Por: Diego López – Activista comunidad Lgtbiq+.
Hoy quiero hacer una reflexión desde la conciencia, desde mis convicciones y, sobre todo, desde el amor que siento por mi país.
En su momento decidí depositar mi confianza y mi voto en Abelardo de La Espriella, convencido de que Colombia necesitaba cambios, nuevas oportunidades, mayor igualdad y un futuro diferente. Lo hice con esperanza, creyendo que era posible construir un país mejor para todos.
Pero hoy me cuestiono. Y lo hago porque he aprendido que tener convicciones también significa ser capaz de reconocer cuando aquello en lo que depositamos nuestra confianza comienza a entrar en conflicto con nuestros principios.
Las recientes controversias relacionadas con la autonomía de las instituciones de educación superior y los planteamientos sobre los derechos y libertades de la población LGBTIQ+ me generan una profunda preocupación.
Porque una cosa es querer transformar un país y otra muy distinta es permitir que, en nombre del cambio, se pongan en riesgo libertades y derechos que tanto nos ha costado conquistar.
La autonomía universitaria no es un privilegio que deba concederse o retirarse según las conveniencias políticas. Es una garantía fundamental para la libertad de pensamiento, la construcción del conocimiento y la formación de ciudadanos críticos.
Y cuando hablamos de los derechos de la comunidad LGBTIQ+, hablamos de algo todavía más profundo: hablamos de vidas, de dignidad, de historias que durante décadas estuvieron marcadas por el miedo, la discriminación, la persecución y el silencio.
No podemos olvidar que muchos de los derechos que hoy disfrutamos fueron conquistados por personas que jamás pudieron disfrutarlos.
Hubo quienes marcharon cuando hacerlo significaba exponerse a la violencia. Quienes levantaron su voz cuando la sociedad pretendía silenciarlos. Quienes perdieron sus familias, sus trabajos, su tranquilidad e incluso sus vidas por defender el derecho a existir, a amar y a vivir libremente.
A ellos les debemos memoria, respeto y, sobre todo, el compromiso de no retroceder.
Hoy tengo la madurez de decir que tal vez me equivoqué con mi voto. Y reconocerlo no me avergüenza. Me avergonzaría mucho más guardar silencio frente a aquello que considero injusto simplemente por defender una decisión política del pasado.
No le debo lealtad ciega a ningún candidato, movimiento o partido político. Mi compromiso es con Colombia, con la democracia, con las libertades y con los derechos de todas las personas, incluso de aquellas que piensan, creen, sienten o aman de manera diferente.
No se trata de ser de izquierda o de derecha. Se trata de entender que los derechos humanos no deberían depender del gobierno de turno ni de las convicciones personales de quien ejerza el poder.
Los derechos conquistados no pueden convertirse en moneda de cambio de ningún proyecto político.
Por eso hoy quiero hacer un llamado, especialmente a quienes alguna vez creímos en una propuesta de cambio: no tengamos miedo de cuestionar, de exigir explicaciones, de cambiar de opinión y de levantar la voz cuando sea necesario.
Que nuestras diferencias políticas nunca nos hagan olvidar nuestra humanidad.
Que la memoria de quienes lucharon antes que nosotros no se convierta en una simple página de la historia.
Y que las nuevas generaciones no tengan que volver a luchar por libertades que creíamos aseguradas.
Porque podemos equivocarnos al elegir a un gobernante, pero no debemos equivocarnos al defender nuestros principios.
Mi voto pudo haber sido una decisión equivocada. Mi compromiso con la igualdad, la dignidad, la libertad y el respeto por la diversidad, jamás lo será.
Ni un paso atrás en nuestros derechos. Ni un paso atrás en nuestra dignidad. Ni un paso atrás en las libertades que tantas vidas costaron.
La democracia también consiste en tener el valor de cuestionar a quienes alguna vez apoyamos.













