Por: Antonio Corrales Giraldo.
El terremoto del pasado 10 de agosto en Colombia fue una verdadera catástrofe nacional. Según el último reporte de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres —UNGRD—, la emergencia afectó 15 departamentos y dejó daños en 476 municipios, con 15.410 familias afectadas, equivalentes a 314.751 personas. El balance reporta, además, 163.884 viviendas averiadas, 31.445 destruidas y 467 edificaciones colapsadas, así como 329 personas fallecidas, 257 desaparecidas y 4.595 heridas.
Frente a semejante tragedia, el Gobierno Nacional creó el denominado “Fondo Milagro”, con el propósito de centralizar y administrar recursos nacionales e internacionales destinados a la reconstrucción de hospitales, centros educativos, viviendas, vías, aeropuertos y demás infraestructura afectada por el sismo.
También se anunció el “Plan Milagro de Reconstrucción”, bajo la dirección del presidente de la República, con la participación y articulación de la UNGRD, el Ministerio de Vivienda, empresarios y entidades territoriales.
Hasta aquí, todo parece lógico. Una tragedia de estas dimensiones exige una respuesta extraordinaria del Estado.
Pero hay una pregunta que no podemos dejar pasar: ¿y el campo qué?
Nuestro reclamo es precisamente ese. El llamado “Fondo Milagro” y el plan de reconstrucción no pueden concentrarse únicamente en el hierro, el cemento, la arena, el balastro, los ladrillos y la infraestructura física. Hace falta incorporar con la misma urgencia la reconstrucción del tejido productivo agropecuario.
Porque detrás de una vivienda destruida puede haber también una finca afectada, un cultivo perdido, unos animales muertos, una parcela sin capacidad productiva o una familia campesina que, además de haber perdido su vivienda, perdió su principal fuente de ingresos.
Y allí es donde preocupa que el componente agropecuario no tenga el protagonismo que debería.
La reconstrucción del campo necesita mucho más que recursos para reparar una carretera o levantar una escuela. Requiere asistencia técnica, acompañamiento educativo, crédito, recuperación de cultivos, reposición de material vegetal, recuperación de pasturas, infraestructura productiva y mecanismos que permitan a los productores volver a generar ingresos.
No podemos reconstruir solamente las paredes y dejar abandonada la capacidad de producir alimentos.
Además, el sector agropecuario colombiano ya venía enfrentando una situación especialmente compleja. Al impacto del terremoto se suman otros factores que están colocando en jaque su competitividad: la fuerte revaluación del peso frente al dólar, el incremento de los costos de producción, los mayores costos laborales, el aumento de las tarifas de transporte y energía, el incremento de los avalúos catastrales y las nuevas barreras comerciales que enfrentan algunos productos en los mercados internacionales.
Y, por si fuera poco, tenemos frente a nosotros la amenaza de un megafenómeno de El Niño, que podría acentuarse hacia finales de este año.
Para el campo, la coincidencia de todos estos factores configura lo que muchos han denominado una verdadera “tormenta perfecta”.
Ya estamos advertidos de las consecuencias. Si no se toman medidas oportunas, podrían disminuir las cosechas, deteriorarse los pastos para el ganado y reducirse la disponibilidad de agua para las actividades agropecuarias.
Y cuando disminuye la producción de alimentos, la consecuencia termina llegando directamente al consumidor: menos oferta significa mayores precios en las plazas de mercado y en los supermercados.
Pero existe otra consecuencia que quizá sea todavía más grave: la pérdida de los medios de vida.
Muchas familias afectadas por el terremoto no solamente perdieron su vivienda. También perdieron pequeños negocios, cultivos, animales, herramientas de trabajo y otras fuentes de ingresos. Es decir, perdieron parte de su capacidad para generar empleo y sostener económicamente a sus hogares.
Por eso, cuando hablamos de reconstrucción, también deberíamos preguntarnos: ¿qué tan pobres quedaron las familias después del desastre y qué necesitan para volver a producir?
Esta pregunta debe estar en el centro de cualquier política de recuperación.
Hoy, más que nunca, la seguridad alimentaria de la región y del país depende de nuestra agricultura y nuestra ganadería. No podemos permitir que una emergencia de esta magnitud termine debilitando todavía más al sector rural.
Por eso, el Gobierno Nacional debería incorporar dentro del “Fondo Milagro” un verdadero componente de recuperación productiva para el campo afectado.
No se trata de regalar recursos. Se trata de invertir en capacidad productiva.
Un productor que recupera su cultivo vuelve a producir. El ganadero que recupera sus pasturas vuelve a generar ingresos. La familia campesina que recibe asistencia técnica y financiación puede reconstruir su proyecto productivo. Y un territorio rural que recupera su economía vuelve a generar empleo y alimentos.
Esa también es reconstrucción.
En este sentido, resulta válida la advertencia del doctor José Félix Lafaurie, presidente de Fedegán, en su columna publicada el pasado 21 de agosto en Tintiando.com, titulada “Las finanzas públicas y el campo”, cuando advierte sobre el riesgo de seguir aplazando la recuperación del sector agropecuario y utiliza una expresión contundente al referirse al campo como la “gallina de los huevos de oro”.
La frase merece ser escuchada.
Porque el campo no puede seguir apareciendo en la lista de las cosas que se atienden después. El campo no puede esperar a que termine la reconstrucción para comenzar a reconstruirse.
El reto de la reconstrucción es enorme, pero también lo es el reto del Gobierno Nacional de saber escuchar los reclamos de las comunidades afectadas.
Y hay un mensaje que debe quedar claro: reconstruir una región no significa únicamente levantar nuevamente sus edificios, sus carreteras, sus hospitales y sus viviendas. Significa recuperar también la capacidad de sus habitantes para trabajar, producir y vivir dignamente.
En el occidente colombiano, el sector AGROPECUARIO es uno de los motores fundamentales de la economía regional. Sostiene buena parte del empleo rural, garantiza la producción de alimentos, suministra materias primas a la industria y abastece los mercados locales y nacionales, además de contribuir a las exportaciones.
Por eso, señor Gobierno Nacional, el milagro de la reconstrucción no estará completo mientras el campo siga esperando.
Porque después del terremoto no solamente hay que reconstruir casas.
También hay que reconstruir la capacidad de producir.
Y esa sí sería una verdadera obra milagrosa.
