Por: Antonio Corrales Giraldo.
Hoy la población rural colombiana está envejeciendo aceleradamente, mientras las nuevas generaciones migran hacia las ciudades en busca de mejores oportunidades.
Según cifras del DANE, la población campesina presenta un importante peso de adultos entre los 41 y 64 años. La transformación demográfica del país ha sido enorme: en 1938, siete de cada diez colombianos vivían en las zonas rurales; hoy son poco más de dos de cada diez.
Si esta tendencia continúa, en pocos años podríamos enfrentar una situación crítica para la seguridad alimentaria nacional. No porque nos falten tierras, conocimiento o posibilidades productivas, sino porque cada vez son menos los jóvenes dispuestos a quedarse trabajando en ellas.
El campo dejó de ser atractivo para nuestros jóvenes ¿Por qué se van?
La respuesta es sencilla: buscan mejores condiciones de vida, educación, empleo y oportunidades para construir su futuro.
La agricultura tradicional, en muchos casos, sigue siendo una actividad de alta incertidumbre, con bajos márgenes de rentabilidad, dificultades para acceder al crédito, problemas de comercialización y una infraestructura rural deficiente.
Pero existe además una razón mucho más profunda.
Muchos jóvenes han visto a sus propios padres trabajar durante toda una vida en el campo y vivir prácticamente ras con ras, sin lograr que la actividad agropecuaria les permita mejorar sustancialmente sus condiciones económicas.
Entonces, ¿Qué joven va a querer repetir esa historia?
Si lo que observa es sacrificio, incertidumbre y escasa rentabilidad, mientras en la ciudad encuentra otras alternativas de estudio, empleo y consumo, la decisión parece obvia: se va.
Se estima que actualmente viven en el campo alrededor de 2,7 millones de jóvenes entre los 14 y los 28 años. Sin embargo, esta población sigue siendo, en buena medida, invisible para las políticas públicas.
Y aquí aparece una de las grandes contradicciones de Colombia: hablamos permanentemente de la importancia del campo, de la seguridad alimentaria y de la necesidad de producir nuestros propios alimentos, pero cuando llegan los presupuestos públicos, el sector agropecuario continúa ocupando el patio de atrás.
Un presupuesto que dice mucho. Un ejemplo lo encontramos en el departamento de Caldas.
Para 2026 se aprobó un presupuesto cercano a $1,498 billones, de los cuales, según las cifras que he revisado, se destinaron alrededor de $6.000 millones a la Secretaría de Agricultura, aproximadamente el 0,4 % del presupuesto departamental.
Y dentro de ese reducido presupuesto, los jóvenes rurales, que deberían ser la generación de relevo del campo, continúan prácticamente en el olvido.
Esto demuestra, una vez más, la enorme desconexión que existe entre las necesidades reales de nuestra ruralidad y las prioridades de buena parte de la institucionalidad pública.
Mientras los discursos oficiales hablan de transformación del campo, nuestros jóvenes siguen preguntándose qué posibilidades tienen para quedarse.
¿Crédito para una moto, pero no para producir?
Hace poco, en Anserma, un joven campesino me contó una historia que debería hacernos reflexionar.
Solicitó al Banco Agrario un crédito de $20 millones para establecer un proyecto productivo en la finca de sus padres. Se lo negaron.
Sin embargo, en un almacén dedicado a la venta de motocicletas, solamente presentando su cédula, logró que le financiaran una moto de aproximadamente $17 millones.
Hoy trabaja haciendo domicilios y servicios de mensajería.
No se trata de cuestionar que un joven quiera tener una motocicleta o trabajar en la ciudad. El problema es otro: ¿por qué nuestro sistema financiero resulta más dispuesto a financiar el consumo que a financiar la producción agropecuaria de un joven que quiere quedarse en el campo?
Ahí está una de las claves del problema.
Hay que hacer atractivo el campo
No podemos pedirles a los jóvenes que se queden en el campo simplemente apelando al romanticismo de la vida campesina. No basta decirles que la tierra es bonita, que nuestros paisajes son maravillosos o que el campo es el futuro.
El campo tiene que ser una opción real de vida.
Para lograrlo se necesitan políticas públicas diferenciadas y específicas para la juventud rural, diseñadas de acuerdo con sus verdaderas necesidades.
Estas políticas deberían incluir, entre otros aspectos: Fortalecimiento de la educación rural y formación técnica y tecnológica. Mejoramiento de las vías terciarias y de la infraestructura productiva. Conectividad digital de calidad en las zonas rurales. Acceso oportuno a servicios de salud. Programas de vivienda rural para jóvenes. Crédito agropecuario con condiciones realmente accesibles. Incentivos para nuevos emprendimientos rurales. Asistencia técnica permanente y de calidad. Mejor acceso a los mercados y mecanismos de comercialización. Incorporación de tecnología, innovación y agricultura de precisión. Y, sobre todo, seguridad en el campo.
La generación que puede transformar el campo
Nuestros jóvenes rurales no deben ser vistos como una población que hay que subsidiar. Deben ser considerados agentes fundamentales de la transformación y modernización del campo colombiano. Necesitamos un presupuesto específico para ellos, con programas que permitan que un joven pueda decir:
«Me quedo en el campo porque aquí también puedo estudiar, emprender, tener ingresos dignos, acceder a tecnología, formar una familia y construir mi proyecto de vida.»
También debemos fortalecer las redes agropecuarias regionales, donde productores, jóvenes, técnicos, universidades, centros de investigación, entidades públicas y empresas privadas puedan compartir conocimiento, innovación y experiencias para mejorar la productividad y la competitividad.
Porque el relevo generacional no se decreta.
Se construye creando oportunidades.
Colombia todavía está a tiempo de recuperar a sus jóvenes rurales. Pero para ello debemos dejar de mirar el campo como un sector marginal y empezar a entender que detrás de cada joven que abandona una finca puede estar perdiéndose un futuro productor, un empresario rural, un innovador y, en últimas, una parte de la seguridad alimentaria del país.
El campo colombiano no necesita solamente más discursos.
Necesita que sus jóvenes tengan razones para quedarse.
