Por: Mario Arias Gómez.
Resignadamente se dice que la justicia tarda pero llega, aunque justicia tardía NO es justicia, axioma que junto a la venalidad, alejan que la verdad resplandezca, que la ley se cumpla. Al respecto, se le atribuye a Seneca -el mítico filósofo, político y pensador romano- la frase: “Nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía”, máxima que sigue teniendo una inusitada, rabiosa vigencia, máxime cuando la justicia ha sido la gran olvidada, la cenicienta -presupuestalmente hablando- en todos los gobiernos.
Prisma tras del cual barrunto este juicio sobre el mediático proceso contra Álvaro Uribe (73 años), sobre el que se vienen derramado torrentes de tinta -y los que faltan-, sumario iniciado (2012) hace 13 años ante la CSJ, tardanza (endémica) resultas del cúmulo de fraguados, interminables recursos impetrados por el gravoso equipo de raposas jurídicas, jugadas con la prescripción; inescrupulosa trama que acumuló 70 audiencias, difundidas en los últimos cinco meses en vivo y en directo; causa entablada por el entonces senador Uribe contra su colega Iván Cepeda, acusado de andar en búsqueda en las cárceles de acusetas de Uribe de tener nexos con los paramilitares, de patrocinar grupos ídem de ultraderecha adversarios de las guerrillas.
Incriminación que ¡oh sorpresa! dio un inesperado giro cuando el alto tribunal luego de sopesar las truculentas maniobras reencausó la investigación que, cual bumerang, cobijó al denunciante, al encontrar los intentos de la defensa porque los asediados cambiaran sus versiones. Estrategia que arrancó con la renuncia (2020) a su curul (de Uribe), por ende a la condición de aforado, cuyo propósito fue que la investigación pasara ipso facto a la justicia ordinaria, tras un investigador sastre -tipo Francisco Barbosa que cumplió al sumarse a la defensa-, expediente que recayó -por reparto- al juzgado 44 de Circuito de Bogotá a cargo de Sandra Heredia, valiente juez con una dilatada, encomiable trayectoria sin mácula, escalada por mérito propio, peldaño a peldaño, sin premeditados acomodamientos, atajos.
Tarea cumplida, luego de resistir la jueza una avalancha de presiones que buscaron se hiciera la de la vista gorda frente al intento -de parte interesada- de persuadir a los abordados para que se desdijeran, a efecto de impedir -a como diera lugar- el llamado a ‘juicio del siglo’ que culminó el pasado 28 de julio con el rehuido: CULPABLE de ‘fraude procesal y soborno en actuación penal”, dos de los tres delitos por los que fue investigado el dirigente más influyente, determinante, omnipotente y omnipresente de las últimas décadas en Colombia; baldón que por primera vez exhibe un expresidente. Absuelto por ‘soborno simple’.
Fallo emitido a conciencia, en derecho, en el marco de la autonomía, imparcialidad, independencia; libre de ataduras, de interferencias políticas e ideológicas, en que expuso: “No es designio de la providencia, mandato de Dios o alineación de los planetas que al tiempo todos los protagonistas se abocaran hacia una misma causa, menos que una persona privada de la libertad con las evidentes limitaciones que ostenta para comunicarse lograra movilizar a casi una decena de personas para obtener su proceso reivindicatorio”. “Álvaro Uribe sí conocía el plan que se maquinaba”. “Su intervención no fue accidental”. “El soborno ha quedado acreditado«. “Lo decidido no fue un juicio político sino jurídico”; “el derecho no puede temblar sobre el ruido y la justicia no se arrodilla ante el poder”.
Veredicto que catapultó a la jueza, reiteró de que nadie está por encima de la ley por importante que sea, de que la ideología no cuenta más que los hechos, lo cual atizó la polarización, generó crispados, enardecidos gritos de desahogo en pro y en contra, entre compinches y adversarios: «Uribe inocente«; «Uribe paraco«, ambiente que continuará hasta tanto la sala de decisión del Tribunal Superior de Bogotá resuelva en segunda instancia la apelación.
La jueza condenó al imputado -en primera instancia- a 12 años de privación de la libertad en detención domiciliaria (inmediata), multa equivalente a 2.420 salarios mínimos (equivalentes a 3.444.870.000 pesos colombianos) e inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones públicas, como sanción principal, de 100 meses y 20 días (más de ocho años).
Sin haber terminado la lectura del fallo, Marco Rubio, secretario de Estado del imperio profirió -fuera de juicio- desde un pedestal de superioridad, un altisonante, humillante, injerencista mensaje, que tachó de «instrumentalizado» por «jueces radicales”, “sentando un precedente preocupante”. «El único delito del expresidente Uribe ha sido luchar incansablemente y defender su patria«, remató. Afrenta que estigmatizó al poder judicial, al pretender dictarle cartilla; pisoteó la división de poderes; irrespetó la soberanía, trató al país como una republiqueta bananera, manipulable; oprobio insoslayable que los colombianos replicarán con una férrea defensa de los jueces, ante la arremetida -sin sustento- del arrogante, intrusivo jefe de la diplomacia gringa, no sin recordarle: ¡COLOMBIA NO ES NI SERÁ COLONIA DE NADIE!
Dislate fruto -qué duda cabe- de la bien ganada malquerencia manifiesta del peliteñido Emperador del Mundo, por el locuaz, detestable, esquizofrénico, pertinaz, provocador, testarudo, vicioso Gustavo Petro, quien deslumbrado por el mendrugo de poder arrebatado traidoramente, lo ha utilizado para hostilizar, maltratar, ofender a todo el que no le bata el incensario, se pliegue a sus designios; caso de quien gobernó (2002-2010) al amado terruño bajo el lema: “Mano firme, corazón grande”, a quien ha perseguido políticamente, en función de sus intereses ideológicos y políticos, de su inocultable deseo de venganza.
A lo anterior, Uribe -distinto y distante- no ceja en alegar su inocencia, en declararse acosado, hostigado por la cobarde, corrupta, criminal, horrorosa cáfila de áulicos petristas, a los que sin miedo ni tapujos, reta, replica, les enrostra su perversa intención de perennizar la larvada dictadura, invita a combatirla con ideas, a derrotarla en las urnas.
Para terminar, reproduzco el fraterno mensaje de la exaltada dirigente Keiko Sofía Fujimori Higuchi (1975), líder del partido Fuerza Popular del Perú: “Presidente Uribe no está solo.
Desde el Perú me solidarizo con usted ante la injusta medida que intenta dañar su imagen y honor como también el de millones de sus seguidores, que traspasa fronteras, los que creemos en su legado, lo adoptamos y lo sabemos reconocido en el mundo entero”.
¡SALUD!
Bogotá, D. C., 2 de agosto de 2025
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