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LA ORINOQUIA TIENE FUTURO: El reto es desarrollarla sin destruirla.

Por: Antonio Corrales Giraldo.

La Orinoquia colombiana está llamada a desempeñar un papel fundamental en el futuro económico y agropecuario del país. Su enorme extensión territorial, disponibilidad de tierras, riqueza hídrica y potencial productivo la convierten en una de las grandes apuestas para garantizar la seguridad alimentaria de Colombia y participar en los mercados internacionales.

Pero esta oportunidad también representa un enorme desafío: ¿cómo desarrollar la Orinoquia sin poner en riesgo los ecosistemas estratégicos que hacen posible su riqueza?

La región comprende aproximadamente 35 millones de hectáreas y está integrada principalmente por los departamentos de Meta, Casanare, Vichada, Arauca y parte del Guaviare. Es un territorio donde confluyen ecosistemas andinos, amazónicos y extensas sabanas naturales.

La Orinoquia no es simplemente una inmensa llanura verde. Es un territorio de extraordinaria biodiversidad, con numerosos ecosistemas naturales y áreas protegidas de carácter nacional y regional. Allí habitan miles de especies de plantas, aves, mamíferos, reptiles, insectos y hongos.

Pero, por encima de todo, la Orinoquia es AGUA.

Su territorio está atravesado por una extensa red de ríos, caños, quebradas, esteros, morichales y humedales. Los ríos Meta, Guaviare, Vichada, Arauca, Casanare, Upía, Ariari, Bita, Tuparro, Inírida, Atabapo, Matavén, Humea, Guayabero y Guatiquía, entre otros, forman parte de un complejo sistema hídrico que finalmente alimenta al río Orinoco.

Esta riqueza hídrica convierte a la región en un territorio estratégico para Colombia y el planeta. Sus humedales, morichales y sabanas cumplen funciones esenciales en la regulación del agua, la conservación de la biodiversidad y la adaptación al cambio climático.

Una despensa para Colombia y el mundo

Dentro de esta gran región se encuentra la altillanura, con aproximadamente 13 millones de hectáreas. Una parte importante de este territorio, mediante tecnología, infraestructura, manejo adecuado de suelos y sistemas productivos modernos, podría incorporarse a la producción de alimentos.

Es una oportunidad extraordinaria.

Colombia tiene en la Orinoquia la posibilidad de construir una de las grandes despensas agrícolas del continente y fortalecer su capacidad para producir alimentos destinados tanto al consumo nacional como a la exportación.

Precisamente por ese potencial, Fedesarrollo ha planteado una estrategia para convertir a la Orinoquia en un actor importante de la agricultura latinoamericana y mundial. Entre sus propuestas se contempla la incorporación de aproximadamente dos millones de hectáreas a la producción y la generación de nuevos empleos directos.

La iniciativa plantea seis grandes frentes de acción: seguridad jurídica sobre la propiedad de la tierra, infraestructura, financiación, agroinsumos críticos, capital humano y encadenamiento y productividad.

El Gobierno Nacional ha mostrado interés en esta propuesta y, durante este mes de agosto de 2026, se adelanta la formulación de una estrategia de largo plazo con participación de Fedesarrollo, el BID e inversionistas, con la intención de proyectar el desarrollo productivo de los Llanos Orientales durante las próximas dos décadas.

La gran pregunta.

La propuesta es ambiciosa y necesaria. Colombia necesita producir más alimentos, generar empleo rural y aprovechar responsablemente sus ventajas productivas.

Pero hay una pregunta que no podemos dejar de hacer:

¿Dónde está, con la misma importancia, el componente ambiental?

No podemos pensar en transformar millones de hectáreas sin considerar que allí existen ecosistemas estratégicos, humedales, morichales, sabanas naturales, corredores de biodiversidad y una extraordinaria red hídrica.

Una intervención productiva de gran escala, si no se realiza bajo una estricta planificación, podría generar impactos sobre el agua, los suelos, la biodiversidad y los servicios ecosistémicos. Y corregir esos daños después puede resultar mucho más costoso que prevenirlos ahora.

Se necesita un ordenamiento agropecuario

Por eso considero indispensable que el desarrollo de la Orinoquia esté acompañado de un Plan de Ordenamiento Agropecuario Regional, que permita establecer con claridad dónde producir y dónde conservar. No toda hectárea disponible debe convertirse en una hectárea cultivada. Es necesario identificar las zonas aptas para agricultura empresarial, las áreas apropiadas para sistemas agropecuarios sostenibles y aquellas que, por su importancia ambiental, hídrica o ecológica, deben permanecer protegidas.

Ese ordenamiento debe considerar la capacidad de los suelos, la disponibilidad de agua, la dinámica de los humedales, la conectividad de los ecosistemas, la biodiversidad, la vulnerabilidad frente al cambio climático y la capacidad de carga ambiental de cada territorio.

La pregunta no puede ser únicamente cuántas hectáreas podemos sembrar. También debemos preguntarnos dónde, qué producir, con qué tecnología y bajo qué modelo de producción.

Desarrollo con responsabilidad

La Orinoquia colombiana tiene una oportunidad histórica. Puede convertirse en una gran despensa de alimentos, generar empleo, atraer inversión y contribuir significativamente al crecimiento económico del país.

Pero desarrollo no puede significar transformación indiscriminada del territorio.

El verdadero desafío consiste en producir alimentos y conservar el agua; generar riqueza y proteger la biodiversidad; crear empleo y mantener los servicios ecosistémicos.

Por eso hago un llamado respetuoso al señor ministro de Agricultura, doctor Indalecio Dangond, para que en esta gran apuesta por el desarrollo de la Orinoquia se incorporen, desde el comienzo y de manera integral, las consideraciones ambientales, hídricas, climáticas y de biodiversidad.

La Orinoquia puede convertirse en una de las grandes despensas agrícolas del mundo, pero no podemos permitir que para producir alimentos terminemos destruyendo precisamente los ecosistemas y el agua que hacen posible esa producción.

El progreso de la Orinoquia debe ser productivo, pero también ambientalmente responsable.

Porque el verdadero desarrollo no será el que más hectáreas transforme, sino el que logre que producción, agua, biodiversidad y bienestar social puedan convivir durante las próximas generaciones.

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