EDITORIAL
A propósito del proyecto de ley que será presentado al nuevo Congreso de la República por el senador Alejandro Bermeo, del Movimiento de Salvación Nacional, el cual pretende instaurar una “Semana Anticomunista” obligatoria en colegios e instituciones de educación superior de todo el país, publicamos la columna escrita por Gabriel Jaime Loaiza Cardona, licenciado en Ciencias Sociales de la Facultad de Educación de la Universidad de Antioquia.
«Veo con preocupación la creciente violencia en los territorios —nosotros también la hemos vivido—, y siento que mucha gente votó en las pasadas elecciones teniendo en cuenta esa realidad cotidiana. Es normal que la gente quiera que por fin haya tranquilidad y progreso; naturalmente, yo deseo lo mismo. No obstante, es necesario que nos interroguemos sobre las maneras de llegar a dichos objetivos y sobre las razones reales por las cuales votamos como votamos».
Soy un joven campesino del Suroeste antioqueño. Desde niño me ha tocado trabajar duro en la caficultura —que es a lo que se ha dedicado mi familia durante décadas—. Recuerdo que, al llegar de la escuela, almorzábamos, descansábamos y luego teníamos que ir al cafetal a coger café, traer leña, desyerbar el cultivo, entre otras labores. Estando en bachillerato fue igual. Mi madre siempre nos ha enseñado a mis hermanos, a mi hermana y a mí el respeto por el trabajo. Nos enseñó el amor por el campo, por la tierra y por el café. Con eso nos levantó —como se dice popularmente—, dándonos de comer, estudio y cariño. Juntos hemos atravesado momentos muy lindos y otros muy dolorosos. Pero, a pesar de todo, mamá siempre ha luchado porque nosotros cumplamos nuestras metas.
Hoy en día, soy licenciado en ciencias sociales, orgullosamente egresado de la UdeA, y curso una maestría en historia en una universidad ecuatoriana. Gracias a eso, me he convertido en alguien preocupado por las realidades sociales, políticas, económicas y culturales del mundo que me rodea.
Dicho esto, quiero comentar algo respecto al reciente ambiente político en Colombia. Veo con preocupación la creciente violencia en los territorios —nosotros también la hemos vivido—, y siento que mucha gente votó en las pasadas elecciones teniendo en cuenta esa realidad cotidiana. Es normal que la gente quiera que por fin haya tranquilidad y progreso; naturalmente, yo deseo lo mismo. No obstante, es necesario que nos interroguemos sobre las maneras de llegar a dichos objetivos y sobre las razones reales por las cuales votamos como votamos.
Muchas personas votaron por el proyecto de ultraderecha del abogado Abelardo de la Espriella, teniendo en su narrativa el muy añejo chicle de estar en contra del comunismo. Luego de 8 años en el mundo académico y de casi un año en el ejercicio de la docencia, y luego de presenciar tantas cosas en mi territorio, puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que el debate por el comunismo acabó hace mucho tiempo. Quienes se empeñan en introducir ese tema en el «debate» —tanto desde la izquierda como desde la derecha— tienen un nivel de adoctrinamiento muy áspero. ¿A cuál comunismo le temen? ¿Al de Petro? ¡Qué tontería!, si este país nunca ha dejado la economía capitalista; hasta Petro la fortaleció. Fortaleció las cadenas de producción gracias al aumento en la capacidad de adquisición de bienes, que benefició a millones de empleados. La banca está más fuerte que nunca. La inflación se ha reducido y tenemos un dólar más estabilizado.
En términos de justicia social, el actual gobierno no llegó a expropiar a nadie, como temían los grandes poderes económicos y políticos. Se han comprado tierras a terratenientes, que se han entregado a miles de campesinos. Muchos subempleados han gozado de, por fin, tener un sueldo digno, como en el caso de practicantes del SENA o de quienes prestan servicio militar.
Aun así, el peor desacierto de Petro ha venido de cuenta de su pésimo manejo de la política de paz total. Critico que haya dejado avanzar a muchos grupos armados a territorios donde ya había más tranquilidad, sin poner unas reglas claras en las negociaciones. Por otra parte, presenciar escándalos de corrupción y las evasivas de explicarlos con vehemencia ha sido nefasto.
Pero le hablo a los casi 13 millones de personas que votaron por el abogado Abelardo. No me digan que votaron en contra del comunismo; acepten que votaron como lo hicieron por pereza a analizar realidades históricas, comparando las múltiples perspectivas —tanto las que son afines a ustedes como las que no—; acepten que votaron por odio hacia una persona y no por amor a una tal patria que ni conocen ni quieren, porque ¿quién, en su sano juicio, permitiría que destruyan lo que quiere? ¿Quién, por amor, permitiría que destripen al que piensa distinto? Ustedes quieren que a 12 millones 600 mil personas nos destripen, porque esas fueron las palabras de don Abelardo.
Les pregunto: ¿Cuándo Cepeda prometió destripar a la derecha? Indolentes. Una persona que ha ayudado a las víctimas del conflicto armado a encontrar los cuerpos de sus familiares jamás hablaría de destripar y de desaparecer a sus congéneres.
Ustedes, votantes de derecha extrema, ¿creen que se puede lograr la paz «imponiendo la fuerza de las armas», como dice su campaña? Pero, revisando los anaqueles de la historia, no se encuentra ni un solo momento de ella en que la imposición de armas haya logrado fructificar paz y tranquilidad para este país. Más bien, dichos momentos de imposición de armas han sido cuando más álgido hemos vivido el conflicto armado.
No es el comunismo al que tanto atacan ustedes. Es al que quiere hacer las cosas distintas. Ustedes votan con odio —infundido por los poderosos a través de los grandes medios, a través de la IA y las redes sociales—. Admito que no me cae para nada bien la derecha, pero no voté esperando a que destriparan a nadie que se identificara en esa corriente política; voté pensando en la fuerte convicción que tengo como campesino y como docente, de que un día disfrutaremos de justicia social y paz territorial. Pero eso solo se logra distribuyendo más equitativamente las riquezas, dando oportunidades de estudio —como a la que yo pude acceder, pero con muchas dificultades—, potenciando la cultura y disfrutando de salud para el pueblo «que es otro tema al que quisiera referirme en otra columna».
Manizales, julio 26 de 2026..













