Opinion

Colombia en cuarentena!

Mario Arias Gómez

Por: Mario Arias Gómez.

Registré en la columna anterior cómo la desquiciada, irracional, hereditaria, cobarde violencia había regresado al país, especialmente al departamento del Cauca, rompiendo la aparente calma, paz, sosiego; antesala de la subsecuente destrucción del Estado de derecho, la seguridad jurídica, la paralización de la economía, en que prevalece el estado de anarquía, anomia, la actividad social, productiva desaparece, la desazón, el pesimismo se apoderan de la gente, abandonada a su suerte.

Derivas de un estado cómplice, delictivo, fallido, lacras fundacionales de un incipiente estado mafioso, impuesto a sangre y fuego por el crimen organizado, regido por una delincuencia jerarquizada, poderosamente pudiente, poblada  de desalmados ejércitos de mercenarios, sicarios, matarifes financiados por el narcotráfico, la extorción, la minería ilegal, el lavado de activos -entre otros-, que dejan un reguero de cruces recordatorias de las víctimas inocentes; como de inconsolables viudas, de huérfanos.

Terrorismo enseñoreado, amenaza de la vida, el bien más preciado, causa del masivo, permanente desplazamiento del campo a las ciudades de campesinos con sus famélicas familias en busca de empleo, oportunidades, educación, salud; recreación, de subsistencia; generalizada violencia que por lo común parece normal, sin que conmueva, razón para que en muchas partes no se vea, se oiga pero sí se siente, la padecen, la sufren las indistintas comunidades; incurable mal que no causa heridas que no dejan de sangrar; violencia -que lo es- también ejercitada por los mediáticos, mediatizados, monopólicos, politizados medios de comunicación, con el beneplácito de sus astutos, clasistas, inescrupulosos, influyentes, insaciables, poderosos dueños, élite que no pasa de cinco apellidadas familias, amos del país, de los órganos de producción, la banca, los fondos de inversión, las concesiones.

Medios que alienan, desinforman, fanatizan, instrumentalizan, manipulan la población; camuflada violencia social adocenada a una mediocre, rastrera, represiva, fraguada ideología, motor de la asfixiante, dantesca, hostil, peligrosa, polifónica, trágica política del ‘todo vale’, esencia de la ‘seguridad demoníaca’, amplificada, difundida por la cáfila de obsecuentes vasallos, como las polémicas Cabal, Paloma, el hirsuto cuasi bachiller Macías -ignorante invencible, enciclopédico-, ¡una auténtica vergüenza nacional!

Estrategia potenciada por la política de los tres huevitos -la ‘confianza inversionista’, los ‘avances sociales’, la ‘seguridad demoníaca’, que convirtieron en un infierno, una pesadilla a la apiñada nación, umbilical hilo conductor de los despiadados, indignantes ‘falsos positivos’, ‘masacres’, ‘impunidad’, ‘corrupción’, ‘compra de votos’, de ‘testigos’, del amedrentamiento, asesinato cuando estos no se allanan, someten a sus apremiantes dictados, cambios de versión.

Desinteresado, aséptico, higienizado, incomprendido, invaluable reseña -conocida apenas a retazos-, pesquisa que busca avivar, recuperar, salvaguardar la memoria de los colombianos fundamental para despertar la conciencia de los millones de “sordos, ciegos y mudos” compatriotas, de miles de paisanos que no alcanzan -todavía- a dimensionar, discernir la dolorosa tragedia en comento, que por sobre todo anhela rescatar la conciencia, evidenciar la realidad, la ignorada verdad de lo que ha ocurrido en nuestra martirizada patria durante las últimas tres décadas de poder absoluto ejercitado por el innombrable.

El senador estadounidense, Hiram Warren Johnson, sostuvo -al respecto- en 1917: “la primera víctima cuando llega la guerra es la verdad”; aserción aplicable a la violencia de la cual Colombia perdió la cuenta de los años que lleva incendiándolo, lapidándolo, torturándolo; maldición que se remonta a mucho antes de la década del 50 del siglo pasado, en que fue inmolada la esperanza, Jorge Eliécer Gaitán.

Factura -de lesa humanidad- sin amortizar por el autor intelectual que todos conocemos, pero que nos abstenemos -por miedo- a nombrar con nombre y apellidos, mandamás en mora de expiar sus bochornosos pecados, en una fría mazmorra, que no en otra ‘catedral’ como la de Pablo Escobar, como actual, selectivamente ocurre en el país ‘del sagrado corazón de Jesús’, donde los fariseos, los falsos redentores como el despreciable, esperpéntico, locuaz ‘perseguido político’ -de cuello y corbata- que me ocupa, pagan su abrumadora deuda social, resultas del amoral, flagrante collage delictivo que los acosan y callan -como una ostra- en siete idiomas.

Violencia extendida al territorio nacional. “Así estamos Pedro, y tú cortando orejas”, dijo el Señor a Pedro en el huerto de Los Olivos.

Verdad apreciable a simple vista, diluida, distorsionada por apasionados, sectarios, sesgados historiadores, en aplicación de aquello que ‘Todo es según el color del cristal con que se mira’, frase que entresaco del poema “Las dos linternas” del poeta Ramón de Campoamor (1817-1901): “… Y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira; / todo es según el color / del cristal con que se mira”.

Violencia que en el degradado conflicto de casi un siglo, esfumó a miles de miles de compatriotas mediante los atroces crímenes por los que están respondiendo unos pocos operadores, cuyos superiores como  Camilo Ospina que suscribió como min-Defensa, la directiva 029 de 2005, ucase que estimuló -sin duda- los ‘falsos positivos’ que en su caso pasa de agache, gracias al cartel de tinterillos, especialistas en atajos jurídicos, triquiñuelas procesales que conducen a que su selecta clientela se convierta -por arte  de birlibirloque- en ‘inocente’ por prescripción de la acción penal, a los que hay que anteponer -siempre, para no enredarse- el equivocado adjetivo “supuesto”, a pesar del voluminoso prontuario que recopila los delitos cometidos a la vista de todos los colombianos, proclives a encubrir las conductas non sanctas de los todopoderosos que detentan el poder, de sus secuaces, cuya mejor manera de enfrentarlos es con la verdad, contentiva de material suficiente para un largometraje.

Leviatán que nadie se atreve a tocar, por miedo a la pandilla de áulicos, cortesanos y mercenarios que allanan el camino de sus prohibitivos intereses, propósitos, los que, sin querer queriendo, presurosos, ambientan nuevamente -antes que lo guarden- el ‘articulito’ releccionista, en aras de reinstalar -otra vez- al Cincinato criollo en la deshonrada ‘Casa de Nari’, otrora altar de la patria -copia al carbón del camorrero Donald Trump- mancillado por la avanzada de ‘don Berna’ que sin registro ingresaba por el sótano. ¿A qué? Averígüelo, Vargas.

Bogotá, D.C., 1° de junio de 2024

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