Por: Mario Arias Gómez.
Mitológicos, sólidos portales, veneros de sabiduría, tutores insomnes de las incontables hornadas de bachilleres salidas de sus aulas bienhechoras, los que les debemos buena parte de lo que somos, y cuya imperecedera impronta permanece grabada sobre la arena de los tiempos. Abnegada, generosa, intachable comunidad de hombres probos, íntegros, sabios. Insobornables MAESTROS -escrito así con mayúsculas sostenidas-, ansiosos por transferir lecciones de amor, dignidad y respeto a sus discípulos, con magnánima, rigurosa energía.
Artesanos del saber, forjadores insuperables de valores que, con desprendido, tesonero empeño, le entregaron al país un sinnúmero de bonísimas, íntegras, pudorosas reservas morales, éticas, que le aportaron a la sociedad pensilvense, a su buen nombre inmenso beneficio. Generaciones con las que este agnóstico, pudoroso, seráfico servidor, es apenas un bosquejo muy superficial.
Reaparecido ego -devoto compinche- por el que pido disculpas, esencial en la infancia para el desarrollo de la individualidad, el que a medida que crecemos, hasta la adultez, se hace harto espinoso, incómodo, insoportable.
Invocaciones que, con alto grado de emotividad, fluidez narrativa y depurada prosa, hizo en vida, inmejorablemente, en el apogeo de su existencia de metódico escritor de la tierra, Alonso Aristizábal+, patentizadas en envidiables, memorables páginas que, con la precisión de relojero suizo, recogen hechos aquí barruntados, plasmados por la cotizada, plácida paleta del prominente pintor Virgilio Patiño, en apacibles, floridos, lucidos cuadros. Del honroso paso por la culta ¡PENSILVANIA!, el estadista-literato, Marco Fidel Suárez, dejó histórica constancia en ‘Los sueños de Luciano Pulgar’.
Fantástico, irrepetible ciclo anidado en el paradisíaco edén, engalanado por crepúsculos -matutinos, vespertinos- de embrujo, bañado por cantarinas aguas; arrullado por límpidos, traslúcidos arroyos, ríos y quebradas; aromatizado con el azahar de los naranjos y mandarinos y la fragancia de la balsámica, fresca floresta. Vergel climatizado por una suave ventisca manada de las estancias, los trapiches paneleros. Olimpo seductor de bardos y cantores, que consintieron versos que a los pensilvaneños ponen la piel de gallina.
Mitológico mundo eternizado en piedra, por devotos, fervorosos artesanos y escultores.
Armoniosa, portentosa, policroma acuarela, donde el sol milagrosamente nunca se oculta; celestial, imperturbable, místico oasis, remanso de quietud y sosiego; tutelados en nuestra época, por desvelados, imborrables, pulcrísimos personajes: Felipe Gutiérrez+ -piadoso párroco-, y Pompilio Gutiérrez+ -progresista alcalde-. Apuntalado en los filósofos, ensayistas, historiadores: Montaigne y David Hume, lo descrito es “vivo testimonio de primera mano, del sitio donde viví, descubrí, palpé, olfateé”. Nadie que no lo haya ‘hurgado’, ‘rastreado’, ‘vivido’, podrá referirlo fiel, verazmente.
Perenne periodo en el que mantuve, plurales diferencias discutibles -ideológicamente heterogéneas, moralmente neutrales, políticamente transversales-, con entrañables, seculares competidores, discutidas -en forma civilizada- con perspicacia, sin lastimar, sin herir susceptibilidades, sensibilidades, sin causar heridas incurables, en el entendido siempre, que no hay por qué graduar de enemigos, a los contradictores, que siguen siendo admirados, valorados.
Imposible pasar por alto a las Hermanas de la Presentación, que desde la Normal de Señoritas, formaron un ramillete de capullos en flor, moldeados bajo la tutela de la Madre Ida, a la par de los Hermanos De la Salle, desde el Colegio Nacional del Oriente, dirigido entonces por el Hermano Martín, tutor de la pollada de jóvenes. Religiosos que dieron lo mejor de sí, mereciéndoles una acatada, reconocida autoridad e influencia, coadyuvados por las autoridades precitadas, quienes, conjuntamente, enraizaron la paz, enalteciendo el alma y el prestigio del amoroso rincón patrio.
Capullos que mutaron en atractivos, enceguecedores, inspiradores, lozanos, luminosos, rutilantes, seductores pimpollos, mutados en airosas, porcelanizadas, radiantes, volcánicas quinceañeras -de ensoñación-, de elegancia y gracia inmarcesibles; huríes con cuerpos de guitarra, “en cuyos pechos maduraban duraznos recién nacidos, que sabían a lo que olían, a sabor de fruta madura” -versos del bambuco ‘Campesina santandereana’, que prestó de José A. Morales-.
Deslumbrantes jóvenes adolescentes que liberaban crispadas, eróticas, esclavizantes, fascinantes, místicas, seductoras, sutiles, sensuales, subyugantes, vertiginosas aromas, que madrugaban a alumbrar, encender el día.
Sobrecogedoras Diosas, de piel canela, ojazos almendrados, que exhibían la ‘cascada de su cabellera deslizándose por la ladera sensible de sus espaldas’, preludio de su hermosura. ‘Bellas, ellas, todas ellas, bellas’, como un arcoíris o un lirio blanco.
Tiernas, míticas, utópicas dulcineas contemporáneas que, en coquetas noches de susurros, estremecían a los hipnotizados, sensibles admiradores; contenían la respiración; agitaban nuestros exánimes, lampiños corazones, que nos fueron robados muchas veces. Alucinados mocosuelos, poseídos por pasionales fiebres, que nos llevaron muchas veces a navegar por los impredecibles, insondables, irrepetibles mares de erotismo, a codiciar ser por ellas devorados.
Humillantes frustraciones, torturas, suplicios, miradas de reproche que hubiéramos evitado, de haber atendido la enseña del gran Napoleón: “Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo”.
Acaramelado, cósmico, inasible, mimoso mundo perteneciente al realismo mágico de García Márquez, que lo definió como “Transposición poética de la realidad”. Falange de anheladas, inalcanzables, resbaladizas, voluptuosas odaliscas, inspiradoras de juveniles, sensuales sueños que, abducidos por ellos, nos convirtieron en felices lacayos. Veneros de vida que, al revelarlos en esta autobiográfica confidencia, vuelvo -como antes- triturado por las recordaciones, a tragar saliva. Las seguiré echando de menos como su belleza.
Bogotá, D. C. 27 de enero de 2021
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PD: Cuarta parte -de cinco- del artículo preparado para la Revista ¡PENSILVANIA!













