La mañana del lunes 10 de agosto parecía comenzar como cualquier otra en Manizales. Desde las primeras horas, las estaciones del cable aéreo abrían sus puertas para recibir trabajadores, estudiantes y ciudadanos que, como cada día, se movilizaban en aquellas cabinas suspendidas sobre la ciudad, una forma rápida y segura de llegar a sus destinos. Las estaciones comenzaban a llenarse, el movimiento habitual de la ciudad se trasladaba también a las alturas.
Nadie imaginaba que aquella rutina estaba a punto de interrumpirse. A las 7:34 de la mañana, la tierra comenzó a moverse, un terremoto de magnitud 7.4 de intensidad, sacudió el occidente colombiano y sus efectos se sintieron con fuerza en Manizales. Solo bastaron unos pocos segundos para que la cotidianidad de miles de personas se convirtiera en incertidumbre. Las calles se llenaron del polvo de las edificaciones que caían, se escuchaban gritos y sirenas, y sobre todo, el crujir de la tierra. Miles de ciudadanos corrían, sin rumbo fijo, buscando colocarse a salvo.
Mientras Manizales miraba sus edificios, sus calles y sus estructuras, cientos de personas permanecían suspendidas sobre la ciudad. Las cabinas del cable aéreo estaban paradas, quienes estaban dentro de ellas vivían su propio drama: no había una calle para salir, ni una puerta que pudiera abrirse para abandonar el lugar. Estaban a varios metros sobre el suelo, impotentes observaban la destrucción de su ciudad.

Fue entonces cuando el cable aéreo dejo de ser solo un transporte y se convirtió en un escenario de rescate. En medio de la emergencia, el gerente del cable aéreo, Felipe Ortíz Álvarez, asumió la situación como un asunto personal; la prioridad no era evacuar la infraestructura o determinar cuando podría volver a funcionar el sistema, antes que cualquier decisión administrativa estaba la vida de quienes habían quedado atrapados en las cabinas.
Como si se tratara de su propia familia, el gerente y el equipo del cable aéreo de Manizales, se pusieron al frente de la emergencia, la respuesta debía de ser rápida y, sobre todo, precisa. Mientras la ciudad enfrentaba los efectos del terremoto, los equipos técnicos operativos concentraban sus esfuerzos en una sola misión: sacar a las personas de las cabinas y llevarlas nuevamente a tierra firme. El resultado fue una operación que permitió, en tiempo récord, rescatar a 400 personas aproximadamente, sin heridos ni lesionados.
En medio de una ciudad golpeada por uno de los terremotos más fuertes de su historia, el cable aéreo respondió: la estructura soportó el movimiento y la operación de emergencia permitió devolver a cientos de personas a salvo con sus familias.

En toda tragedia surgen líderes que hacen historia. Para el gerente del cable aéreo, Felipe Ortíz, la emergencia no terminó cuando se logró rescatar a la última persona. Ahora empezaba el gran reto de devolver a Manizales uno de sus medios de transporte fundamentales en la vida cotidiana de sus ciudadanos.
Esta nueva etapa exigía nuevamente trabajo técnico, coordinación y decisiones rápidas. Junto al señor alcalde de Manizales, Jorge Eduardo Rojas, y a los equipos encargados de la operación, el gerente del cable aéreo emprendió la tarea de evaluar las condiciones del sistema y buscar la manera de reanudar el servicio, la ciudad necesitaba volver a moverse.
La prioridad fue la operación de las líneas que podían volver a prestar el servicio con las condiciones de seguridad necesarias. La línea 3 tuvo daños electromecánicos y se espera poder recuperar su servicio lo antes posible; sin embargo, la línea 1 y 2, en tiempo récord, lograron entrar en funcionamiento este sábado 15 de agosto a las 3 de la tarde, siendo el único cable aéreo de las 3 ciudades afectadas por el sismo que lo ha logrado, por lo que, orgullosamente podemos decir, que en Manizales ya funciona el cable aéreo nuevamente.
El terremoto dejo destrucción, miedo y perdidas que tardarán mucho tiempo en recuperarse. También dejó historias que merecen ser contadas. Una de ellas ocurrió, cuando suspendidas sobre las montañas de Manizales, mientras la tierra temblaba, cientos de personas esperaban dentro de las cabinas, y cuando la ciudad necesitó una respuesta, el cable aéreo lo hizo con sus trabajadores, sus técnicos y sus equipos, porque aquel lunes el cable aéreo no solamente transportaba pasajeros, por unas horas transportó esperanza, y en una ciudad, donde subir y bajar hacer parte de la vida diaria, aquellas cabinas suspendidas en el vacío terminaron convirtiéndose en un símbolo inesperado de resistencia: una estructura que soporto el movimiento de la tierra y un equipo humano que decidió que después del miedo, Manizales tenia que volver a moverse.
Manizales, agosto 16 de 2026.













