En las campañas políticas es interesante observar el protagonismo ascendente de las emociones sobre las razones.
El odio, la frustración, el miedo y el entusiasmo, para no mencionar sino de algunas de esa gama variada de posibilidades emocionales que es capaz de ejercer un ser humano, sobre todo, en coyunturas tan propicias a la emocionalidad como una contienda electoral, son caminos que facilitan el progreso o el atraso según se tome el predominio de una emoción u otra.
No le faltaba razón a Martha Nussbaum, la famosa filosofa norteamericana, cuando afirmaba, en su obra Emociones Políticas, que “cada uno de los ideales políticos más importantes está apoyado por sus propias emociones particulares”.
Advirtiendo, esta misma filosofa, que la empatía, la solidaridad y hasta el sentido de pertenencia a un país o una región son emociones constructivas que bien enfocadas se pueden traducir en avances o sentido de colaboración en equipo, sin embargo, también advierte, que hay emociones corrosivas como el miedo, la envidia y la vergüenza que entorpecen ese sentido de comunidad y facilitan la manipulación por parte de voceros públicos que pescan con el enfrentamiento y la provocación.
El miedo es un gran movilizador que hace que perdamos la serenidad y tomemos caminos que posiblemente no tomaríamos en otras circunstancias. La envidia profundiza las divisiones y enfrenta comunidades o segmentos poblacionales muchas veces por décadas impidiendo el trabajo en equipo tan necesario en cualquier sociedad.
Las sociedades enfrentadas y divididas no son capaces de avanzar.
Están ocupadas peleando o viendo como se derrotan los unos a los otros. Así es muy difícil construir algo grande. Eso es claro no solo cuando se habla de Colombia sino cuando se habla de nuestro departamento, nuestro municipio y hasta nuestra propia familia.
La concordia es un elemento fundamental de cualquier convivencia humana. Discutir y ponerse de acuerdo es la dinámica para avanzar. En Colombia vivimos ahora un momento en el que debemos apelar como nunca a la serenidad, la lucidez y la inteligencia para elegir el mejor camino para el país.
No nos dejemos llevar por esos discursos de odio, enfrentamiento y frustración con el que algunos pretenden manipular a los colombianos. El futuro necesita que seamos responsables con nuestra elección.
Hace algunos años el pensador francés Dominique Moïsi publicó el libro Geopolítica de las Emociones en donde afirmaba que para analizar el progreso o atraso de los países había que dilucidar las emociones que primaban en esos países, entendiendo así sus posibilidades de futuro.
El decía que había tres emociones que primaban: el miedo, esperanza y humillación.
El miedo revela ausencia de confianza, la esperanza es una expresión de la misma y la humillación es la confianza herida de aquéllos que han perdido la esperanza en un futuro mejor. Moïsi concluía que los países en donde primaba la esperanza, como los países asiáticos, eran países que salían adelante y progresaban. Los países con miedo caían en ideologías extremas que los empujaban hacia la violencia, el rencor y el enfrentamiento.
Los invito a que no nos dejemos arrebatar la esperanza, el optimismo y las ganas de trabajar juntos para salir adelante como comunidad. Hoy tenemos la posibilidad de elegir entre la esperanza y el miedo.
Elijamos siempre la esperanza no nos dejemos meter en caminos de odio y enfrentamiento de los que no se saca nada positivo. Llenémonos de emociones positivas porque nuestro país, nuestro futuro y nuestra descendencia se lo merecen.
Es la única forma de entregarles un gran país. Eso es lo importante.
* Por: Juana Carolina Londoño – Abogada especialista en derecho comercial y legislación financiera y gerencia de entidades territoriales. Trabajó como asesora jurídica del Instituto de Seguros Sociales, Central de Inversiones S. A., concejal de Manizales, representante a la Cámara, presidente de Fiducoldex y actualmente empresaria: Londoño Asociados.













