Por: Antonio Corrales Giraldo
Hace unos días me preguntó un amigo perteneciente a aquella generación que nació entre 1945 y 1960:
– ¿Te acuerdas con qué jugábamos nosotros cuando éramos niños y por qué la pasábamos tan bien?
Le respondí casi sin pensarlo:
– Simplemente porque, en aquella época, jugar era un verdadero placer.
La pregunta fue suficiente para transportarnos muchos años atrás, a una infancia que parece lejana, pero que permanece intacta en la memoria. Una época en la que los niños salíamos a la calle, al parque, a la escuela, a los patios y a los solares de las casas para encontrarnos con los amigos de la cuadra y entregarnos, sin preocupaciones, al maravilloso mundo del juego.
Eran juegos sencillos, muchos de ellos heredados de nuestros padres y abuelos y transmitidos de generación en generación. No necesitábamos juguetes costosos ni aparatos electrónicos. Bastaba con tener ganas de jugar, unos cuantos amigos y, sobre todo, imaginación.
Jugábamos con cualquier cosa y a veces con nada.
Una tapa de gaseosa podía convertirse en un automóvil para disputar la famosa “Vuelta a Colombia”. Una llanta vieja, empujada con un palo, podía proporcionarnos horas de diversión. Un pedazo de cuerda se transformaba en un mundo de posibilidades. Unas canicas eran suficientes para organizar competencias interminables. Y una simple hoja de papel podía convertirse en un avión dispuesto a surcar los cielos de nuestra imaginación.
La mayoría de aquellos juegos se desarrollaban al aire libre. Eran juegos colectivos que nos obligaban a encontrarnos con los demás, a conversar, a ponernos de acuerdo y a compartir.
Pero también eran juegos para mover el cuerpo: correr, saltar, brincar, perseguir, esconderse, sudar y hasta gritar de emoción.
Y quizás allí estaba una de sus mayores virtudes.
Mientras jugábamos, sin darnos cuenta también aprendíamos.
Aprendíamos a respetar las reglas que nosotros mismos acordábamos, a esperar nuestro turno, a aceptar que unas veces se gana y otras se pierde, a controlar las emociones, a celebrar el triunfo de los demás y a reconocer nuestros propios límites.
Aprendíamos a comunicarnos, a relacionarnos, a resolver pequeñas diferencias y a expresar nuestros sentimientos y pensamientos.
En otras palabras, aquellos juegos también educaban el corazón de los niños.
No existían manuales ni grandes discursos sobre convivencia. La lección estaba en el juego mismo.
Hoy, cuando observamos cuánto han cambiado las formas de entretenimiento de los niños, uno no puede dejar de preguntarse qué parte de aquella infancia se está perdiendo.
Muchos de aquellos juegos prácticamente han desaparecido de las calles, de los parques y de los patios. Algunos sobreviven apenas en la memoria de quienes tuvimos la fortuna de disfrutarlos.
Por eso vale la pena nombrarlos, recordarlos y rescatarlos del olvido.
Estaban el balero, el trompo, el yo-yo, las canicas, los carros de madera y de balinera, el yaz, el pipo y cuarta, los aviones de papel, el aro o la llanta, las cometas y la cuerda para saltar.
También estaban las carreras de encostalados, las figuras hechas con piola entrelazada entre los dedos —la escalera, la taza y el plato, las tijeras y muchas otras—, la chucha o lleva, la pelota, el escondidijo, la estatua y la gallina ciega.
Recordamos las palmas de las manos, acompañadas por canciones y diferentes ritmos; la búsqueda del tesoro, con aquel inolvidable “caliente, caliente” o “frío, frío”; el juego de las sillas, en el que siempre había una silla menos que participantes; y la “Vuelta a Colombia”, aquella singular carrera de tapas de gaseosa o cerveza por una carretera previamente dibujada en el suelo.
Estaban también el botellón, el pilón y la tradicional tira y afloje con la cuerda, en el que dos equipos ponían a prueba su fuerza intentando desplazar, al contrario.
Y cómo olvidar la rayuela, ese tablero dibujado en el suelo cuyos cuadros recorríamos saltando; o las carreras de encostalados, donde avanzar unos cuantos metros podía convertirse en toda una hazaña.
Después aparecían los juegos cantados: “Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan”, “Juguemos en el bosque mientras el lobo no está”, “Que pase el rey que ha de pasar” y “De La Habana viene un barco”, entre tantos otros que seguramente quedaron por fuera de esta lista y que cada lector podrá agregar desde su propia memoria.
Porque esa es precisamente la riqueza de aquellos juegos: cada persona guarda su propio álbum de recuerdos.
Tal vez alguien recuerde una calle de tierra, otro un parque, otro el patio de la escuela y otro aquel solar donde, al caer la tarde, se reunía toda la muchachada.
No había celulares, tabletas ni videojuegos. No teníamos internet para comunicarnos con el mundo, pero teníamos algo que hoy parece mucho más difícil de encontrar: la posibilidad de encontrarnos cara a cara con nuestros amigos y jugar durante horas.
Quizás por eso aquella generación conserva recuerdos tan vivos de su infancia.
No se trata de decir que todo tiempo pasado fue mejor. Cada época tiene sus avances y sus propias formas de entretenimiento. Se trata, simplemente, de reconocer que en aquellos juegos había valores que merecen ser preservados.
Porque detrás del trompo, las canicas, la cometa, la cuerda, la rayuela o la pelota había mucho más que diversión.
Había amistad.
Había imaginación.
Había ejercicio.
Había creatividad.
Había convivencia.
Y había una pequeña escuela de ciudadanía.
Hoy muchos de esos juegos están en peligro de extinción. Algunos ya viven solamente en las fotografías, en los relatos de los abuelos y en la memoria de quienes los practicaron.
Por eso recuperarlos no significa regresar al pasado. Significa rescatar una parte de nuestra memoria cultural y transmitirla a las nuevas generaciones.
Quizás todavía estemos a tiempo de enseñarles a nuestros niños que para jugar no siempre se necesita comprar algo.
A veces basta una cuerda, una pelota, unas canicas, una hoja de papel, una tapa, una llanta vieja o simplemente un grupo de amigos.
Y, sobre todo, basta con tener imaginación.
Aquel amigo tenía razón cuando me hizo la pregunta.
Hoy, después de recordar tantos juegos y tantas aventuras de nuestra infancia, puedo responderle con mayor convicción:
Sí, valió la pena haber vivido aquella época. Y tal vez el verdadero desafío sea conseguir que algunas de aquellas formas sencillas de jugar no desaparezcan con nosotros.













