Por: Mario Arias Gómez.
Epígrafe: «O quam cito transit gloria mundi» («Oh, cuán rápido pasa la gloria del mundo«).
Retomo el sentido adiós al multifacético, apuesto Vargas Llosa, escritor por sobre todo, razón máxima de su existencia, que cual karma impregnó hasta lo más profundo de su personalidad; despedida en la referí, anteriormente, cómo en el verano del 2020 enfrentó sereno, imperturbable el diagnóstico de su penosa, silenciosa, terminal enfermedad que sobrellevó el irreversible asedio de la fantasmal dama de negro, noticia que comunicó -impasible- a sus hijos, como mejor sabía hacerlo, de forma escrita.
Huesuda que con el mortificante tic tac de la cuenta regresiva, lo rondó sin dramatismo de su parte, hasta apagar lentamente -como una vela- su gloriosa, lúcida, rutilante existencia; proceso que se mantuvo en secreto, permitiéndole planificar sin sobresaltos el final, sin cambios en su rutina, y sin cancelar ningún compromiso, a pesar de que empezaron los murmullos sobre su estado de salud, luego del sorpresivo internamiento -abril de 2022- en una clínica de Madrid, aduciéndose entonces que se debió a que había sido infectado por el Covid-19; alarma que se apaciguó al ser dado de alta.
Al mes siguiente -mayo- viajó rumbo Buenos Aires para la Feria del Libro (FILBA), donde, al inquirírsele sobre la vivencia con el coronavirus, respondió de manera convincente, como si leyera un capítulo de una de sus novelas de ficción: “Fue una experiencia desagradable porque comencé a sentir mucho frío en las piernas y, de pronto, comencé a perder la respiración, a ahogarme, a respirar con mucha dificultad. Fue una experiencia de solo 24 horas, pero muy angustiante. Recuerdo como una liberación cuando me colocaron el oxígeno«.
Seis meses después (noviembre) fue confirmado que ocuparía el escaño 18 de la Academia Francesa de la Lengua que le correspondió hasta su muerte en 2019, al filósofo e historiador Michel Serres; nominación causante de gran revuelo, al pasar por alto, dos de sus pétreas normas: Admitirlo sin haber escrito en francés, además, consagrarlo al sobrepasar la edad tope -75 años-. Tenía entonces 85.
Si bien los tratamientos no lo curaron, sí prolongaron unos pocos años más su productiva vida. La muerte se convirtió en un tema recurrente que miró de frente -sin amilanarse-; varias veces se refirió sin tapujos a la dama de la guadaña que lo asediaba, sin el más leve asomo o dejo de congoja. Transcribo:
“A mí la muerte no me angustia. La vida tiene eso de maravilloso: si viviéramos para siempre sería enormemente aburrida, mecánica. Si fuéramos eternos sería algo espantoso. ..la vida es tan maravillosa precisamente porque tiene un fin”. “Lo importante es aprovecharla, no desperdiciar las oportunidades. …es muy importante tener una vocación y poder materializarla, aunque -desde luego- mucha gente no puede hacerlo”. “Me gustaría que me hallara escribiendo, como un accidente. Haber vivido la vida hasta el final y sobre todo no haberme muerto en vida, que es el espectáculo que me parece más triste para un ser humano”. “Aunque tampoco soy un obseso de cuidarme a la hora de comer o dormir. Hago una hora de ejercicio antes de comenzar a trabajar”.
Su última aparición pública fue el 9 de febrero de 2023, al ingresar a la Academia Francesa de la Lengua -fundada en 1635 por el cardenal Richelieu-; en marzo del 2024 se repitió el rumor de su gravedad, desmentida por su primogénito hijo Álvaro: “La información es falsa. Mi padre no está, ni ha estado hospitalizado, disfruta de unas vacaciones en su residencia en Perú”.
En noviembre/2023 lanzó su última novela ‘Le dedico mi silencio’, acto en que reveló: “Me gustaría ahora escribir un ensayo sobre Sartre que fue mi maestro de joven. Será lo último que escriba”. Está por verse si lo hizo. Hasta el final estuvo en lo suyo: escribiendo. Su convincente, incisiva, prolija prosa -sin concesiones-, que encadena, envuelve al lector, habitó en cada paradoja, en cada boutade, espejo que fue de su personalidad.
“Ser inmortal -insistió- me parecería aburridísimo. Mañana, pasado, el infinito… No, es preferible morirse. Lo más tarde posible, pero morirse”. “Lo que yo detesto es el deterioro. Las ruinas humanas. Es algo terrible, lo peor que podría pasarme. Por ejemplo, ahora tengo problemas de memoria que la tuve siempre muy lúcida. Noto cómo se ha empobrecido”.
Para cerrar el telón, clausuró en diciembre de 2024 la columna ‘Piedra de Toque’ que escribió por tres décadas en El País de España. Regresó a Lima donde comenzó su extraordinaria, sorprendente, inmortal ventura. Desandó calladamente los ambientes que entornaron sus icónicas novelas, entre ellos, el Colegio Militar Leoncio Prado en el antiguo barrio rojo, telón de fondo de la primera novela: ‘La ciudad y los perros’; el Bar la Catedral -en ruinas-; la cárcel de San Juan de Lurigancho, atada a la ‘Historia de Mayta’.
Preguntado cómo quería que lo recordaran, respondió: “como escritor, aunque uno no sabe en qué forma será recordado, si es que va a serlo”. Altivamente añadió, citando involuntariamente a Edith Piaf, lo que podría ser su epitafio: “Non, je ne regrette rien” (“No, no me arrepiento de nada”).
Son innumerables los admiradores de la portentosa obra del Nobel que increparon su ardiente, firme posición ideológica y política, en defensa de las libertades democráticas; debate que nunca rehuyó, luego de romper con la revolución cubana, que provocó el alejamiento, enemistad con muchos de sus pares que intentaron infructuosamente arruinarlo -conceptual, moralmente-, así replicados: “Para un escritor el enemigo verdaderamente peligroso es la izquierda”: https://youtu.be/cfQ4XiZGE8c
Se afirma que su fallecimiento dejó en ‘shock’ a la otrora ‘reina de corazones‘ -la Presley- que por 8 años compartió techo -más no lecho- con el tocayo hasta el 2022; muerte que para la filipina no fue ninguna sorpresa, pues desde 2020 conoció el diagnóstico consumado, optando con sus hijas por el silencio, especialmente con la marquesa de Griñón, cercana al Nobel, al que llamaba ‘tío Mario’, con el que convivió en la mansión de Puerta de Hierro en Madrid.
Ante la desaparición de un grande, estila la usanza despedirlo con un panegírico, al que no alcanza esta deshilvanada nota necrológica, que intenta hacer la apología a la imperiosa, imperecedera, portentosa obra, como a su infinita capacidad literaria y la simplicidad con la describió los protagonistas de sus fascinantes fábulas e historias que cautivaron al mundo literario y que con su nombre pervivirán por siempre.
Sobran dedos de las manos para nombrar los pocos peruanos, dignos de ensalzar por sus logros -culturalmente hablando-. Vargas Llosa hace parte del selecto olimpo de inmortales de la literatura, igual su obra que le pertenece a la cultura universal. El epilogo queda -por falta de espacio- para una próxima entrega.
A la entristecida familia, orgullosa heredera del endiosado, majestuoso, perenne juglar al que no volveremos a escuchar, va nuevamente mis condolencias, quedándonos -para consuelo- su obra que permanecerá entre nosotros para siempre, como en las bibliotecas del mundo.
Bogotá, D. C., 3 de mayo de 2025.
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