Por Antonio Corrales Giraldo.
Desde los inicios de la nación hasta nuestros días, Colombia ha sido un país profundamente convulsionado por la violencia. Como consecuencia de tantos conflictos, tristemente buena parte de nuestra geografía quedó marcada por la sangre, el dolor y la tragedia.
Uno de esos episodios fue la llamada Violencia bipartidista, enfrentamiento alimentado por la intolerancia política y la lucha encarnizada por el poder entre liberales y conservadores. Según diversos historiadores, este período se extendió principalmente entre las décadas de 1940 y 1960, aunque sus antecedentes y consecuencias abarcan un período más amplio.
El asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, ocurrido en Bogotá el 9 de abril de 1948, agravó dramáticamente la situación y provocó una gigantesca revuelta conocida como El Bogotazo.
La violencia política de aquellos años estuvo acompañada de asesinatos selectivos, masacres, amenazas, persecuciones, desplazamientos, despojo de tierras, destrucción de propiedades y otras formas de intimidación. En muchos lugares, la vida de una persona podía estar en peligro simplemente por identificarse con el color político equivocado: rojo o azul.
En las zonas rurales y urbanas aparecieron grupos de hombres armados conocidos popularmente como “pájaros”, llamados así, según la tradición oral, porque después de cometer sus crímenes desaparecían rápidamente del lugar. En diferentes regiones actuaron con la tolerancia o complicidad de algunos dirigentes políticos locales, conocidos como caciques o gamonales.
Aquella violencia dejó una profunda huella en Colombia. Las cifras de víctimas varían según la fuente y la metodología utilizada, pero existe consenso en que fueron cientos de miles de muertos y millones de personas desplazadas de sus tierras y lugares de origen.
El Frente Nacional, establecido mediante un acuerdo entre liberales y conservadores, buscó poner fin al enfrentamiento bipartidista y comenzó en 1958, extendiéndose hasta 1974. Sin embargo, para entonces la violencia ya había dejado heridas profundas que tardarían décadas en cicatrizar.
Anserma tampoco escapó de la violencia
Anserma, como muchos municipios del Viejo Caldas, tampoco escapó de aquella época de miedo.
Según el relato que me ha transmitido mi cuñado Alberto Escudero Manrique, el primer asesinato de carácter político que recuerda nuestra historia local fue el de Federico Salazar, un carnicero liberal asesinado el 4 de septiembre de 1947 en la plaza Ospina, un jueves de feria.
Al sábado siguiente, día de mercado, también en la plaza Ospina, fue asesinado otro liberal, el carnicero Escobar. Y al sábado siguiente cayó Bernardo Moncada, músico y conservador.
Y así, según este relato, los asesinatos continuaron durante un tiempo con una frecuencia que hoy resulta difícil de imaginar.
Lo más estremecedor es que muchos ciudadanos conocían a los hombres que protagonizaban estos hechos. Los llamados “pájaros” podían ser vistos incluso los domingos asistiendo a misa, como cualquier otro ciudadano.
La violencia llegó a convertirse en parte de la vida cotidiana.
El último asesinato de aquella época que recuerdo ocurrió a comienzos de los años sesenta. En un sábado de mercado fue asesinado a balazos, en el parque de Robledo, un carnicero liberal, hermano del inspector de Policía, de apellido Toro.
Por aquellos años comenzaba la construcción de la actual galería y, mientras terminaban las obras, el mercado había sido trasladado desde la plaza Ospina hasta el parque de Robledo.
La historia olvidada de Ospina
Pero existe otra historia, prácticamente olvidada, que considero necesario rescatar.
En el sector de El Pedrero, hoy barrio Restrepo, vivía un hombre de apellido Ospina, cuyo nombre completo prefiero omitir por respeto a su familia.
Ospina era muy amigo de algunos de aquellos “pájaros”. No era propiamente un sicario, según el relato que ha llegado hasta nosotros, pero presumía de serlo. Le gustaba que le tuvieran miedo y, para alimentar esa fama, llegó incluso a atribuirse asesinatos que no había cometido.
Pero la historia de Ospina apenas comenzaba.
A comienzos de los años sesenta llegó a Anserma un juez de instrucción criminal encargado de investigar varios de los asesinatos cometidos durante aquellos años. Era el doctor Gustavo Paneso Robledo, quien adelantó las pesquisas y abrió un proceso contra Ospina.
Después del proceso judicial, Ospina fue declarado culpable y condenado a cumplir una pena en la entonces temida penitenciaría de la isla de Gorgona, en el océano Pacífico.
Y allá fue a parar.
Gorgona, la cárcel del miedo
La prisión de Gorgona comenzó a funcionar en 1960, durante el gobierno de Alberto Lleras Camargo, como un establecimiento destinado a recluir a delincuentes considerados de alta peligrosidad.
Su ubicación insular representaba, además, una forma extrema de aislamiento. La cárcel llegó a convertirse en uno de los lugares más temidos del sistema penitenciario colombiano.
Con el paso de los años, las denuncias sobre las condiciones del penal, los malos tratos y las violaciones de derechos humanos aumentaron. Finalmente, la prisión fue cerrada el 25 de junio de 1984, durante el gobierno del presidente Belisario Betancur.
Posteriormente, la isla de Gorgona fue convertida en un área protegida debido a su extraordinaria riqueza natural y biodiversidad.
Pero volvamos a Anserma.
La paradoja de esta historia es que, según la memoria oral que ha llegado hasta nosotros, muchos de aquellos hombres conocidos como “pájaros” nunca pagaron un solo día de cárcel por los crímenes que se les atribuían.
Quien terminó pagando una condena en Gorgona fue Ospina.
Años después salió de aquella prisión, regresó a Anserma y finalmente murió en su pueblo.
Una historia que no podemos dejar morir
Esta es apenas una de las muchas historias que permanecen escondidas en la memoria de nuestros municipios.
Más allá de los nombres, de las fechas y de las circunstancias que todavía necesitan ser investigadas y documentadas, hay algo que resulta fundamental: no podemos permitir que las nuevas generaciones desconozcan lo que ocurrió.
La historia no se conserva para alimentar odios ni para reabrir heridas. Se conserva para entenderlas.
Porque un pueblo que olvida su pasado queda condenado a repetir sus errores.
Por eso considero necesario rescatar estas historias de Anserma, contrastarlas con documentos, archivos, testimonios y fuentes históricas, y entregárselas a nuestros jóvenes.
Que sepan que hubo un tiempo en que una persona podía ser perseguida o asesinada simplemente por llevar el color político equivocado.
Que sepan quiénes fueron los “pájaros”, cómo actuaron y por qué aquella violencia terminó dejando tantas familias destruidas y tantos campos abandonados.
Y que sepan también que la memoria histórica no es un museo de muertos: es una advertencia para los vivos.
Este ha sido otro apasionante viaje por nuestra historia local. Un viaje que vale la pena continuar, porque detrás de cada plaza, cada calle, cada barrio y cada familia de Anserma hay una historia que merece ser contada antes de que el olvido termine por borrarla.













