Por Daniel Moreno Verhagen – Abogado | Asuntos públicos y empresariales.
Hay una línea que conecta la discusión sobre el sistema de partidos que dejó la Constitución del 91 en Colombia con lo que acaba de pasar en Sajonia-Anhalt, Alemania: cuando los partidos dejan de representar, alguien más termina ocupando ese lugar.
La Constitución del 91 tenía un propósito fácil de defender: romper un sistema dominado durante décadas por dos partidos y abrirle espacio a la participación. La apertura era necesaria y en buena parte se logró. Lo que no se previó fue lo que vino después: en lugar de partidos más sólidos, terminamos con más partidos, muchos construidos alrededor de una elección específica, y con colectividades tradicionales que sobrevivieron acomodándose a cualquier gobierno sin que nadie supiera qué defendían cuando no estaban en el poder.
El problema, entonces, no es la cantidad de partidos, sino que dejen de representar algo reconocible y la actividad política se reduzca a administrar el poder de turno. Ahí empieza a fallar el sistema, aunque las elecciones sigan siendo libres y limpias.
Alemania acaba de mostrar con crudeza a dónde lleva eso. Alternativa para Alemania obtuvo el 43,8% de los votos en Sajonia-Anhalt, una fuerza que durante años estuvo al margen del sistema y que logró capturar el descontento de una región con preocupaciones concretas sobre empleo, migración y distancia frente a las élites tradicionales.
Sería un error explicar ese resultado solo señalando a quienes votaron: millones de electores no cambian de opinión porque alguien les diga que se equivocaron. Si hay preocupaciones reales sobre costo de vida, seguridad o control migratorio, corresponde a la democracia atenderlas dentro de sus propias reglas, no fingir que no existen. Eso no equivale a justificar cualquier respuesta a ese malestar: cuando los partidos democráticos —en este caso la CDU— abandonan ciertos debates por cálculo electoral, otros los ocupan con ofertas más radicales, y en el caso de AfD persisten cuestionamientos serios de las propias autoridades alemanas sobre sus vínculos con posiciones extremistas.
Conviene no leerlo como un fenómeno exclusivo de la ultraderecha. América Latina conoce la misma dinámica en la dirección contraria: cuando los partidos tradicionales pierden credibilidad económica y social, el vacío también ha sido llenado por proyectos populistas de izquierda que prometen refundar el sistema en lugar de reformarlo. El fenómeno es ideológicamente neutro; lo que cambia es solo qué extremo está disponible para capitalizarlo en cada contexto.
Ahí está, para mí, la lección que vale para Colombia. Una democracia no se sostiene solo con elecciones periódicas. Necesita partidos capaces de representar intereses concretos y ejercer control político incluso cuando eso resulte incómodo para el gobierno de turno; una oposición que vigile y proponga alternativas en vez de limitarse a bloquear; y gobiernos que gobiernen alrededor de un proyecto, no de una coalición armada solo para conservar mayoría.
Recuperar los partidos no significa volver al bipartidismo ni cerrarles la puerta a nuevas fuerzas, sino construir organizaciones donde las ideas pesen más que los avales, los puestos burocráticos o la conveniencia electoral del momento. Cuando los partidos renuncian a representar, los ciudadanos no dejan de buscar representación: simplemente la buscan en otra parte. Y la historia —de Colombia, de Alemania, de América Latina entera— no garantiza que ese reemplazo fortalezca la democracia.
Septiembre 12 de 2026.
