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Un alma quebrada: el arte, la educación y la deuda histórica con la ruralidad

Por Andrés Felipe Ortega – Estudiante Desarrollo Familiar y Ciencias Sociales.

En la tradición del Programa Departamental de Bandas de Caldas ha quedado instalada una idea sencilla y poderosa: la banda es el alma de los pueblos. Esa frase, asociada al legado que dio forma al programa que hoy lleva el nombre de Hernán Bedoya Serna, ayuda a entender por qué una agrupación musical en un municipio no es solamente un conjunto de estudiantes tocando instrumentos. Una banda acompaña actos cívicos, celebraciones, encuentros familiares, fiestas religiosas, conmemoraciones y momentos que terminan incorporándose a la memoria colectiva. También enseña disciplina, escucha, responsabilidad, trabajo en equipo y permanencia. Por eso, cuando una banda se fortalece, algo de la comunidad también se fortalece; y cuando comienza a quebrarse, quizá no sea solamente la música la que está en riesgo.

Hoy, cerca de 18.000 niños, niñas y jóvenes hacen parte del Programa Departamental de Bandas Estudiantiles de Música “Hernán Bedoya Serna” en los 27 municipios de Caldas. La Gobernación presenta esta iniciativa como una de sus apuestas educativas y culturales de mayor alcance, y reporta 82 agrupaciones en el departamento. La cifra permite dimensionar la importancia de una política pública que durante décadas ha acercado a miles de estudiantes a la formación musical. Sin embargo, dentro de esos 18.000 existen realidades muy distintas. En la Banda Sinfónica de la Institución Educativa La Felisa, en La Merced, hoy permanecen activos ocho estudiantes. El documento mediante el cual la institución comunicó que no participaría en el XLIII Concurso Departamental señala precisamente esa matrícula reducida, además de dificultades de asistencia, cruces con otras obligaciones académicas, limitaciones horarias y problemas en las condiciones del espacio de ensayo.

La distancia entre 18.000 y ocho no debería leerse únicamente como una diferencia numérica. Actualmente curso décimo semestre de Desarrollo Familiar y realizo un voluntariado de acompañamiento desde hace 8 meses con padres, madres y acudientes de las niñas, niños y adolescentes vinculados a esta agrupación. He tenido encuentros con algunas de estas familias, en su mayoría familias monoparentales con jefatura femenina y he mantenido comunicación con ellas para conocer cómo experimentan el proceso musical de sus hijas/hijos, qué dificultades identifican y qué consideran necesario para fortalecer su permanencia. Esa experiencia me ha permitido comprender que una banda escolar no se sostiene únicamente con instrumentos, partituras y un director. También necesita familias que acompañen, estudiantes que puedan permanecer, docentes que cuenten con tiempo para formar, instituciones que generen condiciones, espacios donde aprender música no se convierta en una dificultad adicional y comunidades que abracen, rodeen y cuiden su banda sinfónica.

Las respuestas de las/os acudientes muestran precisamente esa complejidad, algunos reconocen que estudiantes y familias deben asumir mayores compromisos y uno de ellos considera necesario que sean “más responsables y activos en el proceso de banda”. Otros señalan la importancia de fortalecer los procesos iniciales y piden “ensayos más constantes para los de prebanda”. También aparecen solicitudes de mayor acompañamiento institucional, motivación y espacios adecuados para los ensayos, así como una preocupación por organizar mejor los horarios para evitar que las actividades de la banda coincidan permanentemente con otras obligaciones escolares, además de la particularidad en la vinculación laboral de los docentes de aula que pertenecen al programa, ya que no solo acompañan, dinamizan y promueven los procesos musicales, sino que también dictan clases de otras asignaturas como artística, religión, literatura etc. Estas voces son importantes porque no buscan un único responsable, las familias reconocen que también tienen tareas, pero al mismo tiempo muestran que la permanencia de un estudiante depende de condiciones que exceden su voluntad.

