Por: Michael Andrés Corrales Buitrago – Trabajador social.
El 18 de abril de 2026, en Barcelona, España, se celebró un evento denominado Reunión en defensa de la democracia. Este fue parte de unos encuentros que se han motivado por el sector progresista global en respuesta al avance de la ultraderecha en el mundo. Allí se dieron cita distintos gobiernos progresistas: Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil; Yamandú Orsi, presidente de Uruguay; Claudia Sheinbaum, presidenta de México; Gustavo Petro, presidente de Colombia; Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, junto con el primer ministro de Palestina y el presidente de Sudáfrica.
Este fue un acto simbólico muy importante. Se trata de mostrar una unidad de la izquierda global, aunque faltaron muchísimos que representarían al progresismo, como los gobiernos de Noruega, Reino Unido, Portugal y demás países dirigidos por este sector político. Aun así, es importante entender que existen nuevos desafíos que la izquierda debe enfrentar, pues estamos en el siglo XXI y muchas cosas han cambiado desde los planteamientos del siglo pasado.
Existen varios desafíos que el progresismo debe enfrentar. El primero es cómo evitar un colapso ecológico y, aunque suene como un tema de cajón, es importante entender que este desafío vital es controversial en la esencia misma de la izquierda. Se busca un bienestar general para la ciudadanía, y gobiernos como los de Brasil y México eligen usar el petróleo para garantizar derechos, mientras otros apuestan por cerrar el grifo de un golpe, pues también es urgente frenar las actividades nocivas para el medio ambiente. Esto debería llevar a un acuerdo global liderado por los progresistas, en el cual las ganancias de la explotación de recursos naturales sean el vehículo para invertir en la transición energética, garantizando que en unos años no se afecte la economía de millones de personas y, a su vez, se cuiden nuestros ecosistemas.
Otro punto en la agenda es la importancia de apostar por la paz en un mundo donde la derecha agita constantemente las banderas de la guerra. Y lo peor es que ya no solo desde los discursos —como ese de “destripar la izquierda”, que es muy reprochable— sino también en acciones militares directas de países poderosos sobre otros, pretendiendo imponer visiones. En este contexto, ser progresista debería ir siempre en la dirección de fortalecer los discursos y lograr que lleguen a la gente del común. Creo que ese ha sido uno de los errores: un discurso muy técnico puede hacer que la gente se desplace hacia la otra orilla, que en estos momentos usa un lenguaje más simplista y que, lamentablemente, llega con mayor facilidad a amplios sectores de la población.
Allí es donde se debe trabajar desde los micro escenarios, barriales y comunitarios, donde es fundamental inculcar una cultura de paz. Hoy en día a nadie le beneficia la guerra, y ese debería ser el ángulo principal, acompañado de acciones directas que demuestren que se condena a quienes la promueven.
Tenemos también algo que no podemos pasar por alto: la disrupción tecnológica. Aquí hay un reto monumental, pues abre varios frentes. Por un lado, están las comunicaciones: en un mundo globalizado es demasiado fácil propagar una mentira como si fuese verdad. Ahí el progresismo debe apostarle a construir una red de comunicaciones digitales que logre incidir en la agenda pública, donde el relato de izquierdas marque tendencia. Esto va muy ligado a lo anterior: utilizar un lenguaje más cercano permitirá llegar e “impermeabilizar” los contextos sociales desde TikTok, Instagram y otros medios. Una muestra de ello ha sido la insistencia de Gustavo Petro en la importancia de la presencia en redes, pues hoy en día quien no aparece allí tiene poca capacidad de influencia.
Es claro que también se deben mitigar riesgos durante esa comunicación, pues un término mal dicho puede causar un problema grande y alejar posibles votantes. Pero ahí está la apuesta: que la agenda sea movilizada por principios de solidaridad, igualdad, libertad y responsabilidad.
La disrupción tecnológica también tiene riesgos a nivel social, como la automatización del trabajo, lo que podría desembocar en la pérdida masiva de empleos. Allí quizá es donde la izquierda debe mirar para contener un posible paso de clase obrera a una “clase irrelevante”, donde ya no se necesite mano de obra. ¿Cómo innovar en ese escenario? Hace unas semanas escribí sobre la importancia del trabajo del cuidado; quizá allí las nuevas tecnologías no estén a la par del cuidado humano. Pero es clave asegurar que, en el futuro, estas tecnologías aporten a la equidad social y no abran una brecha aún mayor entre los dueños del capital y el resto de la humanidad.
Pero todo esto debe tratarse en su justa medida. Se deben priorizar algunos temas, y además es fundamental que la izquierda progresista haga un autoanálisis y acepte errores y fallas. No se puede seguir validando a dirigentes que se dicen de izquierda pero actúan de forma autocrática y en contra de la democracia, que, aunque está en crisis, sigue siendo el modelo menos perjudicial que ha surgido hasta ahora.
Si se aceptan errores, se puede avanzar. Un gran error que han cometido partidos socialdemócratas en el mundo es llegar con respaldo popular y luego rendirse ante los intereses de los poderosos. Entiendo que los empresarios son importantes para el desarrollo económico y que se debe dialogar con ellos, pero no ceder ante todas sus pretensiones. En el mundo de los negocios nadie quiere perder; al contrario, buscarán siempre más ganancias. Teniendo eso presente, un gobierno progresista debería impulsar el desarrollo económico comprometiendo a los grandes capitales a aportar al fortalecimiento del Estado de bienestar, priorizando derechos como la educación y la salud, que permitan a todos ser atendidos cuando lo requieran. Está comprobado que los recursos existen; lo que falta es voluntad para coordinarlos.
Por último, es importante entender que la gente de a pie tiene necesidades concretas. Poco les importan los grandes debates intelectuales. En resumidas cuentas, todo recae sobre el costo de vida. Es allí donde el progresismo debe poner sus alertas: si la gente tiene para comer y puede darse un respiro, aunque sea mínimo, habrá mayor disposición a respaldar un proyecto político.
Las cartas están tiradas. El progresismo no puede seguir hablando solo entre convencidos ni refugiarse en discursos correctos pero lejanos. Si quiere disputar el futuro, tendrá que volver a lo esencial: mejorar la vida concreta de la gente. Porque al final, más allá de ideologías, la legitimidad no se gana en los discursos, sino en la mesa de cada hogar.
Manizales, abril de 2026.
