Por: Juan Diego Sierra Rave – Abogado.
Otra vez Colombia despierta con un nuevo ruido político. Cambios de roles, cartas incendiarias y acusaciones públicas que parecen más parte de una telenovela que de un gobierno. Lo vimos con Álvaro Leyva y sus cartas imprudentes, inmaduras y, sobre todo, destructivas. Lo hemos visto con los enredos de Laura Sarabia, que ha pasado de un cargo a otro como si la institucionalidad fuera un tablero de ajedrez personal. Y ahora el turno es para Alfredo Saade, quien lanza acusaciones desde X asegurando que el presidente Gustavo Petro está “secuestrado” por Armando Benedetti y por la misma Sarabia.
¿Será cierto? Puede que sí, puede que no. Lo único claro es que Saade tampoco ha sido un acierto. Critica a Benedetti, pero en el fondo son igualitos: personalistas, ansiosos de reflectores, obsesionados con el micrófono y carentes de un proyecto real de país.
Muchos colombianos confiamos en Gustavo Petro como símbolo de cambio, pero lo que hemos visto es más de lo mismo. Las manos de derecha e izquierda han demostrado ser igualmente torpes. La derecha dice que hay que “salvar al país”… ¿Salvarnos de qué? ¿De ellos mismos, que llevan décadas gobernando y nos dejaron en este desastre? Esa gente incendia la casa y nos venden el extintor … ¿Y quiénes son sus salvadores? ¿María Fernanda Cabal, que grita más de lo que piensa? ¿Paloma Valencia, cuyo apellido pesa más que sus ideas? ¿O la gran Vicky Dávila, oportunista, fanática que no tiene idea de como manejar un país? ¡Por favor! Uno más incapaz que el otro, pero eso sí, todos convencidos de ser la salvación. Muero de risa.
¿Y la izquierda? Tampoco canta misa. Ahí tenemos a Daniel Quintero, el niño berrinchudo de la política, que confunde gobierno con un show de TikTok. Y a Gustavo Bolívar, quien dejó claro que como guionista es brillante, pero como político es un desastre.
El panorama colombiano es desolador: escándalo tras escándalo, zozobra permanente, hostilidad política como pan de cada día. En este ambiente, la carrera presidencial no se ve fácil para nadie. Tal vez la única esperanza esté en que logremos liberarnos, de una vez por todas, de los mismos y las mismas que se reciclan en el poder.
Ojalá.