En una institución pequeña, la ecuación de una banda funciona de manera distinta, cada estudiante que se gradúa o se retira puede representar la ausencia de un clarinete, una trompeta, un trombón o un percusionista dentro del ensamble. Cuando no existe un semillero suficientemente amplio para renovar esos lugares, las sillas comienzan a quedar vacías. Por eso, la prebanda no debería entenderse como un proceso secundario, sino como la posibilidad de que una agrupación continúe existiendo dentro de tres, cuatro o cinco años. La Secretaría de Educación describe el modelo departamental precisamente a partir de tres procesos de aprendizaje —prebanda, banda infantil y banda titular—, una estructura que supone continuidad entre quienes comienzan y quienes alcanzan niveles más avanzados. En los territorios rurales, garantizar esa continuidad puede convertirse en uno de los mayores desafíos.

Las dificultades que hoy enfrenta La Banda Sinfónica de la I. E La Felisa tampoco aparecieron de manera repentina, desde 2024 existen gestiones relacionadas con las condiciones del salón de ensayo, por parte de su director. En noviembre de ese año, la propia Coordinación Departamental de Bandas pidió a los directores reportar las necesidades de infraestructura de sus aulas, indicando que esa información sería utilizada para evaluar, priorizar y buscar soluciones. Desde la dirección de la banda de la I. E. La Felisa se señalaron necesidades relacionadas con cubierta, cielo raso, aire acondicionado, ya que presenta una temperatura superior a los 32 grados, iluminación, mobiliario y acondicionamiento acústico. Posteriormente, en abril de 2025, se solicitó al Consejo Directivo una revisión urgente de cubiertas y canales debido al deterioro y las filtraciones que podían afectar los instrumentos y las condiciones de trabajo de los estudiantes.

La gestión por parte del Docente titular continuó ante otras entidades, en mayo de 2025 se acudió a la Alcaldía de La Merced solicitando mantenimiento y dotación instrumental. El documento relaciona flautas, clarinetes, saxofones, trombones, eufonios y tubas con necesidades de calibración, cambio de zapatillas, reparación de pistones, bombas y varas, y planteó además la adquisición de nuevos implementos para fortalecer la incorporación de estudiantes. También se solicitaron talleres especializados a empresas privadas de la región y los directores de las dos bandas sinfónicas estudiantiles del municipio propusieron ante el Concejo Municipal la creación de una partida presupuestal anual de dieciséis millones de pesos, distribuida entre ambas agrupaciones y destinada a formación especializada, mantenimiento y dotación instrumental. En la documentación disponible no aparece evidencia de que esa propuesta se hubiera convertido en una asignación permanente, la respuesta por parte de los cabildantes fue nula.

Durante 2026 las gestiones continuaron, la institución acudió a Aris Mining con una solicitud de apoyo para adquisición de instrumentos e insumos, mantenimiento de la dotación existente y adecuación del espacio de ensayo. La petición detalló problemas de corrosión, calibración, zapatillas, rotores, pistones, bombas y varas en distintos instrumentos. El sistema de la empresa registró la solicitud y señaló que había sido asignada para respuesta; En otro momento se buscó apoyo de Concesión Pacífico Tres para instalar aire acondicionado en el salón debido al exceso de calor y de manera particular el salón de ensayo de la banda es el más caluroso. La entidad reconoció la importancia de la solicitud, pero explicó que no podía atenderla por sus actividades programadas y el alcance de su proyecto.

La infraestructura volvió a convertirse en una preocupación urgente en marzo de 2026, cuando un vendaval afectó parte de la cubierta del salón de ensayo, se solicitó apoyo a la Administración Municipal y el documento dejó constancia de comunicaciones previas, una inspección del Cuerpo de Bomberos y el anuncio de que el caso sería remitido a Planeación Municipal. Para ese momento aún no se había recibido acompañamiento técnico ni respuesta oficial. Más adelante fueron suministradas algunas tejas y la instalación pudo realizarse con personal gestionado por la Parroquia Nuestra Señora de Las Mercedes. El episodio sirve para mostrar una situación más amplia: cuando sostener un proceso educativo exige resolver de manera recurrente problemas de infraestructura, instrumentos y financiación mediante gestiones aisladas, la fragilidad de la banda no puede explicarse únicamente por el número de estudiantes que asisten a un ensayo.

