Opinion

¿Es un logro el aumento del salario mínimo?

Hace unos días salió Iván Duque victorioso y lleno de orgullo a anunciar el incremento “histórico” del salario mínimo, que corresponde a un 10,07 %. La cifra quedó en $ 1.000.000, más el auxilio de transporte que será de $ 117.172. Pero este tema hay que analizarlo con pinzas, porque desde hace años lo que muchos expertos han recomendado es que la discusión del salario mínimo no se trata de un incremento sino de un ajuste para mantener la capacidad adquisitiva, lo que tiene relación con la inflación, es decir, con el Índice de Precios al Consumidor (IPC), que mientras más alta sea, más bajo es el poder adquisitivo en una economía inflacionaria como la nuestra.

La economía para dummies nos arroja que la regla de oro para definir el aumento salarial, es la productividad del país y la inflación, sin embargo, varios economistas han sugerido que se le deberían agregar otras variables, tales como el desempleo y la informalidad.

Parémosle bola a estas cifras, según el Ministerio del Trabajo, en Colombia el 58,1% de las personas que tienen empleo ganan un salario mínimo o menos, y son quienes representan la población más afectada en cuanto al bolsillo, teniendo presente por ejemplo que, el precio de la carne, la leche, el pan y los huevos presentaron incrementos de casi el 50%, imagínense como estamos de finanzas. Al analizar el salario mensual en Colombia, se puede notar que está entre los más bajos de Latinoamerica y aún, hay políticos que afirman que, este salario alcanza para cubrir las necesidades básicas de la canasta familiar, vivienda y educación, y mantener una vida digna, o sea, ni tenemos derecho al ocio y al entretenimiento.

Lean bien, los hogares colombianos gastan en promedio $336.973 para pagar arriendo o la casa, en alimentación $153.262 y en transporte $128.903, estas cifras son calculadas de manera inequitativa, pero nos sirven de ejemplo para esclarecer la precariedad de nuestros ingresos; al sumar estos tres gastos, el resultado es $619.138, más de la mitad del salario mínimo de $1.014.980, sin contar la educación de los y las hijas, el ocio, los implementos de aseo entre otras cosas, entonces, aquí es donde decimos indignados que EN ESTE PAÍS NO SE VIVE, SE SOBREVIVE. Y para que se acaben de enojar según el DANE, el 21% de los hogares tiene un ingreso total inferior al salario mínimo mensual, entonces, si aterrizamos las cifras a los trabajadores resulta que este aumento no alcanza a cubrir lo que muchos pagamos por bienes y servicios y estamos lejos de que este salario contribuya a la calidad de vida o nuestras aspiraciones.

Es necesario entonces que el salario mínimo suba más que la inflación (así el peso esté devaluado) para que haya una mejora en el poder adquisitivo o la capacidad de compra, pero solo 11% de los habitantes en este país se ganan entre 1 y 1,1 salarios mínimos mensuales. Es decir, que este aumento beneficia a pocas personas y deja por fuera a la gente que vive del rebusque, del día a día, de la informalidad, esa gente que no cotiza porque para hacerlo se debe tener un ingreso fijo mensual de al menos un salario mínimo y la gran mayoría ni siquiera lo alcanza, muchas de estas personas ni siquiera están en el régimen subsidiado de salud, y mucho menos están ahorrando para su vejez y entonces no van a tener pensión, lo que seguramente los hará más pobres y vulnerables cuando ya no puedan trabajar más.

Ante esta cruel realidad, muchos expertos proponen flexibilizar nuestro régimen laboral, para que en especial los informales puedan cotizar a seguridad social ya sea por lo que ganen al día, a la hora, o a la semana.

Pero esto no es todo, el gobierno nacional nos vende una cortina de humo con su victorioso aumento, pero no aclara que este aumento del mínimo puede subir unos puntos de inflación al año siguiente, es decir, que estas decisiones son populistas, mediáticas y alejadas de la racionalidad con que deben tomarse las decisiones que afectan nuestros bolsillos.

Entonces, seguimos eligiendo líderes incapaces de leer, interpretar la realidad de nuestro país y que se ufanan de tomar decisiones que nos benefician, cuando las mismas, representan todo lo contrario.

* Por: Juanita Espeleta – Socióloga con trayectoria en trabajo comunitario, social y cultural en comunidades en condición de vulnerabilidad.

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