Opinion

EL PODER DE LA PALABRA…

Juan Diego Sierra Rave

Por: Juan Diego Sierra Rave – Enlace departamental de juventud.

El pasado 20 de julio, Día de la Independencia, no solo se celebró una efeméride patria, sino que se libró una de las batallas más simbólicas del poder contemporáneo. Mientras el presidente Gustavo Petro hablaba durante dos horas y treinta minutos ante el Congreso en pleno, fue un discurso de apenas quince minutos el que terminó robándose los titulares, los aplausos y las miradas: el de la representante Lina Garrido, del departamento de Arauca. Quien por lo que me cuentan, la llamaron los jefes naturales del centro democratico y cambio radical a felicitarla casi que de inmediato.

Garrido, quien fue elegida en la Cámara de Representantes pero ya es saludada como “senadora” en pasillos y redes sociales, pronunció un discurso que no pasó desapercibido. El suyo fue un discurso populista, sin duda, pero también hábil. Jugó con los tiempos, con las emociones, con el hartazgo. Criticó duramente al Gobierno que ayudó a elegir. Afirmó, sin ambages, que se arrepiente de haber votado por Gustavo Petro. Habló de corrupción, de promesas incumplidas y de un país sin obras. Fue dura, elocuente y emocional. Y eso, precisamente, fue lo que movió a las masas.

“El país huele a podrido”, dijo. “La paz total fracasó”. Frases diseñadas para impactar más que para argumentar. Garrido no sustentó sus afirmaciones con datos ni cifras verificables, pero eso poco importó. En la política actual, la fuerza del mensaje emocional suele imponerse sobre la racionalidad técnica.

Y sin embargo, hay algo que no puede ignorarse: el discurso presidencial fue largo, sí, pero no vacío. Hilado con coherencia, Petro intentó exponer su visión, sus logros y su hoja de ruta para lo que queda de gobierno. Pero sus palabras, pronunciadas desde la jefatura del Estado, fueron opacadas por una representante que entendió que en el escenario político actual lo que prima no es tanto el contenido como la contundencia.

¿Es justo el juicio que hace Lina Garrido? Tal vez no. El país que hoy cuestiona no nació con este gobierno. Colombia ha cargado con la violencia, la desigualdad y la corrupción por décadas. Petro no ha logrado solucionarlas —eso es evidente—, pero tampoco se le puede atribuir en exclusiva la responsabilidad de un modelo que lo antecede. Recordar quiénes han estado en el poder antes no es excusa, pero sí contexto.

A Garrido, como a muchos políticos emergentes, se le premia más por decir lo que la gente quiere oír que por ofrecer soluciones estructurales. La oposición, cuando se acompaña de la indignación popular y el respaldo mediático, siempre tiene la ventaja. Y, sin embargo, no deja de ser paradójico que se pida “recuperar el país” sin una autocrítica clara sobre quiénes han contribuido a su deterioro.

El poder del discurso político, en tiempos de crisis, no está necesariamente en su verdad, sino en su capacidad de movilizar. Y en eso, Lina Garrido demostró que sabe jugar. El futuro dirá si esa habilidad se transforma en liderazgo o si queda como un eco más en la historia de un país que ha escuchado muchas promesas, muchos discursos y ha visto muy pocos cambios.

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