Por: Cristián Felipe Pareja Becerra.
Aunque todos los candidatos aparecen en el tarjetón con un número y despliegan publicidad física y digital, esto no significa que todos estén compitiendo bajo las mismas reglas ni persigan los mismos objetivos. En la práctica política, es común observar cómo los aspirantes participan en la contienda con intereses claramente diferenciados.
Un primer grupo está conformado por quienes no lograron consolidar una candidatura formal y se quedaron en la etapa de precandidatos. Algunos de ellos tenían una intención real de llegar al cargo, pero no lograron ingresar en los círculos de confianza de las dirigencias partidistas. Otros representaban un riesgo para candidaturas ya definidas o, en varios casos, utilizaron la precandidatura como una estrategia para futuras negociaciones: burocráticas, de respaldo a campañas locales o de posicionamiento interno dentro del partido. También están aquellos que, al evaluar el escenario, entendieron que no contaban con la estructura política necesaria para competir con opciones reales.
El caso de Caldas resulta ilustrativo. Para la Cámara de Representantes existen cinco curules en disputa, mientras que el número de candidatos ronda los 42. De estos, al menos tres estructuras políticas repiten curul, lo que deja únicamente dos espacios disponibles para cerca de 39 aspirantes.
Dentro de ese grupo, solo alrededor de siete candidatos cuentan con capacidad real de competencia y posibilidades efectivas de triunfo. Sin embargo, esto no implica que los otros 32 estén participando sin propósito. Por el contrario, cada uno responde a un objetivo político específico.
Algunos cumplen la función de fortalecer la lista y contribuir al umbral electoral; otros participan como mecanismo para gestionar y transferir votos hacia candidaturas al Senado. Existen también candidaturas concebidas como un ejercicio de rentabilidad política o económica, en las que se dispone de un presupuesto de campaña con la expectativa de generar ingresos al cierre del proceso electoral. Finalmente, están quienes utilizan la contienda como una plataforma de visibilización, con miras a futuras aspiraciones a cargos como alcaldías, concejos municipales, asambleas departamentales o incluso la gobernación.
Tener objetivos distintos no es, en sí mismo, negativo. La diferencia sustancial radica en que el elector, en la mayoría de los casos, desconoce las reales posibilidades de triunfo de su candidato y, más aún, ignora el verdadero propósito que este persigue dentro del juego político.
Esa asimetría de información no solo distorsiona la competencia electoral, sino que también afecta la calidad de la representación democrática, al convertir el voto en una herramienta que, muchas veces, termina sirviendo a fines distintos a los que el ciudadano cree estar respaldando.
Manizales, febrero de 2026.













