Opinion

¡PENSILVANIA!

Por: Mario Arias Gómez.

Ha concluido el “annus horribilis”, como la Navidad que, para la mayoría de los 7,500 millones de terrícolas, es símbolo de Paz; expresión de camaradería, alegría, que se desata a torrentes, cuando nos encontrarnos con compañeros de infancia, cargados de años -como yo-, a los que nos quedan pocos por delante.

Época de descanso, perdón, reflexión, unión, propicia para hacer un alto; darle un respiro al cotidiano quehacer; efectuar el usual balance, que por lo regular concluye con los mismos propósitos -incumplidos- de enmienda, que derivan en los mismos errores -sin retorno.

Futuro amenazado -esta vez-, por el escabroso Covid-19; que cambiará -para siempre- las costumbres, el comportamiento de la asombrada humanidad; pesadilla que recuerda la expresión de Porfirio Barba Jacob (Seudónimo de Miguel Ángel Osorio Benítez): “somos leves briznas al viento y al azar”.

Para los centenares de miles de víctimas, inesperadamente concluyó, el único y más valioso tesoro que existe, el tiempo, sin importar: género, edad, condición social, poder adquisitivo o “económico”, cultura, raza, religión, o que pertenezca al grupo de personas marginadas, carentes de conciencia de clase, lumpen, practicantes de la prostitución, la mendicidad, la delincuencia-, etcétera.

Malaventura que recuerda que ‘llegamos al mundo con las manos vacías y con ellas igualmente vacías partimos’; verdad de la que no podía escaparse -obviamente- la atribulada, lapidada Colombia, donde muchos sobreviven en la miseria.

Desgracia -por si faltara- avivada por la endémica violencia -de todo tipo-, que incluye el infrahumano, imparable asesinato de líderes sociales, medio ambiente, reclamantes de tierras; el empobrecimiento causado por la recesión económica, la escalofriante falta de trabajo; dolencias aceleradas por la pandemia que trajo el coronavirus, actora -entre otras muchas dificultades- del desplome social.

Desvarío acrecentado por la anomia -el desgobierno- reinante, debido a la inexperiencia, mediocridad, pequeñez de alma -incurables- del impotente, manipulado, desahuciado, vergonzante vasallo -caricatura de estadista-. Nefasta realidad canjeada por otra virtual, sacada -al parecer- de un libro de ciencia ficción.

Pero el cometido hoy, no es compilar el trillado catálogo de tribulaciones, sino el de cerrar los ojos para volver, soñadoramente, a la excelsa, hidalga, caballerosa ¡PENSILVANIA! -que llevo adherida al alma- para exaltarla en su 156avo aniversario -una eternidad cósmica- de su fundación -3 de febrero de 1866-; Pacha Mama -diosa venerada por los pueblos indígenas de los Andes- donde nació “el agua de la vida”; fuente de inspiración de este entusiasta, emocionado, nostálgico, apologético ensalzamiento del pueblo que duerme sus sueños de grandeza, recostado sobre las estribaciones de la cordillera Central.

Con indescriptible entusiasmo cumplo complacido la ineludible, inapelable solicitud del inestimable exalcalde, Oscar Gonzáles, ‘Colaco’, convertido -entre ires y venires’- en los ojos y oídos vivientes del terruño amado. Insomne mayoral, eje motriz de su devenir; desvelado vigía del sentimiento de amor perpetuo -inextinguible- de sus orgullosos hijos -adoptivos, raizales, de corazón- por la aristócrata, copetuda, acogedora ‘Perla del Oriente de Caldas’.

Título que valida su belleza natural -inmutable-; sus románticos amaneceres de ensueño; sus impresionantes crepúsculos perfeccionados en Morrón; el don de gentes y calidez humana de sus altivos, enhiestos, erguidos pobladores, transmitidos de generación en generación. Legendario, empinado, impetuoso, soberbio municipio, exportador de talento. Apego que, con pasión inagotable, ‘Colaco’ aviva incesantemente, día y noche.

Solariega tierra natal de promisión, glorificada por Tirios y troyanos, donde llego calladamente, en el crepúsculo de la vida, sin extravagancia, sin el ímpetu, brío de antaño, a paladear las huellas del pasado, que allí adquieren, vida e historia propias. Cuna donde me crie, forjé, viví, aprendí las primeras letras; fui desasnado con devoción y desprendimiento, providenciales, en el nunca olvidado, Colegio Nacional del Oriente de Caldas, por los Hermanos lasallistas.

Edén donde fortalecí los iniciales aleteos de hombre en agraz; amé; di mis primeros prematuros besos; despuntaron mis sueños; levé anclas para salir a ‘andariegar’ el mundo, aprendí a servir al prójimo bajo la égida: ’No es más rico quien más tiene, sino el que menos necesita’.

Samaritano cometido adoptado, luego de tropezar de frente con el hambre, desnudez de los desheredados de la fortuna, que ‘riegan su existencia con el invierno de sus propios ojos’. Máculas privativas de una sociedad insensible, cruel, inhumana, indiferente, donde se medra llorando.

Más de medio siglo tardé -después de darme cuenta de quiénes son los auténticos amigos- en tomar conciencia de la inutilidad de luchar por gente ominosa que, al decir de Cicerón, ‘siembra el mundo de malos presagios, para luego sonreír cuando se cumplen’; de bregar por el equilibrio, el orden social; de predicar reglas de conducta; de guerrear por frías, tóxicas aves de mal agüero, obligándome -abstraído en mi mismidad- a enconcharme, a vivir estoicamente solo, en silencio, a mirar hacia dentro, intentando desandar lo andado; mudar el camino emprendido en la infancia, recapitulando el cómo  “se hace uno viejo  muy pronto y sabio demasiado tarde”.

Noli foras ire (No vayas afuera), expresó san Agustín.  “No salgas de ti, ensimísmate, no atiendas a lo exterior, pues sólo en tu interior habita la verdad”.

Bogotá, D. C. 06 de enero de 2021

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PD: Primera parte -de cinco- del artículo preparado para la Revista ¡PENSILVANIA!

 

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