Opinion

La educación nos une y cambia vidas

Daniel Moreno Verhagen

Por: Daniel Moreno Verhagen – Abogado, especialista en Gobernanza y Desarrollo Territorial.

En una conversación con jóvenes de distintas regiones del país, todos coincidían en algo esencial: el talento estaba ahí, las ganas también, pero las oportunidades no siempre llegaban al mismo tiempo ni al mismo lugar. Algunos habían logrado acceder a la formación técnica o a la universidad; otros se habían quedado en el camino no por falta de capacidad, sino por falta de recursos, información o acompañamiento. Esa escena, repetida miles de veces en Colombia, explica mejor que cualquier cifra por qué la educación sigue siendo una de las pocas causas capaces de unirnos como país.

Esta semana el Congreso de la República dio una señal que merece ser destacada. Más allá de las diferencias políticas, logró poner de acuerdo a congresistas de todas las orillas políticas para aprobar una reforma al modelo de financiación de la educación superior pública, cambiando un esquema que durante años fue insuficiente frente a las necesidades reales del sistema. El ajuste busca mayor estabilidad y previsibilidad para las universidades públicas, pero, sobre todo, envía un mensaje claro: cuando la educación está en el centro, el interés general puede imponerse sobre la diferencia.

Respaldar la educación no es un acto ideológico; es una decisión estratégica de país. Una sociedad educada es una sociedad con mayor movilidad social, más oportunidades reales y mejores capacidades para enfrentar sus desafíos económicos y sociales. La educación no solo entrega títulos; forma criterio, construye ciudadanía y permite que el origen no determine el destino. Allí donde el acceso al conocimiento se fortalece, las brechas se reducen y el futuro empieza a depender más del mérito y el esfuerzo que de la suerte. 

Esta convicción no es nueva para mí. A lo largo de los años he acompañado a muchos jóvenes que, gracias a programas como Ser Pilo Paga, lograron acceder a la universidad cuando el camino parecía cerrado. He apoyado iniciativas como Juventud Manizaleña, que ha formado a más de mil jóvenes en Caldas bajo la filosofía ASPAEN de principios, valores y excelencia, y he promovido, desde la responsabilidad social empresarial, más de doscientas becas educativas para ampliar oportunidades reales de acceso a la educación superior. No como gestos aislados, sino como una certeza profunda: cuando se invierte en educación, la vida de la gente cambia para siempre.

Debemos unirnos para sacar adelante a nuestros jóvenes a través de la educación. Una educación que forme desde principios y valores, que desarrolle competencias laborales reales y que prepare para la vida en sociedad. El país no puede seguir ofreciendo títulos sin oportunidades. Cuando la educación conecta ética, capacidades y propósito, se convierte en el motor más poderoso de movilidad social y desarrollo.

Esta Navidad puede ser también un llamado a la acción. A los empresarios, para que uno de sus propósitos del 2026 sea regalar becas o apoyar la formación de un joven. Y a los profesionales, para que consideren apadrinar a otro que hoy se está formando, compartiendo tiempo, experiencia y orientación. No todos pueden cambiar el sistema, pero todos pueden cambiar una historia concreta. Brindar educación es regalar futuro. Y cuando un país apuesta por sus jóvenes, siempre encuentra la manera de salir adelante.

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