios también, y las consecuencias no tardan en llegar: boicots, pérdida de clientes, rupturas internas y desconfianza institucional.
Entonces, ¿qué hacer?
Quizás no se trata de “elegir bando” ni de callar. Tal vez el desafío está en redefinir lo político desde la responsabilidad ética, la construcción colectiva y el liderazgo con propósito. Estar al margen no significa indiferencia. Significa saber cuándo intervenir, con qué tono y para qué fin.
La polarización es real, incómoda y peligrosa. Pero también es una señal de que las ideas siguen importando. Que el debate está vivo. Y que el poder, aunque desgastado, aún necesita ser disputado.
Por eso, hacer política de frente no debería verse como una amenaza, sino como un acto de valentía. La valentía de no esconder las convicciones. De asumir costos. De hablar claro, sin miedo. Porque el país no necesita más silencios estratégicos ni líderes neutrales por conveniencia.
Por: Daniel Moreno Verhagen.
Manizales, marzo 30 de 2025.












