Por: Daniel Moreno Verhagen – Abogado, especialista en Gobernanza y Desarrollo Territorial.
Este diciembre comenzó con una imagen que dio la vuelta al mundo: la silla vacía de María Corina Machado en la ceremonia del Nobel de la Paz. Su ausencia —más elocuente que cualquier discurso— se convirtió en un signo global. Su aparición no fue solo el triunfo personal de una mujer perseguida; fue un recordatorio para toda América Latina de que la dignidad todavía puede ser un acto político capaz de sostener la esperanza de un país entero.
Mientras esa escena se desarrollaba en Noruega, en Colombia diciembre nos envuelve en su ritmo particular. Entre novenas, reencuentros familiares y conversaciones propias de esta época, el país respira distinto. Aparecen las nostalgias por quienes ya no están, el peso de lo que no logramos y la pregunta inevitable por lo que vendrá. Y, en medio de esa mezcla de luz y silencio, la historia nos susurra algo esencial: If you want new ideas, read old books. Si queremos entender el futuro político, estudiemos la historia y el pasado.
Y ese futuro ya comenzó a tocar la puerta. En 2026 elegiremos Congreso y Presidente, y aunque la campaña aún no arranca oficialmente, se siente en los buses, en los barrios, en los chats familiares y en cada cafetería donde los colombianos discuten el país que imaginan. ¿Seguirá la izquierda? ¿Regresará la derecha? ¿Habrá un centro viable? ¿Volverá la polarización a dividirlo todo? ¿Podremos recuperar una paz que se ha escapado por generaciones?
Nada de esto es completamente nuevo. Colombia avanza en ciclos: cambian los discursos, cambian los colores, cambian los nombres, pero las preguntas profundas regresan una y otra vez. Seguridad, instituciones, justicia, libertad, equidad: los dilemas de siempre, que vuelven con nuevas voces pero con la misma urgencia.
Y es justamente ahí donde lo ocurrido con María Corina Machado ilumina algo más grande que la política venezolana. Su Nobel no es un premio aislado: es un mensaje. Ella encarna la resistencia democrática en una región donde las instituciones pueden desgastarse sin que nos demos cuenta, donde la apatía abre la puerta al abuso de poder y donde las libertades, cuando no se cuidan, se evaporan poco a poco. Para Venezuela, representa la persistencia; para el mundo, una voz moral en tiempos de ambigüedad; para la paz, la prueba de que la no violencia puede desafiar incluso a los regímenes más cerrados.
En algún nivel, su historia dialoga con la nuestra. Con nuestras heridas, con nuestras dudas sobre quién debe liderar, con la sensación de que el país siempre está en un punto de quiebre. Y, al mismo tiempo, nos recuerda algo valioso: ningún país se reconstruye desde la rabia; sino desde la ciudadanía, los liderazgos éticos y la conversación democrática.
Este mes nos permite ver con perspectiva lo que el ruido del año no deja ver. Nos deja reconocer que el país que seremos en 2026 no surgirá de un salto improvisado, sino de un proceso continuo: de lo que hemos aprendido, de nuestras decisiones, de lo que hemos evitado enfrentar y de lo que aún nos da miedo mirar de frente.
Y también, porque diciembre es la oportunidad de lo esencial: volver a abrazarnos, agradecer, pedir perdón, reconocer nuestra fragilidad y recordar que nadie se lleva nada. Solo dejamos legado. Un legado que puede unir en vez de dividir, tender puentes en vez de fronteras, fortalecer en vez de desgastar nuestra democracia y sociedad.
Que este diciembre, entre natillas, buñuelos, velitas y memorias que duelen y fortalecen, podamos mirar el país con menos miedo y con una perspectiva más amplia de esperanza. Y que sigamos trabajando unidos —desde cualquier sector— para sacar adelante lo que más queremos, nuestra gente.
Manizales, diciembre 12 de 2025.












