Por: Por: Mario Arias Gómez.
“PIPE” Córdoba Larrarte inauguró su sede política como quien enciende un faro en mitad de la bruma nacional. Un estallido de esperanza y determinación que rompe la grisura del momento. Enhorabuena.
“Qué obstinación”, dirán los petristas, de este escriba empeñado en retratar la deprimente y oscura hora de los enanos encarnada por la putrefacta zarandaja que malgobierna a Colombia; cuyos inagotables abusos, arbitrariedades y malos manejos socavan la institucionalidad y la gobernanza. A ello se suma el complaciente coqueteo con el narcoterrorismo, prevaricadora, soterradamente fortalecido y blindado con el nombramiento de sus cabecillas como “gestores de paz”: desafiante, provocador y temerario subterfugio que conllevó esquivar su extradición, desatando santa ira del Imperio.
Despropósito respondido con el retiro de la visa americana; la inclusión en la lista Clinton y el inequívoco señalamiento como líder del narcotráfico, igualado con el horripilante Nicolás Maduro, antesala de lo que le sobrevendrá a estas facinerosas lacras humanas -prescindibles y fungibles-: el degradante overol anaranjado de presidiarios con el que aparecieron virtualmente luciendo en una carpeta filtrada por la Casa Blanca.
Petro inició su vida pública entre rejas y, al parecer, entre estas terminará, pese a la fanfarronada -plagiada a su admirado patrón del mal, Pablo Escobar: “Prefiero morir en una esquina luchando antes que en una cárcel extranjera”. Frase para la exportación que no conmovió a nadie.
Traspiés del asfixiante, caprichoso, farragoso, incoherente y pestilente proyecto político sin doctrina, sin rumbo, sin virtuoso propósito: mera pantalla legitimadora de los múltiples atropellos, tropelías y desmanes padecidas por los colombianos; farsa que el enmascarado, irascible parlanchín pretende reelegir coaligado con la insaciable y primitiva horda de pirañas que lo rodean; retaguardia sin freno ni ley ni control. Más claro, agua.
Petro, enrarecido, mediático ególatra que se cree la última Coca-Cola del desierto, juega a ser referente global, quien pontifica sobre lo divino y lo humano; mesías llamado a salvar el planeta, se vende como la máxima autoridad ambiental. Pigmeo percibido como un errático hazmerreír con delirios, ínfulas de grandeza; iluminado que piensa concentra los reflectores del mundo, recoge las miradas de la encandilada comunidad internacional que lo califica -monolíticamente- de desquiciado, vanidoso payaso. Aureola con la que se abanica a sí mismo.
Las orejas del perfilado monstruo reaparecieron con motivo del 40. aniversario del asalto al Palacio de Justicia, atroz hecho perpetrado por el M-19 que dejó una profunda, imborrable cicatriz en la República, insólitamente calificado por Petro como una “genialidad”, prueba de su extravío moral y mental sin parangón; romantización de un crimen repudiado unánimemente por la opinión de bien, lo mismo respecto al desafiante flameo de la bandera del M-19 que hace en los actos públicos en sustitución del tricolor patrio.
Traición a la patria de un sinuoso Gobierno sin brújula, asumido como botín en beneficio de sus corifeos, secuaces y tránsfugas reclutados, comprados en los partidos tradicionales, del Verde aportante de los peores corruptos empotrados en la UNGRD-; también de los oportunistas como Roy y Benedetti; de los narcoterroristas aliados excarcelados del reclusorio de Itagüí para que ‘adornaran’ sin rubor el show de la Alpujarra, junto al prontuariado exalcalde Daniel Quintero.
El antropólogo Carlos Granés definió con la precisión de un reloj suizo, al halcón que me ocupa: “No hay nada más impredecible que un hombre con poder que dice aburrirse en su castillo”. mezcla paradójica de megalomanía providencialista e incompetencia ejecutiva, quien calculadamente confunde vicio con virtud, fantasías con realidades, razón del desprecio al Congreso, donde pretende erigirse en intérprete único del pueblo.
Termino con el operativo contra la narcoguerrilla en el Guaviare, del que se inquiere sobre su legalidad lo que trae a mi memoria el célebre soliloquio de Hamlet: “Ser o no ser, esa es la cuestión” que el tiempo simplificó: “He ahí la cuestión” citada en un trino por el entrañable amigo Omar Yepes, asunto que debe examinarse a la luz del Derecho Internacional Humanitario (DIH), lejos del derecho penal interno.
¿Era un objetivo militar legítimo? ¿Se respetaron los principios de distinción, proporcionalidad y precaución? Respondo afirmativamente sin ambages ni titubeos, con la claridad rotunda de lo irrebatible. No hay duda del inmemorial, atávico conflicto armado que azota a Colombia ejercitada por grupos organizados con mando responsable y participación continua en hostilidades.
Los menores reclutados, víctimas forzadas – “de malas” diría la vicepresidenta Francia Márquez- combatían en ese momento, sin que cambie la calificación jurídica. Reclutar, entrenar o usar menores es un crimen gravísimo en el derecho interno (arts. 162 y 162A) y en el D. internacional (Estatuto de Roma, art. 8.2.e.vii). Mientras participen directamente, cumplan funciones militares o integren un campamento operativo, son objetivos de combate, cuya responsabilidad exclusiva corresponde al grupo armado que los instrumentaliza. Igual, el uso de civiles o menores como escudos humanos constituye grave violación al DIH; crimen de guerra que no convierte el objetivo en intocable ni transfiere responsabilidad alguna al Estado que actúa con proporcionalidad y verificación adecuada.
El país se deshace hoy en la incertidumbre, debido a las torcidas manos -teñidas de sangre- de alias “Aureliano” -el inefable Tartufo-, lo cual demanda restablecer sin titubeos el orden, la institucionalidad mediante lo que en la jerga militar llama con brutal claridad: echar chumbimba legítimamente a diestra y siniestra.
Manera -única- de preservar la República.
Bogotá, D. C., 22 de noviembre de 2025.
http://articulosmarioariasgomez.blogspot.com.co/30













