Opinion

A PROPÓSITO DE UN FALLO DEL CONSEJO DE ESTADO

02 septiembre 2018

Cuando se habla de bajas pasiones necesariamente no se hace referencia a situaciones de carácter erótico o sexual. La actividad política ha sido dominada por las pasiones donde los adversarios políticos hacen uso de todos los medios para derrotar a sus contendores.

El departamento de Caldas no ha sido la excepción. La actividad política se judicializó convirtiéndose en profesión de alto riesgo. En muchos de los casos, los derrotados acuden a los estrados judiciales para ganar allí lo que en las urnas no consiguieron.

Interponen las demandas a través de “toños” para que su frustración no sea tan evidente. Sin embargo, siempre se termina conociendo quién está detrás de equis o ye demanda.  

Recordamos, por ejemplo, la infamia cometida contra Jorge Hernán Mesa Botero, quien estuvo detenido durante un año en forma injusta para luego ser declarado inocente por todas las instancias judiciales; y después se conoció que el único propósito de la demanda en su contra era truncar su exitosa carrera política, en lo cual colaboró, según se dice, un fiscal resentido porque no fue posible ayudarle políticamente para ocupar una alta posición burocrática y pensionarse con jugoso sueldo.

Por ese mismo calvario han pasado el gobernador Guido Echeverry, la exrepresentante a la cámara Luz Adriana Moreno Marmolejo, el concejal de Manizales Ronald Bonilla, entre otros. Ahora, les toca el turno a los representantes a la cámara Félix Alejandro Chica y Erwin Arias, y a los senadores Carlos Felipe Mejía y Mario Castaño.

A propósito del senador Castaño, esta semana la Sección Quinta del Consejo de Estado falló a su favor la demanda de pérdida de investidura en primera instancia. Ese es un triunfo para él y, sobre todo, para el departamento de Caldas que no pierde esa representación tan importante en el Senado de la República. A Mario Castaño no le perdonan su éxito político y su vertiginosa carrera sin padrinos ni remolcadores.

De la política caldense se debe eliminar de una vez por todas la fea costumbre de demandar al adversario que sale triunfante en las urnas. Eso enrarece el ambiente electoral y le hace mal a la democracia.

También hay que aprender a perder.

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