TOMADO DE EL PAÍS DE ESPAÑA
Juan Esteban Lewin P.
La izquierda colombiana está viviendo una campaña inusual. Es la primera vez en la historia que suma tres activos simultáneos: un Gobierno nacional propio, el de Gustavo Petro; una candidatura que encabeza las encuestas, con el senador Iván Cepeda; y estructuras organizativas que funcionan por todo el país. Esa acumulación ha configurado una campaña a la vez tranquila, a imagen y semejanza del talante de su candidato, y confiada, sostenida en la popularidad del presidente y en la fuerza que esa combinación tiene sobre el territorio.
Cepeda ha enfocado su esfuerzo electoral en activar las bases sociales de su partido. Hace correrías en las que llena plazas con campesinos, sindicalistas, jóvenes e indígenas. Su campaña comunicacional también apunta a esas bases y se concentra en activar a los convencidos más que en conquistar a quienes tienen dudas. El mensaje no busca ampliar el círculo: busca encender lo que ya existe.
Pese a eso —o precisamente por eso—, la convicción al interior de la izquierda es tal que el propio Cepeda ha hablado de redoblar esfuerzos para lograr una victoria en primera vuelta. Eso es algo que, en los 35 años de la Constitución de 1991 y las presidenciales a dos vueltas, solo ha ocurrido una vez: cuando Álvaro Uribe, entonces figura disruptiva y de popularidad arrolladora, arrasó en 2002. Solo pensar en esa posibilidad muestra hasta dónde la izquierda siente que el cambio que vivió el país en 2022, cuando por primera vez en la historia contemporánea ganó un candidato de su lado del espectro, fue la manifestación de una nueva dinámica política. Una dinámica en la que ese sector tiene tanta fuerza que puede tener más de la mitad de los votos este 31 de mayo, pese a que las encuestas más recientes no muestran esa foto y a que los resultados legislativos de marzo indican que el petrismo ha crecido, pero no es mayoritario.
El riesgo de esa campaña serena y confiada es, justamente, apuntar a ganar sin ampliar la base. Más cuando una de las emociones predominantes en la política colombiana de las últimas décadas es el creciente rechazo a lo que huela a política tradicional. Es una emoción que llevó al fin del bipartidismo con el cambio de siglo; el que ha producido fenómenos políticos locales y nacionales como Bernardo «el Cura» Hoyos en Barranquilla, Sergio Fajardo en Medellín o Antanas Mockus y el propio Gustavo Petro en Bogotá; y el que llevó a que en 2022 compitieran en segunda vuelta dos figuras vistas como outsiders: Petro, quien representaba una izquierda que nunca había estado en el poder, y Rodolfo Hernández, un exalcalde elegido por fuera de los partidos que hacía campaña denostando la política tradicional.
Tras cuatro años de Gobierno, una pregunta que esta campaña no ha terminado de responder es hasta dónde la izquierda ha perdido ese carácter de fuerza externa a lo que las personas perciben como «la política». Su respuesta es trascendental para el resultado electoral y el país. Más cuando entre los punteros está un penalista, Abelardo de la Espriella, que no había sido candidato a nada, que se reclama una y otra vez como outsider, y que dice representar a los «nunca». Esa referencia casi evidente a los «nadies» de Petro y Francia Márquez en 2022 tiene resonancia en los electores, según las encuestas, pese a que el ultra esté rodeado de muchos políticos de vieja data – como lo estuvo Petro cuando fue elegido.
Al final, la estrategia de la izquierda demuestra la solidez de su base, pero deja abierta una pregunta que Colombia no ha terminado de responder: ¿qué tanto de la victoria de Petro se debe a su proyecto político y qué tanto a su argumento de ser una suerte de antipolítico?
