Por: Fabián Gómez Caro.
En política hay victorias que cuestan más que una derrota. Hay días en que ganar es la forma más rápida de empezar a perder.
La elección del nuevo presidente del Senado dejó una imagen que hace apenas unos años habría parecido imposible: los votos del Pacto Histórico contribuyendo a elegir a un senador del Centro Democrático. Más allá del cálculo parlamentario, la escena tiene un peso político enorme. No porque el Congreso no deba construir acuerdos —esa es la esencia de la democracia—, sino porque ese acuerdo golpea un activo estratégico que llevó al petrismo al poder: la aparente coherencia entre lo que decía y lo que hacía.
La coherencia no es un atributo secundario del liderazgo. Es su principal fuente de legitimidad. Un líder puede equivocarse; lo que difícilmente le perdonan sus seguidores es actuar en sentido contrario al relato que les pidió defender.
Durante más de una década, el uribismo fue presentado por la izquierda como la representación de todo aquello que debía ser derrotado. No era simplemente un adversario electoral; era el símbolo de un modelo político que el Pacto Histórico prometió reemplazar. Sobre esa confrontación construyó identidad, movilizó electores y levantó una superioridad moral frente a sus contradictores.
Por eso la pregunta clave no es por qué se hizo este acuerdo politico. La pregunta que planteo es otra: ¿Qué queda del discurso cuando quienes fueron presentados como el mayor obstáculo para el cambio terminan recibiendo los votos del propio cambio?
La política necesita acuerdos. Pero los liderazgos necesitan coherencia. Cuando ambos principios chocan, el costo suele recaer sobre quien edificó su legitimidad alrededor de la pureza de su discurso.
Y esta no es una contradicción aislada.
El Gobierno Petro llegó prometiendo una nueva forma de hacer política. Sin embargo, su gobierno estuvo marcado por episodios que han tensionado ese relato: el escándalo alrededor de Nicolás Petro; la crisis política derivada de las revelaciones que involucraron a Armando Benedetti y Laura Sarabia; las controversias sobre la financiación de la campaña; las alianzas con sectores de la política tradicional; y las permanentes disputas internas que terminaron desplazando el discurso del cambio hacia la administración de sus propias crisis.
Cada uno de esos episodios, por separado, puede tener explicaciones políticas o jurídicas. Pero juntos construyen algo más poderoso que cualquier expediente: una percepción.
Y en política, la percepción suele derrotar a la explicación.
La elección del presidente del Senado no creó esa percepción; simplemente la hizo imposible de ocultar.
Paradójicamente, quien sale fortalecido es el Centro Democrático. Durante años fue retratado como el adversario irreconciliable. Hoy puede decir que incluso quienes hicieron de su oposición una bandera terminaron respaldando a uno de sus dirigentes.
La ironía política es evidente: el petrismo ganó una votación y perdió parte de su relato. Porque los gobiernos sobreviven a derrotas legislativas. Los partidos sobreviven a derrotas electorales. Lo que pocos movimientos sobreviven es a la pérdida de aquello que los hizo diferentes.
La historia demuestra que los electores suelen perdonar los errores. Lo que difícilmente perdonan es la incoherencia.
La coherencia política no consiste en negarse a dialogar con el adversario. Consiste en explicar con honestidad por qué una decisión excepcional no destruye los principios que durante años sirvieron para conquistar el poder.
Cuando esa explicación no aparece, el vacío lo llena la sospecha. Y cuando la sospecha reemplaza a la coherencia, la verdadera derrota ya ocurrió.
El nuevo presidente del Senado ganó la elección, el Gobierno obtuvo una ventaja táctica. Pero la mayor derrota de esa jornada no estuvo en las urnas del Congreso. Estuvo en el espejo del propio Pacto Histórico, obligado a contemplar la distancia cada vez más amplia entre el discurso con el que llegó al poder y las decisiones con las que intenta conservarlo.
La mayor indignación no proviene del acuerdo de congresistas en sí, sino de la obstinación con la que algunos dirigentes pretenden venderlo como si nada hubiera cambiado. Siguen repitiendo, con la misma vehemencia de siempre, un discurso de superioridad moral que cada vez encuentra menos respaldo en sus propias decisiones. La incoherencia no solo erosiona la credibilidad; también ofende la inteligencia de quienes confiaron en ese proyecto político. Porque cuando un liderazgo exige principios para llegar al poder y luego pide pragmatismo para conservarlo, deja de convencer y empieza a parecerse a aquello que durante años aseguró combatir.
Julio de 2026.













