Opinion

“Esas uvas están verdes”

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Por: Mario Arias Gómez

28 agosto 2018

Con ¡dolor de patria!, por la ‘platica’ botada literalmente, registro alborozado, el apabullante y estruendoso fracaso de las tozudas y mediáticas -padre y madre- que engendraron el derrotado monstruo, llamado consulta, absolutamente innecesaria, si se toma en cuenta el vertiginoso e imparable ascenso de la corrupción, desde que Turbay Ayala prometió -hace cuatro décadas- “reducirla a sus justas proporciones”, multiplicada geométricamente, a inauditos extremos, impensables hoy, según el infamante puesto 90 ocupado por Colombia, entre 190 países. Y uno de los diez más corruptos en Latinoamérica.

350 mil millones festinados, irresponsable e inmisericordemente, que bien podrían haberse ahorrado, en beneficio de los indigentes, supliéndoles las necesidades, entre otras, en vivienda, salud, educación, empleo, recreación. Interminable lista de escaseces, de un buen número de compatriotas. Pero… lo que nada nos cuesta volvámoslo fiesta.

Parafraseando al ‘Coloso del Humor’, Hébert Castro, gustoso le enrostro a las alharacosas, apachurradas, calenturientas, enceguecidas y luctuosas gallinas derrotadas: “se los dije, se los recomendé, se los advertí” -pero fue como ladrarle a  la luna- pues tercamente insistieron en violar la constitución, al creerse dueñas de la verdad revelada, con licencia para ponerse por encima y reformarla a su antojo, mediante la consulta, tácitamente prohibida por la misma Carta, sutil forma de caer en la corrupción que dicen combatir, al dilapidar tan millonario recurso. “Obras son amores que no buenas razones”. “…Porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden”, (Mateo (13:13).

Nadie, ni el más corrupto, en un país poblado de ‘sepulcros blanqueados’, iba a decir no, frente a la efímera pregunta: ‘¿quiere usted acabar la corrupción?’. El resultado indicó otra cosa. Enfático engaño a los colombianos, crudamente calificado como tal, por Gómez Méndez, al consignar que existían -al respecto- “toda clase de normas, y repetirlas, no las hace más aplicables”. Si han pasado desapercibidas, se debe a falta de decisión política para ejecutarlas. La corrupción, es a no dudarlo, una cuestión de formación, de educación a todos los niveles, desde la cuna, continuada, implementada, fortalecida durante toda la vida.

Agréguese, la apática e indolente falta de ‘sanción social’, recordada previamente por el expresidente de la CC, Carlos Henao, al señalar que ésta es más importante que la propia ‘sanción penal’. Dolencia generalizada en la sociedad, que empieza en los bancos de la escuela, cuando el estudiante hace trampa en los exámenes; sigue con el padre evadiendo impuestos, ‘sobornando’ jueces, policías, funcionarios, saltándose la cola; el médico tapando con tierra sus errores; los edificios derrumbándose por incuria de curadores, ingenieros, calculistas, maestros de obra; cuando el dinero se pierde a manos de banqueros, economistas y contadores inescrupulosos; cuando la justicia se extravía o traspapela por ávidos subalternos, o desvergonzados Magistrados, socios últimos del ‘cartel de la toga’, el robo de los cupos indicativos, desaparecidos por testaferros de congresistas en connivencia con Ministros. En fin. Me haría interminable enlistar los rutinarios y recurrentes casos de corrupción

Fruto de la mala formación, del indulgente silencio cómplice de la sociedad, causa primaria de la desazón de la gente decente, del evidente colapso de la patria, del desplome de los valores morales, éticos.

Tarea de recomposición de largo aliento, si se advierte que la corrupción afecta por igual a todo el mundo; que la solución arranca por darle al problema un enfoque educativo, que incumbe empezar ya inculcando a las nuevas generaciones, la obligación de recuperar la sanción moral y social perdidas, para que los corruptos -lo dice el precitado rector del Externado- dejen de ser -como en épocas pasadas de ingrata recordación con los mafiosos- los más admirados de la pirámide social, sino los más repudiados.

Desarreglo social al que, si Jesús volviera, de seguro condenaría a las ‘claudias’, fariseos y escribas (copistas o amanuenses de la antigüedad), enrostrándoles: “Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. (Juan 8: 7).

Ya empezaron las repudiadas y humilladas loras, promotoras del engendro aniquilado, justificando la inocultable pérdida, alegando falta de garantías, mermelada, tamales, transporte, fraude, ausencia -de su parte- de compra de votos, a la baja autoestima y determinación del desganado pueblo, de combatir de hecho la podredumbre. Quejosas dolidas que triunfaron perdiendo -consuelo de tontos-, rechazadas por las grandes mayorías, que, cual tontos útiles, pensaron que iban a arrear, hacia algo que no era más que una frívola plataforma, para impulsar las arteras aspiraciones de las humeantes y harapientas morales, que tienen la mira puesta en las elecciones, 2019-2022.    

Bogotá, D. C. 27 de agosto de 2018

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