Un derecho de petición presentado ante la Administración Municipal permitió conocer con mayor precisión los apoyos destinados al proceso, la Secretaría de Hacienda informó que para la Banda de La Felisa se registraron un millón de pesos en 2024 y un millón ochocientos cincuenta mil pesos en 2025, mientras que para 2026, a la fecha de la respuesta, no se habían asignado recursos específicos. La misma respuesta señaló que los recursos registrados se habían destinado exclusivamente al transporte y que durante las vigencias consultadas no existían asignaciones específicas para dotación instrumental, mantenimiento y reparación, contratación de talleristas, uniformes o adecuación de espacios físicos. El transporte es importante porque permite que los estudiantes representen a su territorio y conozcan otros procesos, pero transportar una banda no equivale a sostenerla. Antes de subir a un bus debe existir una agrupación que pueda ensayar, instrumentos que funcionen, un lugar adecuado para aprender y un semillero que garantice que quienes hoy se gradúan puedan ser reemplazados mañana. Para el concurso del presente año, el municipio de la Merced sería sede para el 22 y 23 de agosto de 2026 pero ante la emergencia sísmica fueron modificados por lo que los jurados están recorriendo directamente las instituciones educativas en 26 municipios. Ahora bien, tendríamos que preguntarnos porque existió la voluntad administrativa de promover y sostener estas fechas y no responder frente a los requerimientos y llamados de auxilio de las agrupaciones por parte de la administración local.

Por eso, mirar los ocho integrantes actuales y concluir que el problema se reduce a la falta de compromiso de los estudiantes o de sus familias sería insuficiente. También sería simplista atribuir toda la responsabilidad a una sola institución, a una alcaldía o al Programa Departamental. Lo que aparece detrás de este caso es una responsabilidad compartida y una pregunta más profunda sobre la manera en que una política educativa de gran alcance logra sostener sus procesos más pequeños. Caldas puede celebrar legítimamente que cerca de 18.000 niños, niñas y jóvenes participen en su Programa Departamental de Bandas, que sus agrupaciones obtengan reconocimientos y que algunos de sus estudiantes alcancen escenarios nacionales e internacionales. Pero esa historia estaría incompleta si no miráramos también a las bandas que luchan por mantener un número pequeño de músicos, fortalecer una prebanda, reparar instrumentos o conseguir condiciones adecuadas para ensayar. Desde Desarrollo Familiar he aprendido que ninguna trayectoria educativa ocurre en solitario. Detrás de cada estudiante que permanece existe una familia que acompaña, un docente que insiste, una institución que abre un espacio y una comunidad que decide si esa oportunidad merece continuar. Cuando un acudiente pide que su hijo no se desanime, cuando otro solicita mayor constancia en la prebanda o cuando una familia pide que los horarios permitan cumplir simultáneamente con las demás responsabilidades escolares, está hablando de permanencia, aunque utilice otras palabras. Quizá allí se encuentre una de las deudas históricas de la ruralidad: celebramos con facilidad lo que sus niñas, niños y adolescentes consiguen cuando llegan lejos, pero no siempre prestamos la misma atención a todo aquello que necesitan para poder permanecer en el camino.

Si una banda es, como ha repetido la tradición bandística caldense, el alma de un pueblo, entonces deberíamos preocuparnos antes de que llegue el silencio. Un alma no se quiebra de repente; comienza a fracturarse cuando las necesidades se vuelven cotidianas, cuando una silla permanece vacía demasiado tiempo, cuando un instrumento espera por una reparación, cuando un niño, niña o adolescente pierde la motivación o cuando sostener una oportunidad educativa depende una y otra vez de tocar puertas. Caldas tiene cerca de 18.000 razones para cuidar uno de sus programas más representativos, pero en La Felisa hoy existen ocho razones concretas para actuar antes de que aquello que durante años fue música termine convertido solamente en recuerdo. Porque cuando una banda rural deja de sonar no desaparece únicamente una agrupación: se apaga una parte de la memoria del pueblo, se reduce una posibilidad de educación para sus niños y se quebranta, poco a poco, esa alma colectiva que alguna vez aprendió a reconocerse a través de las artes, los saberes y sonidos de paz.

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