Opinion

QUE LA DIGNIDAD ENTRE POR LA PUERTA

En los últimos dos años los colombianos, los caldenses y el mundo entero han puesto sus ojos sobre el sistema de salud de sus respectivos países.

En ese proceso de escudriñamiento propiciado por la pandemia, aprendimos a apreciar al personal médico y a valorar la importancia de tener una infraestructura de salud apropiada y dotada con la tecnología adecuada para atender las innumerables contingencias de salud.

Como olvidar esas escenas de lugares que tuvieron que acondicionar instalaciones deportivas con camas, o, como en el caso de la ciudad de Bogotá, intentar dotar los galpones de CORFERIAS con innumerables camas para posibles pacientes.

Como olvidar los informes de las UCIs llenas y las personas desde sus casas observando esos números con la esperanza de no tener que necesitar un servicio que se veía muy difícil, por no decir que imposible, de alcanzar.

Es importante que de esta experiencia tan dolorosa hayamos entendido la urgencia de tener un servicio de salud  de calidad, con los instrumentos de punta necesarios y con el personal idóneo, bien remunerado de acuerdo con el servicio social que prestan.

Uno de los elementos constitutivos de un Estado Social verdadero es el acceso a la salud por parte de toda la población, sin barreras ni limitaciones. En una camilla de hospital todos deberíamos ser iguales.

Ahí está presente un ser humano tan vulnerable como cualquier otro y debe ser tratado con el mismo respeto y profesionalismo. Eso es muy importante. La salud no es un negocio ni los pacientes son clientes.

La salud es un derecho y los pacientes son seres humanos en condición de vulnerabilidad que requieren de empatía, atención, solidaridad y vocación de cuidado. En esta materia es mucho lo que hay que hacer. El lugar más acogedor de una ciudad o un municipio no debería ser el estadio, ni el parque, ni siquiera el colegio, el lugar más acogedor debería ser la clínica, y esto lo digo porque es el único lugar que abordamos con sentido de fragilidad, de vulnerabilidad, de desamparo, y por eso, todo, absolutamente todo en ese lugar nos debería transmitir acogida, amparo y sentido de protección y seguridad.

En esa materia, hay que decirlo con claridad, estamos en deuda con los ciudadanos. No son pocos los que se sienten revictimizados cuando ingresan a un hospital.

A menudo vemos imágenes de gente en condiciones inaceptables y en donde la palabra dignidad pierde cualquier sentido. Muchas veces la entrega del personal médico de todos los niveles trata de mitigar las inocultables carencias, pero no debería ser así, es más, ¡no deberíamos permitir que fuera así!

Hay que trabajar por un sistema de salud que nos acoja en forma apropiada en el momento en que lo necesitemos. Un momento que tarde o temprano se va a presentar. Es algo ineludible. Todos vamos a pasar por ahí, y cuando digo todos me refiero a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros seres queridos.

Necesitamos hospitales a la altura de nuestros niños, de nuestras embarazadas, de los adultos mayores, de las personas con habilidades especiales, de todos y cada uno de nosotros.

Voy a trabajar por eso. Voy a hacer que la palabra dignidad entre por la puerta de todos los centros de salud y de ahí no vuelva a salir. Eso es lo importante, y como he dicho tantas veces, a mi me importa lo importante.

* Por: Juana Carolina Londoño – Abogada especialista en derecho comercial y legislación financiera y gerencia de entidades territoriales. Trabajó como asesora jurídica del Instituto de Seguros Sociales, Central de Inversiones S. A., concejal de Manizales, representante a la Cámara, presidente de Fiducoldex y actualmente empresaria: Londoño Asociados.

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