Por: Michael Andrés Corrales Buitrago – Trabajador social.
Últimamente hemos tenido esa sensación de que incluso en las noches está haciendo calor, y es porque justamente estamos atravesando uno de los períodos de calor más fuertes registrados en la historia. Agosto de 2026 empató con julio de 2023 como el mes más cálido jamás registrado.
Y lo preocupante es que esto apenas podría ser el comienzo: la Organización Meteorológica Mundial advierte que El Niño seguirá fortaleciéndose durante los próximos meses y podría alcanzar una intensidad muy fuerte hacia finales de 2026.
Pero esto, en sentido práctico, ¿qué implicaciones tiene? Más allá de sentir un excesivo calor, hay que saber que en nuestro país, según el IDEAM, 558 municipios de los 1.103 de Colombia están en riesgo de desabastecimiento de agua potable. Esto debido a la sequía que produce El Niño en los diferentes embalses y ríos.
Manizales, aunque no está totalmente exenta de este riesgo, tiene la ventaja de que sus fuentes hídricas vienen directamente de nacimientos de agua. Por ejemplo, Bogotá depende en gran medida del sistema de embalses de Chingaza. Muchos podrán decir: si llueve en las ciudades que dependen de estos sistemas, ¿por qué les afectaría la sequía? Pues, debido al cambio climático, no basta con mirar si está lloviendo en las ciudades. Las fuentes que abastecen los acueductos se encuentran en ecosistemas estratégicos, páramos, bosques y cuencas hidrográficas ubicadas muchas veces lejos de los centros urbanos. Una ciudad puede tener una tarde lluviosa y, al mismo tiempo, enfrentar una reducción progresiva de los caudales que alimentan su sistema de abastecimiento.
Es allí donde debemos preguntarnos: ¿hasta cuándo algunas tendencias políticas negarán el cambio climático? Es evidente que la Tierra se está calentando debido, entre otros factores, a las emisiones de CO₂ y, aunque Colombia no es uno de los grandes productores que contribuyen a gran escala al deterioro ambiental, sí podemos tomar medidas para aportar al cuidado del medio ambiente. Es una responsabilidad que tenemos como humanidad.
No importa si usted se considera de izquierda, derecha, progresista, conservador o si rechaza la palabra ‘woke’: cuando falte agua y suba la factura de la luz, el problema será económico y cotidiano.
Si hay una sequía a gran escala, la escasez de agua puede producir un efecto negativo directo en nuestro bolsillo. Al no haber tanta agua disponible, pueden aumentar los costos asociados a su abastecimiento y, sobre todo, pueden encarecerse actividades que dependen directamente de este recurso. Lo deben saber si en alguna ocasión han escuchado hablar del libre mercado. Pero también Colombia, en términos energéticos, depende en buena medida de las hidroeléctricas y, al momento en que los ríos y represas bajan su caudal, será más difícil producir energía, lo que también puede generar mayores costos.
La escasez no necesariamente llegará primero a través de una factura más cara. Puede llegar al supermercado, al empleo, al precio de los alimentos, a los costos de producción y, finalmente, al bolsillo de los hogares.
En términos empresariales, si efectivamente empieza a escasear la electricidad, podrían generarse apagones o racionamientos. Hay que tener en cuenta que una hora diaria de racionamiento de electricidad en Colombia podría representar pérdidas de hasta 204.000 millones de pesos, según estimaciones citadas por Fedesarrollo. Esto generaría pérdidas macroeconómicas que afectarían al sector productivo y, a su vez, terminarían afectando directamente a las familias de nuestro país.
Colombia debe prepararse. Si hay sol, se deberían acelerar los procesos de transición energética y la instalación de paneles solares. Las Asociaciones Público-Privadas (APP), junto con incentivos a la generación distribuida y la instalación de sistemas solares, podrían contribuir a que estos procesos se faciliten y acelerar la diversificación de nuestra matriz energética.
Aunque actualmente se están contemplando otros escenarios, estamos frente a una posible sequía y se está pensando en utilizar el agua para hacer fracking, con el riesgo de afectar y potencialmente contaminar otras fuentes subterráneas. No estoy en desacuerdo con que se utilicen el gas y el petróleo que tengamos durante la transición energética —esto puede contribuir a fortalecer los programas sociales—, pero considero que debe hacerse mediante métodos convencionales y con estrictos controles ambientales. El fracking es, en mi opinión, un atentado contra nuestra biodiversidad.
Alternativas hay muchas. Lo que hoy nos debe preocupar es contribuir desde nuestros microescenarios, a través de nuestras acciones, para concientizar y ahorrar agua y energía lo más que podamos. Puede que esta primera ola de calor se siga repitiendo en los próximos años. Se deben tomar medidas y se le debe exigir al Gobierno que tome las que sean necesarias para cuidar nuestras reservas de agua, que son la vida misma.
Porque el agua no es solamente un servicio público. Es vida.
Y cuando comienza a escasear, la desigualdad también comienza a hacerse más profunda.
Septiembre de 2026.
