Por: Andrés Felipe Ortega – Estudiante Desarrollo Familiar y Ciencias Sociales.
Esta columna la escribo trayendo a colación el proyecto Mi Nombre No Es, dado que su productora Tatiana Zapata, me invitaba a participar de este, junto con la fotógrafa Laura Noviteño, están construyendo un nuevo capítulo para visibilizar las personas víctimas de violencia de género de esta ciudad, de manera prematura y haciendo un recuento respondí que afortunadamente no había presentado estas situaciones, lo anterior, quizás por mi condición de hombre cisgénero y esto disminuía según yo, el riesgo de presentar estas situaciones.
Por supuesto que esto iba a cambiar, cada año se conmemora la marcha de orgullo en Colombia, una movilización que concibo y vivo como escenario de arte, incidencia política y pedagogía social, aunque ví de manera creciente y alarmante en las redes sociales publicaciones y narrativas desbordantes de odio hacia este sector poblacional en la ciudad de Manizales, una ciudad que consideraba no solo de puertas abiertas sino promotora de respeto y diversidad, no obstante, entiendo que el malestar siempre ha estado subyacente pero se revive gracias a la narrativa de un gobierno electo que difundió el odio hacia este sector, posiblemente este rechazo irracional se siente legitimado, por un presidente animal o como se autodenomina, “el tigre”.
Entiendo que las democracias suelen medirse por la frecuencia de sus elecciones, pero deberían juzgarse, sobre todo, por la manera en que protegen a quienes piensan, viven o aman diferente. En tiempos de polarización resulta tentador creer que quien vota distinto merece perder derechos o quedar excluido del debate público. Sin embargo, como recuerda Manuel Velandia, fundador del Movimiento de Liberación Homosexual de Colombia, la democracia no consiste en obligar al otro/a a pensar como nosotras/es/os, sino en reconocer que incluso el desacuerdo tiene un lugar legítimo dentro de la vida democrática.
Esa idea cobra mayor importancia cuando se habla de derechos humanos, ninguna mayoría, por amplia que sea, debería decidir si un sector poblacional merece igualdad ante la ley. La historia demuestra que los derechos nunca han sido un regalo de los gobiernos, sino el resultado de luchas sociales persistentes. Las personas sexualmente diversas en Colombia pasaron de la clandestinidad y la persecución a convertirse en sujetas/os de derechos, pero ese camino no fue inevitable ni está definitivamente asegurado.
Quizá la advertencia más inquietante sea que buena parte de esos avances no están respaldados por leyes, sino por decisiones de la Corte Constitucional. Esto significa que muchos derechos dependen de interpretaciones jurídicas que pueden modificarse con el paso del tiempo. Creer que las conquistas son irreversibles es desconocer que la historia también registra retrocesos cuando cambian los gobiernos, las instituciones o las mayorías políticas.
Necesitamos personas con vehemencia y carácter que hagan apología dura y pura ante un escenario presente y futuro de persecución a las personas que somos sexualmente diversas y que al momento de rechazar un discurso de odio, en corporaciones o auditorios, su defensa sea enfática y no emplee tibias y permisivas respuestas ante requerimientos de organizaciones y veedurías ciudadanas que exigen acciones a favor de sus electores.
Manifestar que los discursos de odio “…corresponden apreciaciones y valoraciones personales relacionadas con preocupaciones sobre enfoques pedagógicos…”, es una respuesta ambigua y minúscula ante la gravedad del asunto y aún más cuando se reclama a quien ha dado una respuesta formal en un derecho de petición interpuesto por el bloque transfeministas de Manizales y la veeduría de asuntos de género de Manizales y ha quienes cuestionan a través de la redes sociales y como mecanismo de respuesta recurre mediante mensajes directos en redes sociales de ciudadanos/as que le reclaman, indicando: “Ya entiendo tu odio hacia a mí, quieres lograr cosas o metas que yo con mucho esfuerzo he construido, te invito a que nos veamos en las elecciones y demuestres con votos que me puedes ganar. El problema es que se te nota tu odio hacia mí y yo ni te conozco”, respuesta dada por un concejal de la corporación de Manizales.
Señor cabildante, mi ejercicio crítico y ciudadano no está por una curul, tengo la convicción de defender en lo que creo y promover el amor por encima del odio, los derechos humanos son innegociables y debe trascender toda percepción, opinión o concepción. Su función debe ser coherente con sus electores y les debe a ellos su transparencia y quehacer como funcionario público.
Finalizó, bajo esta premisa, una democracia madura no es aquella donde todos piensan igual, sino aquella donde ninguna persona teme perder su dignidad o su ciudadanía por ser diferente. Los derechos humanos no pueden depender de quién gane las elecciones; de lo contrario, dejarían de ser derechos para convertirse en simples concesiones del poder.
Julio de 2026.












